Culturas de Corrupción, o los culpables somos nosotros mismos

En Lobos o Corderos, que escribí hace un año, defiendo que la corrupción es endémica en el Ecuador, y no propia solamente de una clase de malvados consuetudinarios llamados “políticos” (o “los de siempre”, o “poderosos”, o “imperialistas”…) Que esa corrupción forma parte del “mundo dado por hecho”, de la forma en que nuestra cultura y nuestras formas de crecer y creer nos permiten contemplar el universo y posicionarnos frente a él.

El debate sobre las causas de la corrupción es intenso y controversial. Algunos, como yo, postulan que la corrupción se deriva no solamente de los arreglos institucionales perversos o desordenados sino ante todo de la cultura y principios de los actores involucrados. Pero este aserto carecía de sólida contrastación empírica.

Hasta ahora, que se ha publicado un estudio simple, conciso y penetrante: Cultures of Corruption: Evidence from Diplomatic Parking Tickets.

Los diplomáticos en New York están exentos de penas por infracciones de tránsito. Por ende, su conducta es independiente de cualquier arreglo institucional de incentivos o castigos y se deriva exclusivamente de sus escalas de prioridades internas.

Y ¿cuál es el resultado? Que los diplomáticos de países con bajos niveles de corrupción cometen muchas menos infracciones que los que vienen de países corruptos -¡aunque, desde la teoría de la acción racional, las condiciones deberían favorecer el que todos las cometieran! Puesto que, en ausencia de pérdida (penas legales), la infracción es una clara ganancia; actuar con impunidad y beneficio siempre es mejor que actuar correctamente incurriendo en pérdida. Pero contra muchos pronósticos ciegamente economicistas, la gente mantiene sus principios incluso fuera de las instituciones que los modelan.

Así se demuestra fehacientemente que la cultura sí que influye en la conducta, que la teoría de la acción racional es, como mínimo, insuficiente -y que, aunque no nos guste aceptarlo, la responsabilidad de hundirnos o volar, de seguir como siempre o cambiar recae en cada uno de nosotros, cada día.

El periodismo como conversación, o el largo camino de vuelta a casa

El periodismo como arqueología

Muchos periodistas creen que su trabajo es una variante de la arqueología que consiste en separar las brillantes migajas de la verdad del fango del engaño, la indiferencia y la vaguedad.

Muchos periodistas (más o menos los mismos) creen que el Internet ha cambiado las reglas del juego de la comunicación de tal forma que ha vuelto imposible el continuar con su honesta profesión. Al aparecer la “interactividad”, ese némesis del periodista proverbial, la verdad tan perseguida se ahoga bajo una montaña de trivialidades introducidas por incontables interlocutores en un foro virtual.

Finalmente, muchos periodistas (o editores y dueños de medios de comunicación) creen que pese a todo el modelo tradicional del periódico sigue siendo viable. “Mientras informemos veraz y ágilmente”, murmuran, “todo irá bien”.

Las tres ideas son, a mi juicio, equivocadas. Ni el periodismo consiste en “buscar y decir la verdad”, ni el juego de la comunicación ha cambiado (mal que le pese a McLuhan), ni se puede sobrevivir jugándolo como siempre.

Más aún: las tres son equivocaciones en la misma dirección. Pero para verlo, como ya he dicho en otro lado, es preciso elevarse por sobre el manto de los siglos apoyándose en la historia de las ideas. Y lo haremos, brevemente, aprovechando ante todo el magnífico La musa aprende a escribir, de Erick Havelock, un resumen de sus investigaciones sobre el paso de la oralidad a la escritura en la Grecia preplatónica y sus implicaciones sociales y psicológicas.

Platón y el miedo a la palabra muerta

En el Fedro, Platón refiere, por boca de Sócrates, el diálogo entre un rey egipcio y el dios Toth, inventor de la escritura. Toth, como Prometeo, arde en deseos de extender la escritura y el conocimiento entre todos los pueblos; el rey, mucho más cauteloso (e, intuimos, temeroso de perder su poder como resultado de esta revolución), cuestiona cada uno de los argumentos del dios. Es un diálogo breve y profético: anticipa los devaneos de los monopolios en los momentos de cambio social a lo largo de la historia.

Toth comienza defendiendo la escritura porque “hará a los egipcios más sabios y servirá a su memoria, ya que es un remedio contra la dificultad de aprender y retener”. El rey lo critica indicando que “la escritura no producirá sino olvido en las almas de los que la conozcan… fiados de este extraño auxilio abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar sus recuerdos cuyo rastro habrá perdido su espíritu… Porque cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes…”

De aquí concluye Sócrates (es decir, Platón) que la escritura no “transmite” ningún saber, sino que se limita a despertar en el lector el saber que éste lleva ya dentro. Un postulado bastante próximo a la realidad, tal y como nos la desvelan los estudios de la neurociencia acerca del significado (véase más adelante).

Luego, Sócrates hace una afirmación tajante y devastadora: la palabra escrita está muerta mientras que el pensamiento (y el diálogo) están vivos. La elabora hasta el final del texto mediante diversos ejemplos y metáforas:

“Este es… el inconveniente así de la escritura como de la pintura; las producciones de este último arte parecen vivas, pero interrogadlas y veréis que guardan un grave silencio. Lo mismo sucede con los discursos escritos; al oírlos o leerlos creéis que piensan; pero pedidles alguna explicación sobre el objeto que contienen y os responden siempre la misma cosa… Pero consideremos los discursos de otra especie, hermana legítima de esta elocuencia bastarda… El discurso que está escrito con los caracteres de la ciencia en el alma del que estudia… vivo y animado, que reside en el alma del que está en posesión de la ciencia y al lado del cual el discurso escrito no es más que un vano simulacro”.

(Para un breve resumen del pensamiento platónico al respecto, véase aquí).

Platón es inmensamente sabio; consigue mantenerse equidistante de los dos extremos. No puede habérsele escapado la paradoja de escribir en contra del arte de escribir; yo pienso que lo hizo a propósito.

Por una parte, como ha demostrado Havelock, el objetivo platónico era defender la escritura frente a la oralidad -la razón frente a la pasión o la tradición, la educación pública frente al adoctrinamiento ritualístico y religioso… Pero, por otra (y esto ya se le escapa un poco a Havelock y sus comentaristas), era consciente del riesgo que esto implicaba: aunque poderosa, la palabra escrita sólo puede desarrollarse en medio de una comunidad, de una sociedad que disponga del “logos” -así como sólo se puede aprender a hablar si se vive entre personas que sepan hacerlo.

Así pues, tanto Toth como el rey tienen razón -en planos diferentes; lo cual se ha podido resolver únicamente tras el descubrimiento del conocimiento procedimental y declarativo, o tácito y explícito, como indico aquí. Pero eso es otra historia… Baste con señalar que si la palabra escrita es poderosa, sólo vuelve a la vida cuando se encarna en una conversación.

La dialéctica entre escritura y conversación

La palabra escrita arranca el sentido del contexto de la conversación, fijándolo para siempre sobre un medio duradero. Y así lo eterniza -a costa de matarlo.

Pero la palabra no muere. Porque entender una idea es darle nueva vida dentro de uno mismo -como lo confirman los últimos estudios en neurociencia y la teoría del significado encarnado de Mark Johnson. Y para darle nueva vida hay que volver a emplazarla en una discusión, sea con uno mismo (que era la teoría del pensamiento de Peirce: “pensar es discutir con uno mismo”) o con los demás.

Así pues, por un lado, la palabra viva es la que nos conecta con un venero eterno de ideas y temas recurrentes en la historia humana (el “mundo III” de Popper). Pero, por otro, este venero sobrevive únicamente en la medida en que se reencarna en cada uno de nosotros -cuando damos a luz a la palabra viva.

Cada vez que amamos, odiamos, tememos y cantamos; cada instante de agonía, aflicción, gloria, triunfo y esperanza forman parte de una infinidad de instantes semejantes que atraviesan como un hilo rojo a una infinidad de personas y lugares. La palabra es este hilo rojo -siempre y cuando seamos capaces de revivirla día tras día.

Así, las palabras nunca ha muerto -al menos las verdaderas, las que servían de puente hacia “el eterno humano”. La interactividad siempre ha estado ahí, sólo que oculta dentro de cada casa o en cada mesa de café -o, más aún, en cada cabeza.

Otra forma de decir lo mismo es que no se trata de haber pasado de una cultura “oral” a una cultura “escrita”; las culturas escritas siguen siendo orales, sólo que de otra manera.

El periodismo como conversación aplazada

Como casi todo, el periodismo puede verse de manera estática o dinámica. La perspectiva estática enfatiza el resultado por sobre el proceso, la noticia publicada por sobre la redacción e investigación. Según ella, el periodista escribe su nota sobre un tema determinado, la nota se publica y sanseacabó, a otra cosa.

Pero la perspectiva dinámica nos devuelve al movimiento que subyace a la aparente calma. La nota es leída por algunas personas; suscita controversia, comentarios, críticas o reflexiones que, o bien se quedan en su fuero interno, o bien las mueven a hacer comentarios con sus allegados. Igualmente, la nota se deriva de anteriores diálogos del periodista con personas, lugares o referencias, condensándolas para beneficio de sus lectores. Es, en suma, un retazo del tiempo congelado en blanco y negro.

La nota periodística es uno de los puntos de partida y de llegada de las conversaciones que tejen una sociedad. Más que ofrecer “datos”, el periodista ofrece guías: diferencia lo importante de lo intrascendente, permitiéndole así a la sociedad contemplarse a sí misma. La nota periodística no es un ítem de verdad sino un componente más de la eterna conversación que es una sociedad; si se quiere, los periódicos son los hitos o puntos de referencia en dicha conversación -pero nunca su contenido ni su finalidad.

Y eso siempre ha sido así. La palabra nunca ha muerto, la interactividad siempre ha estado presente.

Desde luego, cuando la nota se publicaba en un periódico, la “circularidad” del proceso se volvía invisible, pues las discusiones se daban más allá del ojo del periodista. De vez en cuando volvían al periódico a través de las “cartas al Editor”; pero en su mayoría se perdían en la sociedad como las ondas sobre un lago.

Mucha gente cree que el Internet y los blogs han cambiado esto introduciendo la interactividad en la comunicación masiva. Pero no es cierto. Lo que sí que han hecho es evidenciar una interactividad que corría antes por canales mucho más lentos, diversificados y soterrados. Hasta hace quince años, el lector discutía las noticias con sus amigos o familiares; ahora, lo hace con cualquiera que pueda acceder a un terminal de computadora. Las conversaciones que eran aplazadas y silenciosas han devenido gracias a la Red instantáneas y bulliciosas.

Pero siempre estuvieron allí.

El largo camino de vuelta a casa, o qué ha de hacer el periodista

De este modo, los temores platónicos se han aquietado -pero después de haberse exacerbado. Hemos regresado a casa luego de dar la vuelta al mundo. (En justicia, ya McLuhan intuyó este desenlace en su Galaxia Gutenberg). La palabra escrita se ha alejado cada vez más del diálogo y la conversación; ha ido muriendo lentamente desde hace diez siglos. La crisis de la prensa tradicional es un suspiro más en esta agonía.

Pero el Internet ha asestado el golpe de gracia no por medio de un cambio irrefrenable sino de un retorno a los orígenes: el texto se ha reencontrado con la charla, el “post” con el “chat”, la noticia con el foro. El Internet cierra el círculo de la conversación y emplaza la palabra en el seno de su madre, la conversación, en tiempo real y de manera automática.

Sócrates dialogaba con sus discípulos y denunciaba la perfidia de la palabra escrita; no conservamos ninguno de sus textos originales, porque nunca los registró. Platón consignó en sus Diálogos sus revolucionarias y a ratos contradictorias ideas -que han sido el centro de gravedad de la filosofía occidental hasta el presente, mediatizadas por incontables lecturas. De este modo, durante siglos, los escritores han congelado sus postulados en libros que los lectores debían descongelar para reincorporar a la vida diaria. En estas conversaciones, cada turno duraba años o siglos: Joyce replica a Shakespeare, que discute con Marlowe, quien polemiza con Virgilio.

Ahora, un ciudadano de casi cualquier país puede opinar en una discusión global acerca del futuro del mundo y recibir respuesta en horas o días, como si se tratase de un “foro” de la Atenas clásica. Como suele hacer, la historia nos ha devuelto a un mismo punto pero en un nivel más alto de la espiral.

Y ¿cuál es el papel del periodista en esta época? Ser partícipe del diálogo desde su posición, que le facilita algunas cosas y le impide otras. Entenderse como un circunstante más y no como el único; un interlocutor privilegiado, tal vez, pero jamás “imparcial”.

Pero de eso, más adelante…

Borderline, memoria y tradición

El borderline: el síndrome de falta de memoria

Una de las características del borderline es que carece de memoria. Mejor dicho: no tiene la perspectiva necesaria para emplazar su sufrimiento actual en un marco temporal. Así, el sufrimiento se vive como desconectado, absurdo, inexplicable e imposible de afrontar. Si la histérica, según Freud, estaba “enferma de reminiscencias“, el borderline no puede conjurarlas.

No se trata, desde luego, de la memoria en tanto mero recuerdo: el borderline sí que puede recordar escenas más o menos aisladas de su propia vida. Es una carencia más profunda, más experiencial: puede recordar, sí, pero no enlazar; cuenta su propia vida sin sentirse, en el fondo de sí, parte de ella. Y tampoco puede tomar distancia y observarla desde una posición ventajosa. Es como si tuviera las cuentas pero no el hilo donde engarzarlas.

(Este hilo, claro, se llama “identidad” -o, a veces, self).

Por ende, es un proceso más complejo que el simple “recordar” freudiano (aunque el mismo Freud, en sus últimos textos, -ante todo Recordar, repetir, reelaborar– se aproximó a esta intelección); un proceso que recibe el nombre, en la teoría cognitiva, de metacognición (y, en la filosofía clásica, de anagnórisis); y que se deriva de la estructura de los vínculos con las primeras figuras de apego. En síntesis, cuando dichos vínculos son medianamente sanos, el niño desarrolla un “espacio interno” que refleja el “espacio” que sus padres han construido para con él; esa capacidad que ellos le han prestado, a medida que crecía, de reflexionar acerca de sus emociones mientras las iba sintiendo, de ponerles nombre y diferenciarse así de ellas.

La existencia de este espacio es lo que permite a las personas no caer en la vorágine emocional en que el borderline ha de sobrevivir día tras día.

La sociedad borderline o la erosión de la tradición

Esto, que parece indiscutible a nivel individual, puede también aplicarse a la sociedad en su conjunto. Como lo dice Christopher Lasch en su monumental La Cultura del Narcisismo, la civilización occidental contemporánea no tiene memoria histórica -vive en un eterno presente, a saltos entre el consumismo más errático y las modas de cada segundo, entre la agonía y el éxtasis. De ahí la urgencia con que se vive, el terror a envejecer o tan sólo a parecer viejo, el desprecio por lo “antiguo” y “caduco”, la persecución infatigable de un mañana que nunca será hoy, la confusión entre “ser” y “parecer” y entre “parecer” y “aparentar a ojos de los demás”.

Nuevamente, no es cosa de falta de recuerdos concretos. Sí que los hay: las fiestas patrias, los monumentos, las leyendas relativamente conservadas… El problema es que la educación preserva los recuerdos pero no la tradición. Insufla datos fríos en la mente de los estudiantes. Pero no consigue sumirlos en el legado de sus antepasados, en los “usos y costumbres” de sus abuelos y tatarabuelos. Pues la tradición no es un conjunto de datos o hechos, sino una “forma de ser y hacer”; en el lenguaje de la teoría cognitiva, no es conocimiento “declarativo” sino “procedimental“, no es “explícito” sino “tácito“.

Así entendida, la pertenencia a una tradición es a la sociedad lo que el “espacio interior” es al individuo: le sirve de punto de apoyo para elevarse por sobre el manto de los siglos y contemplarse a sí misma con mayor perspectiva. Le permite destilar, de entre la miríada de hechos y afirmaciones, los principios que han gobernado su conducta a lo largo de los milenios, sometiéndolos a examen y crítica, a mejoras y reformas. La tradición es los “hombros de gigantes” en que se apoyaba Newton para ver más allá de su horizonte.

La tragedia de todo esto es que

Quien carece de pasado tampoco tiene futuro.

Los poderes de la nueva raza y sus consecuencias

Desde que naciste, siempre supiste que eras diferente. Que veías o escuchabas cosas que nadie más veía; que tenías poderes increíbles, sobrehumanos. Poderes que, si no aprendías a dominar, te destruirían -y a la gente que te rodeaba.

Tus poderes eran ante todo de dos clases. Podías sentir lo que los demás sentían, antes incluso de que lo supieran; así, podías anticipar con facilidad su conducta y sus reacciones en fracciones de segundo. Podías también cambiar para adaptarte a dichas reacciones de manera que influyeses en ellas -y, a la larga, en la persona que las llevaba a cabo.

Pero todo esto ocurría sin que lo supieras realmente; como los rayos rojos que salían de los ojos de un famoso personaje, destruyéndolo todo sin que él pudiera impedirlo.

Hasta que un día los descubriste y empezaste a controlarlos; tímidamente al principio, con mayor habilidad y desparpajo después.

Y comprendiste, por fin, el secreto de tu naturaleza. Comprendiste que eras diferente, en efecto; y en algunos sentidos, superior.

Pero comprendiste también que esa superioridad tenía un precio. Que el dolor te acompañaría a cada paso. Que cada vez que usaras tus poderes, cambiarías -que cada relación, cada instante, cada voz a la que atendieras dejaría sus huellas en tu alma, ya bastante poblada de por sí. Que nunca tendrías forma -pues tendrías todas las formas.

Que tomarías una decisión, te arrepentirías y desdecirías, volverías a arrepentirte y a dar marcha atrás hasta odiarte a ti mismo. Y esto, una, otra, mil veces -una por cada forma, una por cada amor.

Que necesitarías, de vez en cuando, alejarte de todos y escapar hacia esa frágil esfera que habías construido la primera vez que cerraste los ojos y el corazón.

Que amarías muchas veces, con igual intensidad y desesperación; y que, en tus peores momentos, tu vida se vería como una sucesión de personas diciendo adiós. Que con cada adiós perderías un pedazo de tu corazón sangrante.

Y que, acaso, siempre estarías solo; siempre serías el único en ver lo que veías, en escuchar lo que oías.

Que nunca te bastaría con nada; que el futuro nunca espera -y que siempre cederías a la urgencia de lanzarte en pos de él.

Y aceptaste estos poderes y su precio tenebroso; y echaste a andar, sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos y sed de aventura.

Que aún no ha terminado -que, en realidad, no ha hecho más que empezar.

We are the new breed

El padre putativo de los X-Men

X-Men

No estoy seguro, desde luego. Pero tengo la impresión de que los X-Men se basan en una de las novelas más extrañas, tristes y revolucionarias de la ciencia ficción: Slan, de A. E. Van Vogt.

Y tengo la impresión también de que Van Vogt padecía de un trastorno cada vez más diagnosticado (si no más frecuente): el trastorno límite de la personalidad (borderline personality disorder). Quizás era lo que se llama “subclínico”; es decir, que a pesar de no cumplir todos los criterios para realizar un diagnóstico, mostraba claros “rasgos” límite.

En todo caso, no me explico de qué otra forma pudo plasmar con tanto acierto la sensación de irrealidad, plasticidad y adaptabilidad extrema del borderline -su necesidad atroz de dejar de ser nada para ser alguien -como en su breve y formidable La Bóveda de la Bestia (su primer cuento, nada menos):

El ser se arrastraba. Gemía de dolor y miedo. Informe, indefinido, y sin embargo cambiando de forma y tamaño con ca­da movimiento convulsivo, se arrastra­ba a lo largo del corredor del carguero es­pacial, luchando con su terrible ansia de tomar la forma de lo que lo rodeaba. Una mancha grisácea de materia en desinte­gración, que se arrastraba y caía en casca­da, que rodaba, fluía y se disolvía, siendo cada uno de sus movimientos una agonía de lucha contra la anormal necesidad de convertirse en una forma estable. ¡Cual­quier forma!

A juzgar por sus escritos, la mente de Van Vogt funcionaba también de manera errática y aleatoria -aunque genial. Y de ahí, tal vez, que anduviese buscando él también una “forma” que adoptar, una regla a seguir para la vida misma -en un principio la Semántica General

Pero esto es otro tema, que será, eventualmente, motivo de otro texto.

El borderline, los X-Men y el “mutante emocional”

El protagonista de Slan es Jommy Cross, un mutante telepático y genial creado por el infaltable científico (semi)loco. Y la novela relata su búsqueda de alguien como él -mientras huye de una humanidad que lo desprecia y aborrece -aunque en realidad lo teme por su superioridad.

Como se ve, X-Men está calcado a esto…

En efecto, el borderline se siente como un mutante. Es totalmente diferente de los demás -y lo sabe; aterido por terrores que nadie conoce -y capaz, a la vez, de goces inalcanzables para el común de los mortales.

Como un búho al que la luz del día ciega, el borderline es infernalmente sensible a las emociones de los otros: detecta los más sutiles cambios de humor por medio de minúsculos gestos y entonaciones que se le escapan al resto de la gente. Su sensibilidad es, precisamente, casi telepática.

Y su adaptabilidad es sublime: incapaz de tolerar el rechazo o la soledad, entrenado para obtener el aprecio y el cariño, el borderline cambia de acuerdo con lo que tú ves en él -o con lo que quisieras ver. ¿Te gusta el cine? Será un crítico desenfadado y sutil o un talentoso aficionado. ¿Prefieres los coches? Le encantará acompañarte a un rally y conducir tu BMW. ¿Buscas a una persona interesante, enigmática, profunda y fascinante? Lo será -hasta que descubras, lentamente y tras partir en pedazos tu alma, que no era más que una máscara, una de tantas. El borderline te seducirá como nadie; de hecho, es en su honor que se habla del “arte de seducir”.

Por desgracia, lo que para ti es un arte, es para él la lucha por la supervivencia emocional -por no caer en el pozo sin fondo que lo cautiva cuando mira hacia dentro.

Superpoderes borderline

Hasta que (al igual que los X-Men, Jommy Cross e incontables protagonistas de Van Vogt) descubre sus superpoderes: su capacidad ilimitada e infinita de aprender, cambiar, aventurarse, descubrir, amar y apurar hasta el fondo la copa de la vida.

Porque, entonces, puede comerse el mundo. No sin dolor, desde luego; pero sí con pasión -poniendo su vida misma en cada instante. Ésa es su cruz y su virtud: concentrar cada célula de su cuerpo en todo lo que hace. Y ser consciente de lo que eso te produce -a veces, hasta más que tú mismo.

Superpoderes nada despreciables -por más que atroces.

We are the new breed

Como decíamos, hay más borderline que nunca; los psiquiatras no se dan abasto diagnosticándolos, medicándolos y tratándolos -con desigual éxito, ya que parten del supuesto de que es una enfermedad.

Mas ¿y si no lo fuera?

Por mi parte, creo que llegará un día en que el borderline dejará de ser un “trastorno” para convertirse en la forma de ser de todo el mundo.

Ya ha pasado antes, y está ocurriendo otra vez.

Pues, en efecto,

We are the new breed,

And we are coming after you.

El fin del monopolio

Continuando con el anterior post, lo que está sucediendo es un efecto natural de las leyes económicas. Los periódicos (y la televisión, y la radio) ejercían un monopolio sobre los canales de distribución de la información, lo cual (como en cualquier monopolio) les otorgó un inmenso poder.
En consecuencia, asumieron ciertas ineludibles responsabilidades; ante todo, filtrar lo que habían de transmitir, distinguir lo importante de lo accesorio, lo creíble de lo tendencioso. Los pasquines, sus antecesores, depositaban esta responsabilidad en el lector -del mismo modo que lo hace un sistema auténticamente liberal, donde el consumidor puede elegir.

Así, cada lector era su propio editor.

La descentralización informativa derivada del Internet ha erosionado este monopolio -y amenaza con destruirlo por completo, del mismo modo que la imprenta destruyó el monopolio que la Iglesia Católica mantenía sobre la educación. La responsabilidad regresa a los lectores: la tarea de separar el trigo de la paja, de distinguir entre el mensaje y el medio, entre la información y las intenciones.

Como siempre, los monopolios se resisten a abdicar de su condición de privilegio.

Sin embargo, alea jacta est. La suerte está echada -mal que nos pese.

Y nos ha pillado en el umbral de una nueva civilización.

La crisis de la prensa escrita, la democracia y Christopher Lasch

The Economist

Los periódicos han muerto.

Eso dice el antepenúltimo número de The Economist. Y no se equivoca: el periódico de nuestros padres, ese mamotreto de hojas que se leía de cabo a rabo, nunca volverá.

Hay varias razones, casi todas relacionadas con el Internet. Uno de los mayores ingresos de los periódicos eran los clasificados; ya no más, debido a páginas como la Craigslist. ¿Las noticias mundiales? Reuters, Associated Press, hasta las Wikinews te mantendrán más informado que cualquier periódico. Y sin mover un dedo: gracias a la sindicación, las novedades que te interesan (y sólo estas) te llegan directamente al navegador o al “agregador de feeds“.
¿Y los editoriales? ¿Esos textos en que los periodistas de mayor trayectoria reflexionan breve y agudamente sobre temas no tanto actuales como trascendentales?

Sí, claro… Lástima que el blog más cercano lo haga con mayor frecuencia, penetración, difusión -y ante todo empatía, ya que ha sido escrito por alguien como tú para alguien como tú. Por ejemplo, el célebre Instapundit.

¿Asesinato? Más bien suicidio

Buena parte de la culpa de la muerte del periódico es de los periódicos mismos; o de sus editores, reacios a admitir la necesidad de un cambio urgente y celosos del poder que, hasta ahora, ostentaban en las sociedades democráticas. Guardianes de la información veraz, vigilantes de la función pública, separando lo “noticiable” de lo que no lo era -y arrojando al cesto de la basura buena parte de la realidad en el proceso, los periódicos se han ido alejando insensiblemente de las inquietudes de su audiencia. Y no es que el Internet las satisfaga por completo; sólo que lo hace mucho mejor -aunque sea por la ingente cantidad de información disponible y por la capacidad de elección que eso implica. ¿No te gusta esta página? Pues navegas hacia otra, y listo.

Desgraciadamente, presionados por la realidad, muchos prefieren encerrarse en su torre -o en este caso, en su despacho- y repetirse como un mantra: “siempre hemos sabido lo que los lectores quieren, ¡y también lo sabremos ahora!”

El arte de la resurrección

¿Qué hacer? La discusión es intensa y desgarradora; aquí y aquí pueden verse algunos momentos. Hay ya algunos hitos: los periódicos deben volverse locales, personales e identificables.

  • El periódico debe volcarse hacia su comunidad, tomarle el pulso y publicarlo día tras día; descubrir qué es lo que le interesa a su audiencia en lugar de pretender dictárselo. En Reuters.com puedo saber lo que pasa en Hong Kong o Malasia; pero no lo que sucede en mi propio barrio. ¡Y esto último me interesa en grado sumo!
  • “La gente no lee”. No es verdad. La gente leería, creo yo, si se encontrase a sí misma en el texto. Las grandes historias no han pasado de moda; si cabe, se han hecho más intensas y urgentes que nunca. Ulises buscando su patria perdida, Julieta matándose por Romeo, Sócrates bebiendo la cicuta: aún conmueven, envueltas en mil disfraces, pues responden a los rincones oscuros e inexpresables de nuestras almas. Nuestras vidas están hechas de historias: ¿cómo es que los periodistas no se dan cuenta de ello?
  • Las fórmulas genéricas no sirven. Este impreso debe darme algo que ningún otro pueda: algo que lo haga distinto -no necesariamente “mejor”, sólo distinto. A menudo, ese “algo” es un atisbo a la “persona” del escritor; otras veces, el “enfoque” con que se suelen tratar los temas -con mordacidad, ligereza, suavidad, penetración… Algo que me haga comprarlo.

Panfletos, Lasch y democracia

Lo curioso, y algo en lo que, creo, no se ha reparado antes, es que si el periódico ha de renovarse, deberá volver a sus orígenes. Y ¿cuáles?

El denigrado panfleto.

Porque el panfleto, ese pasquín redactado por los vecinos de una ciudad y repartido en las calles de manera clandestina, era poderosamente local, personal e identificable. Objetivo, desde luego, no lo era; pero declaraba su partidismo abiertamente.

Exactamente igual que un blog.

El periódico desplazó al pasquín en virtud de la producción en masa, lo cual implicó una inevitable pérdida de diferenciación: los mismos contenidos para todos los lectores. Ahora, la especialización vuelve por sus fueros: el blog es el nuevo panfleto, escrito desde una perspectiva abiertamente parcial por y para la “gente común”. El fin de la centralización, en esto como en tantas cosas.

En La Rebelión de las Élites, Christopher Lasch, un brillante crítico social, hace una crónica del declive de los panfletos y del ascenso de los periódicos que arrojaría bastante luz, creo yo, sobre el arte de resucitar a los periódicos. Señala, entre otros hechos, que -contrariamente a lo que suele suponerse- el apogeo de la “objetividad periodística” coincidió con la agonía de la discusión democrática. Según Lasch, el debate es avivado por el partidismo y la libertad de información. El que dos periódicos transmitan versiones diferentes de un mismo hecho no es obstáculo para la democracia, siempre y cuando sus filiaciones políticas e ideológicas sean también declaradas. Así, los lectores pueden decantarse por una o la otra, contraponerlas y discutirlas.

Pero donde la “verdad” se impone, ¡nada hay que discutir! Peor si se trata de la “verdad” de CNN o FOX, filtrada de forma subrepticia por los intereses económicos de sus dueños y señores.

Los blogs y su éxito parecen darle la razón a Lasch: la gente quiere partidismo, personalidad y relevancia.
Y los periódicos habrán de verlo eventualmente.

Al menos, esa es mi esperanza.