El periódico digital www.ecuadorenvivo.com ha publicado un editorial sobre la confianza que puede leerse aquí.
Confianza
Investigación Confianza: Entrevista en “El Blog de la Radio”
Hace unas semanas fui entrevistado por Dayana Mancheno en “El Blog de la Radio”, de Sonorama (103.7 FM), sobre la Investigación Confianza.
Diario la Hora: Ecuador, el país de la desconfianza
El Diario La Hora ha publicado una nota sobre los resultados de la Investigación Confianza, que copio a continuación.
Ecuador: el país de la desconfianza

Esteban Laso es psicólogo social y miembro de la Asociación Internacional de Psicología Positiva (International Positive Psychology Association).
Los problemas socioeconómicos del país tendrían una razón cultural: la desconfianza. Por eso los ciudadanos no trabajan en equipo y se crean mafias de corrupción.
Esteban Laso, psicólogo social, realizó un estudio sobre la desconfianza en los jóvenes de Quito. Los resultados hablan por sí solos.
Investigación Confianza: entrevista en NotiHoy
De ahora en adelante tendré un breve espacio en Notihoy: Radio Centro 97.7 FM, todos los viernes a partir de las 6:30, sobre psicología positiva (¡se puede ser feliz!)
Pues la semana pasada fui entrevistado en el mismo programa sobre los resultados de la investigación Confianza:
Y Fabio Restrepo (conductor del programa) y yo disfrutamos mucho de la conversación, así que ¡vamos a volverla costumbre!
La nueva Constitución: sin confianza, no servirá de mucho
En este momento, los ecuatorianos discuten denodadamente el voto en el referéndum por la nueva Constitución. Los partidarios del “sí” y el “no” se enfrentan con más vehemencia que gracia y más violencia que argumentos.
Pero, pase lo que pase, no servirá de nada.
Por una razón muy sencilla:
Cuando hay confianza, las leyes no son necesarias; cuando no la hay, las leyes son inútiles.
Por qué el país no crece, o “si no es sólo para mí no será para nadie”

Una de las creencias que favorecen la desconfianza es lo que podemos llamar (parafraseando un clásico de la teoría de juegos) “el juego de suma cero“: la idea de que toda ganancia por mi parte equivale a una pérdida por parte de los demás y viceversa. En otras palabras, que la riqueza es limitada; que todos debemos repartirnos los mendrugos de una sola y lánguida torta -porque hacerla crecer, amasar más torta, es imposible; que ganar para mí es perder para todos los demás.
Es una creencia muy frecuente; la comparten, por ejemplo, la teoría económica de Marx y los socialistas, las cosmovisiones de muchas culturas orales (ambas tienen mucho en común, como señaló Popper en La sociedad abierta y sus enemigos)… Y, desgraciadamente, la filosofía de vida del común de los ecuatorianos -a juzgar por los resultados de la Investigación Confianza y por la siguiente anécdota de la vida real.

Una empresa solicita al Municipio permiso para construir un aparcamiento subterráneo para 300 automóviles debajo de un parque en una zona altamente turística. Frente a este parque hay dos restaurantes; sus dueños se oponen enérgicamente al proyecto. ¿La razón? Que con los aparcamientos ya existentes (no más de diez junto a las aceras) tienen “más que suficiente”: “supongamos que se construye el parqueadero y me vienen de repente 50 clientes, cuando sólo puedo atender a 10; se van a ir a otros restaurantes, ¡y yo los perderé!”
No se les ocurre que si hay más clientes para todos también ellos se beneficiarán; o sea, que si se agranda la torta sus pedazos también engordan. No: “o gano solamente yo, ¡o no gana nadie!”
Una visión obtusa, desconfiada y torpe. Una creencia frecuente, pero groseramente errada. Porque, si fuera cierto que la vida es un juego de suma cero, sería imposible que un país pudiera crecer y desarrollarse; tendría por fuerza que robar a los demás países -y así se abre paso el monstruo del imperialismo y el autoritarismo, de derecha o de izquierda.

En realidad, sabemos que la suposición de suma cero es un error al menos desde David Ricardo y sus “ventajas comparativas”, una extensión del genial descubrimiento de Adam Smith, la división del trabajo.
El ejemplo clásico: supongamos que mi vecino es un deportista famoso y que su casa tiene un jardín grande pero descuidado. Él tardaría 3 horas en cortar el césped; yo, en cambio, tardaría 5. Pero a mí me pagan USD 10 la hora en mi oficina; a él, USD 1000 por cada hora de filmación de un anuncio de televisión. Para él, cortar el césped supone perder USD 3000 (esto se llama “costo de oportunidad”); yo perdería USD 50. Por ende, si él me contrata para hacerlo y me paga más de USD 50 (pero menos de USD 3000), ¡ambos salimos ganando!
Desde luego, esta es una simplificación (que no toma en cuenta, entre otras cosas, los rendimientos marginalmente decrecientes); pero la lógica fundamental es compartida por la mayoría de economistas contemporáneos y puede resumirse en una sencilla ley: “cada persona debe especializarse en lo que hace mejor”.

Ni Smith ni Ricardo pudieron prever que la demostración definitiva de las ventajas comparativas vendría de la teoría darwinista. Pero así es. La ingente biodiversidad de la Tierra demuestra que la torta no es una sola; o, más bien, que el límite absoluto de sustentación de vida del ambiente (dado, en último término, por la cantidad de energía solar que absorbe el planeta) se puede subdividir en infinidad de nichos, cada uno con sus propios límites y especies.
Ciertamente, dentro de un nicho ecológico dado, los organismos compiten por los recursos escasos. Pero el ciego algoritmo evolutivo se encarga de crear nuevas especies que descubren y aprovechan nichos antes inexplorados. La bosta de la vaca es el alimento del escarabajo; y éste nutre a los gusanos, que sostienen a las bacterias -y así sucesivamente.
Las especies se sostienen porque (valga la redundancia) se especializan; es decir, aprenden a aprovechar mejor los limitados recursos disponibles. Obtienen más (más tiempo de vida, más vástagos) con menos (menos alimentos, menos energía). Así como la “riqueza” o rendimiento de un sistema económico está en función de la especialización del trabajo en su interior, la capacidad de sustentación de un sistema ecológico varía de acuerdo con su biodiversidad (el número de especies y la proporción de individuos en cada una). A mayor diversidad, mejor explotación de recursos; y, por ende, mayor capacidad de sustentación del entorno.
Una consecuencia de esto que suaviza las pretensiones del socialismo: las sociedades que crecen no sólo redistribuyen mejor la riqueza; ante todo, aprenden a crear continuamente más riqueza.

En resumen, lo que beneficia a la sociedad también me beneficia; cualquier aumento de la riqueza y la productividad termina por llegar a mi bolsillo. A la inversa, cuando me comporto egoísta y suspicazmente, cuando me niego a que todos ganemos porque quiero ganar sólo yo, erosiono lenta pero incansablemente el tejido social en el que vivo. Me destruyo, sin saberlo, a mí mismo.
El ecuatoriano, en cambio, parece creer que si él gana los otros pierden; que cualquier ganancia de otro es a costa de su pérdida. No es tanto que “no sea solidario” (como suele argüirse superficialmente), que “piense primero en él”. ¡Eso está muy bien! El problema es que asume que pensar en él implica pensar en contra de los demás. ¡Así es nuestra sociedad hobbesiana!
Estas son las creencias que tenemos que cambiar, lenta y progresivamente, con la educación, el esfuerzo -y el ejemplo. Este es el reto y la oportunidad de nuestros días. Y el tiempo apremia; porque si no hacemos algo, estamos condenados
La sociedad hobbesiana: resultados finales de la Investigación Confianza
He recibido los datos finales de la Investigación Confianza (de la que he hablado aquí, aquí y aquí). Han sido recopilados por HABITUS Investigación. Son representativos de los jóvenes de Quito, entre 18 y 23 años.
Y pintan una realidad dramática. Jóvenes extremadamente desconfiados y suspicaces, temerosos y siempre alerta por si les acecha algún peligro, dispuestos a saltarse las normas con tal de salirse con la suya y evitar los riesgos. Jóvenes que ven al ser humano como esencialmente egoísta, interesado, reacio a ofrecer ayuda; que contemplan como principal solución la “mano dura” -colindante con el autoritarismo y la violencia.
Las cifras hablan por sí mismas. A la pregunta “¿Cree usted que si uno no es cuidadoso, la gente se aprovecha de uno?”…

…¡el 90% responde que sí!
Y a “Aunque no nos guste admitirlo, a veces es necesario hacer trampa”…

…¡un 67% responde “de acuerdo-muy de acuerdo”!
(Más resultados, aquí).
Esos resultados confirman la hipótesis que trazaba en “Las instituciones desde la perspectiva psicológica: el punto de vista evolutivo” (publicado en Instituciones e Institucionalismo en América Latina) y retomaba en la ponencia presentada en el Congreso de 50 aniversario de FLACSO: vivimos en una “sociedad hobbesiana”, anclada en la suspicacia como paradigma de las relaciones humanas.
Como decía en este texto: “…cuando imagino que, detrás de sus sonrisas, los demás están esperando un instante de debilidad para causarme daño, tengo por fuerza que conducirme mendaz y astutamente. Mi vida se convierte en un juego de suma cero, en un eterno dilema del prisionero”.
La desconfianza, pues, subyace a la conducta antinormativa y su justificación (anticiparse al daño, atacar antes de ser atacado); a la sensación de inseguridad y vulnerabilidad (si creo que mis congéneres son egoístas, falaces y taimados, es natural que deba estar siempre a la defensiva); al recurso a la violencia. Donde “el hombre es lobo del hombre”, ¡mejor ser el lobo más fuerte!
Un escenario complejo para el Ecuador. Creo que en tanto no abordemos este tema, ninguna Constitución, ningún Presidente, ningún movimiento va a sacarnos del atolladero. Sólo nosotros mismos, cada uno, todos.
Un claro desafío para nosotros, psicólogos: salir al paso de este conjunto de creencias tan generalizado y potente. Sanar esta sociedad que sufre y tropieza una y mil veces con el mismo obstáculo; este país cuyas soluciones son, casi siempre, parte del problema.

