¿Qué les preocupa, realmente?

Un caso de la vida real

Lo que realmente importa

Una chica, amiga tuya, a la que acaban de pedir en matrimonio. Te topas con ella –ya conocías la buena nueva– y le pides que te lo cuente con gran interés. Abre la boca, complacida, y lanza: “¡Ah! ¡Hubieras visto el anillo! ¡Qué anillo!”

Un cuento de las Mil y una Noches
La undécima noche

Un amante que ha esperado muchísimo tiempo para reunirse con su amada, la prometida de otro. Por fin, la noche anterior a la boda, aprovecha su oportunidad y se filtra en su habitación. La encuentra, semidesnuda, recostada en su lecho, con los ojos entreabiertos. Sus labios y sus pechos esbozan una tímida bienvenida. El amante se aproxima, con cautela y sigilo; acerca su rostro al de la amada –y descarga estilizadamente una retahíla de versos compuestos para la ocasión.

Una escena de una película
Terrorífico y enternecedor

El villano, con voz afligida y humilde gesto, dice a la madre del niño, su mujer: “perdóname, por favor… ¡Perdóname!” Sabe que ha fallado: la maltrata, dándole órdenes y castigándola si no las cumple. Ella lo observa en silencio, mucho tiempo; sacude la cabeza y no responde. Aquel se enfada de súbito y grita: “¡te he dicho que me perdones!”

En realidad, ¿está pidiendo perdón?

¡Recibí el golpe esperado!
Mi bienamada me abandonó.
Mientras la tuve,
era fácil despreciar el amor y exaltar todos los renunciamientos.
Cerca de tu bienamada, ¡ay Khayyám! ¡qué solo estabas!.
¿Comprendes?
Se fue para que tú pudieras refugiarte en ella…

Omar Khayyam

El doble

Uno de los cuentos más hermosos que existen fue escrito por este señor:

Un verdadero romántico

Se titula La Princesa Brambilla; al menos, en la traducción donde lo encontré, por puro y fantástico azar (Cuentos Fantásticos, E. T. A. Hoffmann; 833/H675cf en esta biblioteca. Dicho sea de paso, no he vuelto a hallar este cuento en ninguna otra traducción; y mi búsqueda ha sido exhaustiva. ¡Qué lástima!)

No es hermoso solamente; se las arregla para conducirte con sublime maestría saltando entre dos planos, dos dimensiones distintas pero interrelacionadas, de un modo que no logras comprender sino hasta la última página. Constantemente te preguntas “¿a quién le ocurre esto?” y “¿quién es el responsable de ello?”; te atemorizas, sorprendes y confundes con el protagonista y esperas con ansiedad la escena de reconocimiento final –la anagnórisis. Hoffmann es, en este sentido, profundamente aristotélico –mas ¿no lo es la vida misma?

Otra consideración marginal: la anagnórisis, pieza fundamental de la estructura narrativa aristotélica, se ha vuelto a poner de moda: véase esta película, esta otra, esta -que no me gustó tanto- y esta:

Nada es lo que parece
Hoffmann sabía de lo que hablaba: forma parte de esa nutrida aunque soterrada tradición de escritores que vivían una permanente duplicidad, la sensación de no ser de este mundo. Este es uno de sus temas recurrentes –como lo es de Poe, de Lovecraft, de P. K. Dick, de Robert Graves y del magnífico Machen (del cual recomiendo fervientemente dos contrapuestas novelas: Un fragmento de vida y La colina de los sueños).

Hoy, por fin, ya no están solos. Más aún: sus rostros se pierden en una infame multitud.

¿Debo celebrarlo? ¿O llorar?

Viscosidad

Mirada penetrante...

“Viscosidad de la libido”. Así explicaba Freud el hecho de que nos resulte tan difícil abandonar un amor, dejar atrás lo que hemos querido. Bueno, no lo explicaba realmente: sólo le daba otro nombre. Y una colorida metáfora: la libido, como una golosa ameba, extendiendo sus tentáculos para engullir su objeto de deseo.

Cuando perdemos a alguien, la ameba libidinosa se contrae -y eso le disgusta; por eso sufrimos y nos entristecemos. Con cada recuerdo doloroso, el bicho retira uno de sus pegajosos miembros; de ahí que tengamos que pasar por ese largo y tortuoso camino del duelo, ese constante tiroteo de memorias, olores, imágenes y sensaciones que nos apabulla sin que podamos detenerlo ni ponernos a cubierto.

Un niño muy malo

Por su parte, el caballero de la foto tenía una frase deliciosa en uno de los mejores cuentos de este mágico libro:

Mi libro preferido de la infancia

Venía a decir más o menos que no releemos un libro viejo buscando su empolvado contenido sino a nosotros mismos -a lo que fuimos al leerlo por vez primera.

Podríamos partir de aquí para ensayar una explicación distinta: el complicado olvido tarda tanto y hace tanto daño porque en realidad consiste en olvidarnos a nosotros mismos. Dejamos de lado lo que éramos con alguien -lo que fuimos y ya jamás seremos; nos libramos de cantidad de futuros que, paradójicamente, relegamos al pasado -de sueños y deseos por siempre insatisfechos. No perdemos a alguien: nos perdemos a nosotros mismos.

Para volvernos a encontrar, sí, con algo de suerte; para descubrir por enésima vez que el sol brilla deslumbrante, el agua empapa, la nieve sabe a hielo y la hierba se deleita con nuestros pies desnudos.

Para comprender, de nuevo, que toda explicación es vana -comprenderlo y volverlo a olvidar.

XI

Cuando estabas, las flores llenaban la casa.
Al irte, dejaste el lecho vacío.
La manta bordada, doblada,
permanece intacta.
Tres años ya han transcurrido,
pero tu fragancia no se disipa.
Te añoro, y de los árboles caen hojas amarillas.
Lloro, y sobre el verde musgo brilla el rocío.

Li Po

Persiste en tu locura, Le Mat

No se puede aprender de oídas; nada puede vivirse de tercera mano; es imposible enviar un beso con un mensajero.

Ocasionalmente nos acosa la pretensión de saber más de lo que sabemos –o, mejor dicho, de querer saber más de lo que sabemos que, en realidad, sabemos. Desgarrados entre contrapuestos compromisos, nos tomamos de los pies y damos una voltereta tratando de saltar sobre nuestras cabezas –de superar nuestras limitaciones a la fuerza.
Pero no se puede aprender de oídas; conque sólo conseguimos resaltar la desnudez de nuestros afanes –como lo hace El Loco, el arcano más enigmático del Tarot.

Le Mat
Así nuestros intentos de crecer a voluntad, o demostrar cuánto hemos crecido, se estrellan con la inexorable Realidad –y dan al traste con nuestras torpes defensas: nos convertimos en bufones, grotescos danzantes en el lago de los cisnes.
Lo cual no tenía por qué ser malo –para un chino clásico. Pues uno de los ideales de la compleja cultura china era el bufón: el vagabundo travieso y malandrín, el loco ignorante y juguetón. Tanto, que se transformó en uno de los avatares del Buda, Pu-Tai (en chino) o Hotei (en japonés):

Hotei
Pu-Tai

Así se señalaba el hecho de que también el loco podía llegar a ser sabio; o que, a lo mejor, era ya más sabio que los encumbrados, iluminados y venerados sacerdotes –cuya parafernalia no hacía otra cosa que encubrir la desnudez que todos, y no sólo el Loco, padecemos.

A Hotei se atribuye este sencillo poema (que traduzco del inglés):

En un cuenco como
Del arroz de mil familias.
Sin compañía recorro
Diez veces mil millas.
Los que aprecio son muy pocos;
Yo busco la verdad entre las nubes níveas.

Bien sabía él que nadie podía tomar su lugar en pos de la Verdad; que no se puede vivir a través de un tercero -aunque sea el Maestro, o tu propia y equilibrada Razón. Y prefirió vestirse de harapos y comer arroz prestado a dejarse servir en un monasterio -arrojarse a la duda en vez de arroparse en la certeza. Prefirió ser el Loco a ser el Emperador.

Imperator
¡Seguro que éste enviaría sus besos por carta! De este modo se ahorraría la posibilidad del rechazo -y el dolor y el desengaño concomitantes; como su homólogo del cuento, se negaría en redondo a contemplar su desnudez.
Con lo cual se volvería el peor tipo de loco: el que se cree tan cuerdo que se dedica a dirigir su propia locura -y a evitar el precipicio. Éste ya casi no tiene remedio.

Yo, en su lugar, tendría otro miedo. Adelante, que rechacen mis besos -pero ¡por Dios! ¡Que no se los den al mensajero!
Es imposible enviar besos a través de un mensajero -porque el mensajero termina siendo el mensaje.

Con lo que volvemos a empezar. Ocasionalmente nos sentimos tan desamparados que tenemos que hacer el Loco: aprender de oídas, enviar besos, vivir vicariamente. Nunca funciona -siempre fallamos; de hecho, casi siempre hemos anticipado el fracaso.

Sólo nos queda lanzarnos y enloquecer a conciencia; y desear con frenesí la bocanada de aire después del chapuzón.
Que con seguridad encontraremos -si cedemos lo bastante; pues el loco que persista en su locura se convertirá en sabio.

Lo que queda cuando te despojas de tu vieja piel

And no birds sing.

El portal era antiguo, rodeado de una tupida hiedra. Alta, esbelta, rubia, lloraba con desesperación. Corrí a su encuentro –lloraba por culpa mía; sólo pude abrazarla y musitar “no pasará nada, no pasará nada”.
Pero no pude detenerla. Siguió llorando, sin descanso; un llanto suave, penetrante, torvo –una canción y un cuento. No era bella, no; facciones demasiado cinceladas, ojeras desvaídas, cabello revuelto, ondulante traje blanco. Me atraía, no obstante, con pasión irreflexiva; y su llanto in crescendo terminó por despertarme.

Hace muchos años tuve este sueño; y desde entonces regresa, cada cierto tiempo, dejándome tan dolorido e indefenso como la primera vez. Nunca he sabido por qué llora, quién es, por qué la quiero tanto –sólo que la necesito como la espada a la sangre.
Tiempo después me descubrí en esta turbadora descripción:

La Diosa es una mujer bella y esbelta con nariz ganchuda, rostro cadavérico, labios rojos como bayas de fresno, ojos pasmosamente azules y larga cabellera rubia… El motivo de que los pelos se ericen, los ojos se humedezcan, la garganta se contraiga, la piel hormiguee y la espina dorsal se estremezca cuando se escribe o se lee un verdadero poema, es que un verdadero poema es necesariamente una invocación de la Diosa Blanca, o Musa, la Madre de Toda Vida, el antiguo poder del terror y la lujuria, la araña o la abeja reina cuyo abrazo significa la muerte.

“Los ojos se humedezcan…” Como me sucedía cuando leía Annabel Lee, de Poe, o La belle dame Sans Merci, de Keats, o la Morte d’Arthur, de Tennyson.
“Los ojos se humedezcan…” Todavía me ocurre; por eso languidecen mis colecciones de poesía romántica inglesa mientras me sumerjo en la psicología o la filosofía; por eso no leo La Dama que llevó el Alma, de Cordwainer Smith, cuando estoy solo; por eso no puedo mirar fijamente a Ofelia:

Ophelia, J. E. Millais.

Descubrí, además, el floreciente culto de la Diosa: la Wicca, a Margaret Murray y Gerald Gardner; y me sentí completo y engañado al mismo tiempo.

Alguien, alguna vez, fue ella, durante un fugaz instante; huelga decir que corrí en su busca hasta inmolarme.

A la larga, el dolor y la esperanza me aconsejaron que la abandonase. Y cerré tras de mí una puerta, y eché a andar.

Mas mi chica rubia, esbelta y desesperada aparece de cuando en cuando y me evoca con su lamento inconfundible. Y respiro hondo, y la ignoro –la puerta cruje –y todo termina; se marcha, y regreso al sereno tedio.

Al que he terminado por habituarme. Sólo temo una cosa: ¿y si, esta vez, se ha marchado para siempre?

And no birds sing.

Hiperestesia

E. A. Poe
Poe poseía el maravilloso don de atraparte en el primer párrafo: de seducirte, instilando una extraña combinación de pavor y deleite, con las primeras treinta palabras.
Por ejemplo:

True! –nervous –very, very dreadfully nervous I had been and am; but why will you say that I am mad? The disease had sharpened my senses –not destroyed –not dulled them. Above all was the sense of hearing acute. I heard all things in the heaven and in the earth. I heard many things in hell. How, then, am I mad? Hearken! and observe how healthily –how calmly I can tell you the whole story.

No es sólo la curiosidad morbosa que te obliga a seguir leyendo para escuchar el resto de esta historia contada por un cuerdo; esto es de lo más sencillo -y puede reducirse a una técnica: la “oración ficcional”. Es la belleza, la salvaje belleza del ritmo, la melodía y el contrapunto: “I heard all things in the heaven and in the earth. I heard many things in hell.”

La hiperestesia, la agudización mórbida de las facultades sensoriales, era uno de sus temas preferidos. Aparece en El Corazón Delator, El Entierro Prematuro y La Caída de la Casa Usher; se insinúa en Berenice; y linda con la alucinación en La Esfinge de Calavera.

Y no es de extrañar, puesto que es uno de los síntomas característicos de la crisis de ansiedad -que Poe parece haber padecido; en todo caso, se sabía al dedillo su fenomenología.

Hay, sin embargo, otro estado capaz de desencadenar la hiperestesia; un estado menos intenso y violento -pero no menos doloroso; más ubicuo, crepuscular y constante -pero no más manejable. Un estado que Poe también conocía -y que nunca supo sobrellevar.

No era la excepción; nadie sabe sobrellevarlo.

Lost Love

HIS eyes are quickened so with grief,
He can watch a grass or leaf
Every instant grow; he can
Clearly through a flint wall see,
Or watch the startled spirit flee
From the throat of a dead man.

ACROSS two counties he can hear
And catch your words before you speak.
The woodlouse or the maggot’s weak
Clamour rings in his sad ear,
And noise so slight it would surpass
Credence–drinking sound of grass,
Worm talk, clashing jaws of moth
Chumbling holes in cloth;
The groan of ants who undertake
Gigantic loads for honour’s sake
(Their sinews creak, their breath comes thin);
Whir of spiders when they spin,
And minute whispering, mumbling, sighs
Of idle grubs and flies.

THIS man is quickened so with grief,
He wanders god-like or like thief
Inside and out, below, above,
Without relief seeking lost love.

Robert Graves