
Me han entrevistado en el Diario El Comercio.
El tema: “¿existe la suerte?” A propósito del martes 13.
He hablado de Richard Wiseman, cuya obra encuentro fascinante.
Para ser martes 13, no me ha ido mal…
A continuación, el recorte.

Me han entrevistado en el Diario El Comercio.
El tema: “¿existe la suerte?” A propósito del martes 13.
He hablado de Richard Wiseman, cuya obra encuentro fascinante.
Para ser martes 13, no me ha ido mal…
A continuación, el recorte.
Ilusión de alternativas políticas: derecha e izquierda
Acaso la más funesta de las creencias políticas de la mayor parte de la gente sea que sólo existen dos posibilidades de organización social: el (neo)liberalismo y el socialismo (del siglo que sea). Grosso modo, los gobiernos neoliberales consideran al mercado como el mecanismo más eficaz de “asignación de recursos” y ponen al sistema gubernamental a su servicio; mientras que los socialistas favorecen la redistribución de la riqueza a través de la recaudación impositiva y la inversión en salud, educación y un sinnúmero de subsidios -colocando al Estado en el núcleo del sistema financiero. Tradicionalmente, se coloca ambas opciones sobre una línea imaginaria de modo que el neoliberalismo esté a la derecha y el socialismo a la izquierda.
Entre ambas opciones se infiltra una tercera, el célebre y nunca bien definido “centro”: un cóctel de izquierda y derecha que, por ende, se mantiene en la ambigüedad -ya que sólo puede definirse por exclusión: “no es exactamente la derecha, porque no favorecemos la privatización de empresas públicas; pero tampoco es izquierda, porque no creemos en el planeamiento centralizado de la economía…” Y extraños engendros de la imaginación como el “centro izquierda”, el “centro derecha” o el “centro propiamente dicho”.
Tres dimensiones frente a una sola
Siempre me ha llamado la atención que nuestra manera de ver el espectro político sea tan obtusa y restringida. En el mundo físico existen tres dimensiones -a las que estamos completamente habituados: “dos calles al norte, una al este, edificio Tal, segundo piso”. En el mundo político no hay más que una: “izquierda – centro – derecha”. Y no nos extraña en lo más mínimo.
Imagínense dando la siguiente indicación a una persona extraviada: “siga recto y luego tome al centro izquierda hasta llegar al semáforo, y allí vire a la derecha pero no demasiado”. Aquí no funciona, claro: necesitamos del arriba-abajo y del delante-detrás tanto como del izquierda-derecha.
¿Cómo es que hemos llegado a creer que el delicado arte de organizar a las personas y alcanzar consensos se limita a oscilar entre la izquierda y la derecha?
Porque hemos sido víctimas de una monumental ilusión de alternativas.
¿Cui bono?
Que significa, en latín: “¿a quién beneficia?”
¿Quiénes han salido ganando con esta simplificación? ¿A quiénes ha mantenido en el poder esta ilusión de alternativas?
Muy simple: a cualquiera que se haya erigido en paladín de cualquiera de los dos extremos, y que, concomitantemente, haya satanizado al otro.
Por ejemplo, Estados Unidos, cuyos políticos llevan casi un siglo denostando a la izquierda de todas las maneras posibles -y justificando, así, su contubernio con la industria de armamentos, probablemente la que mueve más dinero en el mundo, y su nada sutil imperialismo y expansionismo pseudocolonialista.
Pero también Cuba, que justifica sus permanentes atentados contra la libertad de expresión, de movimiento, de asociación y de trabajo y su activismo internacional antiyanqui (al que se han sumado abiertamente Venezuela y Bolivia) como una “defensa de los explotados del mundo contra los imperialistas”.
Miedo e ilusión de alternativas
Así es. Tanto Cuba como Estados Unidos, tanto la izquierda como la derecha, salen ganando si se sostiene esta ilusión de alternativas; porque así nos tienen bajo su control a través del miedo.
Lo cual salta a la vista cuando se constata que los discursos de sus respectivos líderes son casi totalmente intercambiables; porque dicen lo mismo sólo que del lado opuesto. “Nosotros defendemos la libertad y a los oprimidos del mundo y los otros son monstruos sedientos de sangre que quieren subyugarnos y de los que tenemos que guardarnos. Así que entréguennos su dinero, sus pertenencias, su tiempo, sus hijos y sus propias vidas si no las quieren perder. Es por su propio bien“.
Y de este modo nos convencen de ir a la guerra, subvencionar ejércitos, mantener un estado corrupto y omnívoro y despreciar al enemigo con todas nuestras fuerzas.
Cantinflas, que era un auténtico genio, ya lo dijo en su preciosa Su Excelencia. El discurso final de esta película me hace llorar cada vez que lo veo; está a la altura de los mejores del siglo pasado. (Como la famosa escena del globo terráqueo en El Gran Dictador de Chaplin).
Autoritarismos de signo contrapuesto
En efecto: Cuba y USA se fundan en el miedo. Porque el miedo permite mantener el control sobre las personas. Es nuestra gran debilidad, el miedo; y para evitarlo la mayor parte de gente está dispuesta a abdicar de su propia vida. Que el Estado incauta mientras se relame los labios.
Cuba y USA, la izquierda y la derecha, son autoritarismos de signo contrapuesto. Autoritarismos, porque enfatizan el control social, la restricción de las libertades individuales. De signo contrapuesto, porque mientras que la izquierda ve al individuo como un ser indefenso e inerme a merced de “las fuerzas sociales” (genial invento de Marx emulando a Comte), la derecha lo considera un pecador incorregible y pervertido al que hay que mantener a raya mediante la constante amenaza del castigo.
Pero ni izquierda ni derecha confían en el ser humano. Y por eso se empeñan en colocarle frenos y riendas.
Una demostración empírica
Invito al lector a un pequeño experimento. Pase revista a los discursos públicos de Chávez o Castro. Repare en sus gestos, su entonación, su contenido. Son invariablemente épicos, apasionados, intensos -sin duda; pero también amenazantes, violentos, confrontativos. Siempre están “denunciando” al enemigo y “luchando” contra él; siempre demuestran su “mano dura” y su “compromiso con los oprimidos”.
A continuación, observe un discurso de Bush (este servirá, pero hay más). Haga abstracción del contenido. ¿No ve los mismos gestos amenazantes y violentos? ¿No escucha el mismo tono de justa indignación y defensa legítima de los derechos? ¿No está, también, “denunciando” al enemigo y “luchando” contra él en nombre de “la libertad y la justicia”? ¿No hace hincapié en su “mano dura” y su “compromiso con los oprimidos” por el terrorismo?
Finalmente, observe una prédica de un pastor evangélico. (También serviría la homilía de un sacerdote católico; pero no son televisadas con tanta frecuencia -y me temo que han perdido bastante de su gancho). Una vez más, ignoremos momentáneamente el contenido. Idéntico tono de indignación y épica defensa; idénticos gestos amenazantes y de dominio masculino; idéntico esquema de “existe un enemigo monstruoso y malvado y nosotros luchamos contra él así que debes unírtenos”.
Donde Bush dice “terrorismo”, Chávez podría decir “imperialismo norteamericano” y el pastor “el Enemigo”. Pero por lo demás ¡son exactamente iguales!
Sobre todo en una cosa: siempre nos están diciendo lo que tenemos que hacer “por nuestro propio bien”. Porque nosotros, ¡pobrecitos!, ingenuos o malvados, no lo sabemos. Y así nos conducen, corderos involuntarios, al matadero.
Terrible, ¿no?
No hay salida -¿o sí?
Pero hay esperanza, siempre y cuando empecemos por liberarnos de este lavado de cerebro colectivo que nos ha hecho ver solamente una dimensión donde hay muchas -izquierda y derecha donde hay un arriba, un abajo, un delante y un detrás, y muchas opciones más.
Hay esperanza, siempre que admitamos que ni USA ni Cuba son modelos viables, respetuosos de las libertades, humanos.
Hay esperanza, siempre que reparemos en el autoritarismo de ambos modelos y que nos preguntemos si podría existir una alternativa no autoritaria ni fundada en el miedo y la violencia -sino en la confianza y el intercambio voluntario.
Hay esperanza, siempre y cuando volvamos a ser humanos.

En la típica Iglesia lo único que se hace es hablar. No hay meditación ni disciplina espiritual alguna; lo que hacen es decirle a Dios una y otra vez lo que tiene que hacer -¡como si no lo supiera! Y luego le dicen a la gente lo que tiene que hacer -¡como si pudiera o incluso quisiera hacerlo! Y luego cantan canciones de cuna, sólo que religiosas.
Ilusión de alternativas y sufrimiento
Una de las mayores causas del sufrimiento humano -y, a mi juicio, la más importante- es la simplificación de las alternativas, también llamada “ilusión de alternativas”. Consiste en suponer que, ante cualquier situación, no hay más que dos opciones posibles -siempre contrarias. Por ejemplo, atacar o huir; abstenerse o atiborrarse; votar a favor o en contra de alguien, etc.
En psicoterapia, la ilusión de alternativas se emplea para favorecer el cambio del paciente obstruyendo las posibilidades de no cambio: por ejemplo, en vez de preguntar “¿en qué mejorará su vida si esta terapia tiene éxito?” se dice “¿en qué mejorará su vida cuando esta terapia tenga éxito?” Los maestros de la hipnosis ericksoniana la usan continuamente: “¿prefiere que lo hipnotice rápida o lentamente?”, en lugar de “¿quiere, o no, ser hipnotizado?”
Ilusión de alternativas y toma de decisiones
Uno de los resultados de este tipo de pensamiento es el conflicto evitación-evitación (que ha sido tratado en este lugar). En breve, la simplificación de alternativas nos transforma en zombies impulsivos y obstinados, prestos a “resolver” una situación conflictiva haciendo lo primero que se nos pasa por la cabeza -y que en ese momento nos parece “contrario” a la causa del problema. ¿Que odias al candidato gordo, bobo y oligarca? Pues ¡a votar por el joven autoritario y “educado”!
Una vez emplazado en este escenario mental, es muy difícil que alguien consiga abrir sus perspectivas y ver más allá de su nariz. De poco servirá el empeño de sus amigos en demostrarle que hay más de una alternativa; se encerrará en su definición de la situación -y justificará su conducta extrema mediante ejemplos aún más extremos.
Este escenario mental es el que predispone a las personas al suicidio, a la adicción compulsiva, al riesgo y a un sinnúmero de decisiones irreflexivas.
Ahora bien: la consecuencia de toda decisión impulsiva es que siempre nos desdecimos de ella; porque, una vez tomada, el escenario se amplía y las consecuencias se evidencian. Y puesto que lo que intentábamos era escapar de una alternativa que nos parecía la peor y la única, y no estábamos preparados para arrostrar los costos de la que usamos como salida de emergencia, el nuevo escenario nos devuelve al contexto original de la decisión y a esa molesta sensación de “¡ojalá hubiera hecho otra cosa!”
“El menos malo”
Así puede entenderse el devenir político del Ecuador en los últimos diez años. Todas las elecciones nos han conducido a callejones sin salida, a ilusiones de alternativas. Es evidente que ningún candidato, per se, ha gozado del apoyo de una buena parte del electorado. Más bien, su éxito ha sido siempre temporal y concomitante a una elección dicotómica; y el apoyo ha sido un artificio del cerrado contexto de elección. Y eso, porque nunca votamos por el mejor sino por “el menos malo” (en apariencia, al menos).
En primera vuelta, Correa obtuvo un 22% y Noboa un 26%; es decir, un total de 48% del electorado. La otra mitad se repartió entre el resto de opciones. Eso significa que sólo una quinta parte de los ecuatorianos preferían a Correa por encima de todos los demás candidatos posibles. En la segunda vuelta, el 56% votó por Correa y el 43% por Noboa. ¿Acaso un 24% de ecuatorianos se dejaron convencer de repente por las propuestas simplistas, mediáticas y demagógicas de nuestro Presidente?
Lo dudo. Más bien, un 24% prefirió a Correa -porque la única alternativa viable era Noboa, y les parecía repulsivo. Y, como suele suceder, ese 24% se autoconvenció de su acierto -conduciendo al país a esa suerte de euforia colectiva post-electoral y pre-presidencial que nos caracteriza (y que suele durar entre 3 y 6 meses).
Pero, naturalmente, cuando el contexto cambia, la decisión impulsiva se tambalea -y salimos a la calle a defenestrar al Presidente, costumbre que hemos vuelto a adquirir en la última década. A medida que el flamante Presidente hace declaraciones, se enmista con medios y sistema financiero, toma decisiones y aplica medidas que encarecen la propiedad (y por consiguiente el alquiler y la vida en general), ese 24% se vuelve un 20, un 12 y finalmente un 0%. Pero el 26% de Noboa (y el 17% de Gutiérrez, y el 14% de Roldós…) permanecen incólumes. Y se hacen cada vez más atractivos en retrospectiva: “si hubiésemos votado por X, esto no estaría sucediendo…”
De aquí a sentirse “traicionado” por el Presidente electo y a protestar en las calles hay sólo un paso.
Que tomamos, desde luego, colocándonos una vez más, a la larga, en el mismo callejón sin salida de elegir al “menos malo”.
¿Es que no hay salida?
La realidad es que hay más de dos alternativas, casi siempre. Y que este “más” no es el consabido “centro” sino algo totalmente distinto. Así como en la pintura hay más que el rojo y el verde, y un pintor que propusiera “superar el rojo y el verde” mezclándolos quedaría en ridículo, en la política hay más que la izquierda y la derecha, y tratar de combinarlas conduce a la confusión, la contradicción y el caos.
Pero de esto, más adelante…

En sendas situaciones, el Presidente actual ha repetido más o menos la misma frase:
Curiosamente, un simple análisis de los supuestos detrás de esta frase demuestra que el Presidente no cree que las personas comunes y corrientes merezcan respeto alguno, y que con ellas se puede hacer lo que le da a uno la gana.
De ahí que proponga que “por ser el Presidente” han de tratarlo bien, y que “por ser el Presidente” se hará oír y respetar.
Y detrás de esto se evidencia a las claras su visión del mundo: quien no tiene poder está indefenso.
Porque, y según su propio discurso, como Rafael Correa era casi un don nadie. Un don nadie amistoso, sonriente, padre ejemplar y esposo amante -a juzgar por las cuñas televisivas. (Las de la segunda vuelta, únicamente: en la primera hacía declaraciones grandilocuentes salpicadas de amenazas. Igual que ahora). Pero alguien a quien no había que respetar y a quien cabía manipular.
O sea, un ciudadano como cualquier otro. Como tú o como yo.
Así que ¡cuidado, ciudadanos de a pie!: nosotros no somos “El Presidente”.

En un juego competitivo como la política ecuatoriana (al menos así la ven la mayor parte de personas, en medio de su revanchismo y resentimiento socioeconómico), cada jugador debe intentar destruir o al menos inutilizar a los demás. Quizá este aserto nos permita entender las intenciones de un Presidente que, aun antes de instalado, ha empezado a causar polémica, reprimir a los periodistas e inquietar a la opinión pública.
El nuevo Presidente tiene al Congreso en su contra. En consecuencia, su estrategia ideal es polarizar el conflicto, con lo cual crea una plataforma de opinión pública que justifique una potencial disolución del mismo y la convocatoria a Asamblea Constituyente.
Así, matará dos pájaros de un tiro: se deshará de su principal obstáculo y podrá inducir una Constitución casi a su medida -siempre y cuando conserve el (frágil) apoyo popular hasta ese momento.
No esperemos, pues, actitudes conciliadoras de Correa hacia el Congreso: serían, para él, la más riesgosa de las opciones. No esperemos que negocie; en realidad esa nunca fue su intención. Y tiene lógica; pues, en una negociación, llevaría las de perder -dadas sus declaradas intenciones de cambiarlo prácticamente todo.
Lo que sí podemos esperar es que, por un lado, lleve las cosas a un punto de quiebre insoslayable mientras, por el otro, culpa al Congreso y a “los poderes de siempre” del “choque de trenes”.
Pero tendrá poco más de seis meses para ello, hasta que su capital político se agote, la gente empiece a hacerse preguntas y los medios -que ya han empezado a sospechar- se decidan a confrontarlo.
Así, si Correa logra, en este período de gracia, fomentar un conflicto irresoluble con el Congreso, puede alcanzar a convocar una Asamblea Constituyente -e, incluso, hacerse tácita y hábilmente con el control de los tres Poderes del Estado. De lo contrario, puede que el tiro le salga por la culata y que sea él, y no los diputados, quien haya de hacer mutis.
Lo anterior supone, desde luego, un cierto ceteris paribus; esto es, una permanencia de las actuales condiciones económicas y sociales, la más importante de las cuales es el precio del petróleo. Si éste llega a bajar significativamente, el Presidente tendrá preocupaciones mucho más urgentes que atender: el gasto corriente de un Estado gigante y corrupto -y que, a juzgar por las intenciones de Correa, se volverá todavía más glotón.
Esta variable incontrolable puede mover el fiel de la balanza de un momento a otro. Con los maestros, los médicos y los funcionarios pendientes del pago de su sueldo, con un Estado paternalista y empobrecido, pocos Presidentes logran mantener el tipo y seguir convocando a las masas.
Este análisis, sumamente grueso, deja de lado factores económicos y políticos sin duda relevantes. Por ejemplo, la postura de jugadores “ocultos” como el Tribunal Supremo Electoral, a quien el Presidente debería encargar la tarea de redactar y ejecutar la Consulta Popular para iniciar la Asamblea Constituyente. O, más que ninguno, el Tribunal Constitucional, que podría impugnar según qué propuestas o mecanismos de elección o posesión de la Asamblea.
Sin embargo, nos puede dar una pista de las intenciones del actual Presidente.
Y preocuparnos en grado sumo.