Confianza y capital social en los jóvenes de Quito, DM

Hace unos meses, la U. P. Salesiana hizo una convocatoria a optar a fondos de investigación. Dentro de la Maestría en Asesoría, Intervención y Terapia Familiar Sistémica, presentamos una propuesta; y se nos concedió un fondo de USD 20.000 para investigar “la confianza como parte del capital social entre los jóvenes (18-23 a.) del Distrito Metropolitano de Quito”. Hemos empezado ya con el desarrollo del proyecto.

El tema de la confianza me ha interesado desde hace varios años. Está presente en mi trabajo de investigación para el Doctorado en Psicología Social de la U. Autónoma de Barcelona; en este texto acerca de la Masonería y el Constructivismo, y en este otro, sobre el posmodernismo y sus vicios.

La investigación en curso nace de un conjunto de asuntos más concretos al que vengo dando vueltas desde hace tres años: ¿cómo es que el Ecuador no logra dejar atrás sus continuas crisis sociopolíticas? ¿Por qué, habiendo probado de todo y varias veces, seguimos viviendo “en crisis”? ¿Cómo es que el estado de excepción es aquí la regla? ¿Cómo es que parecemos preferir el estilo autoritario de liderazgo político (a juzgar por los últimos resultados electorales, sobre todo el actual)?

Estas preguntas han recibido respuestas desde diversos frentes: la sociología, la economía, los estudios del desarrollo… Pero nunca, me temo, desde la psicología social; nunca en Ecuador, donde esta disciplina apenas ha sido hollada.

El antecesor lejano de esta investigación es “Lobos o Corderos“; un análisis desde la psicología social y la teoría dramatúrgica (estilo Goffman) de una interacción típica en la capital del Ecuador y que revela por sus entresijos las conductas de irrespeto a la norma y sus justificaciones más comunes. El antecesor inmediato, “Las instituciones desde la perspectiva psicológica“, un texto de próxima publicación que he comentado aquí y cuya última parte aborda la confianza como ejemplo del punto de vista evolutivo-psicológico en ciencias sociales.

El marco teórico de este proyecto se nutre de ambos textos y apunta a relacionar la confianza con el capital social entre los jóvenes de Quito y a proyectar sus implicaciones a futuro.

Hemos perfilado ya los instrumentos que emplearemos para la medición de la confianza y las redes sociales, y estamos en el proceso de construirlos.

Asimismo, hemos tomado contacto con dos teóricos que han hecho aportaciones significativas al tema:

  • Eric Uslaner, profesor de Government and Politics en la Universidad de MarylandCollege Park, cuyo próximo libro, “The Bulging Pocket“, propone que las sociedades en desarrollo sufren de un círculo vicioso donde (des)confianza, corrupción e inequidad se apoyan y fortalecen mutuamente.
  • Roy Eidelson, Director Ejecutivo del Solomon Asch Center for Study of Ethnopolitical Conflict en la Universidad de Pennsylvania, que ha estudiado la influencia de cinco “ideas” (indefensión, vulnerabilidad, desconfianza, superioridad e injusticia) en la conducta y el conflicto.

Esta investigación abre una serie de valiosas posibilidades para el Ecuador. Por un lado, es la primera vez que se realiza un estudio de psicología social de gran escala en este contexto -lo cual puede convertirse en una línea de investigación sostenida para la U. Salesiana. Por otro, dejando de lado menciones ocasionales, la confianza nunca ha sido analizada a fondo en el país -cuando la teoría del capital social parece sugerir que es un elemento fundamental y a menudo desapercibido en el desarrollo.

Las intituciones desde la perspectiva psicológica: el Ecuador, una sociedad hobbesiana

El Leviatán, de Thomas Hobbes

He terminado por fin el artículo acerca de las instituciones desde la perspectiva psicológico-evolutiva. Está disponible aquí.

Este es el resumen del contenido:

El objetivo de este texto es introducir el punto de vista de la epistemología evolutiva (tal y como ha sido desarrollada, ante todo, en la psicología) en el análisis de las instituciones y extrapolar sus implicaciones. Se empieza con una breve exposición de lo que la psicología puede aportar al estudio de la institución para continuar con una somera revisión histórica de los fundamentos de la tradición occidental acerca de la naturaleza del cambio, el surgimiento de las sociedades y el papel de las emociones en la vida social. Luego, se presenta el esqueleto de la visión evolutiva (reproducción, variación, selección) y la noción de “institución” que de él se deduce. Finalmente, haciendo uso de este marco interpretativo, se sugieren algunas líneas de reflexión acerca de la institucionalidad en el Ecuador y de su carácter de “sociedad hobbesiana”.

Aunque la primera parte explica de manera clara y sencilla la naturaleza de un algoritmo evolutivo, me quedo con la última, que afirma, a partir de la teoría evolutiva, que la sociedad ecuatoriana es “hobbesiana”; es decir, que se funda en la desconfianza y la suspicacia, firmemente ancladas en nuestra forma de experimentar el mundo y la existencia.

Creo que esta hipótesis permite entender buena parte de las crisis y callejones sin salida en que el país se encuentra día tras día.

Forajidos, “partidocracia” y autoritarismo

He recibido un texto de una amiga mía, Gabriela García, comentando una serie de escritos que a su vez han aparecido en nuestras bandejas de correo electrónico (sin que los hayamos solicitado; dicho sea de paso, a esto se le llama spam).

Lo publico aquí (tras haber recibido su autorización) porque condensa mejor de lo que podría hacerlo yo mismo las razones que tengo para pensar lo que pienso y actuar como lo hago, y el motivo por el cual me resisto a abdicar de mi esperanza a manos de cualquiera de los dos populistas (el macho y el tonto) ahora en liza.

No. Si hemos de cambiar (¡y tenemos que hacerlo!) ha de ser por nuestro propio esfuerzo. Si hemos de salir adelante ha de ser porque cambiamos sensiblemente nuestras formas de comportarnos en el día a día; no porque, como de costumbre, nos limitamos a votar de mala gana y a charlar interminablemente sobre la crisis de los partidos mientras apuramos un café o un martini -para terminar coimando al policía que nos detiene por conducir en estado de ebriedad, colándonos en las filas del cine o el supermercado y regodeándonos en nuestra “inteligencia”, “viveza” o “valor patriótico” a la vez que nos sentimos traicionados por el Mesías presidencial de turno.

No. Es hora de dejar de poner en hombros de otros, por muy Presidentes, economistas, empresarios o carismáticos que sean, las responsabilidades que sólo a nosotros nos competen.

La esperanza no es Correa ni Noboa. La esperanza eres tú, y soy yo.

(Los comentarios de Gabriela están en color azul).

Tras los resultados electorales

Para algunas personas los resultados electorales del pasado 15 de octubre podrían resultar sorpresivos. Sin embargo, estos resultados ratifican dos hechos predecibles: la mayoría de ecuatorianos votó por candidatos populistas, es decir Álvaro Noboa, Rafael Correa y Gilmar Gutiérrez. Por otra parte, se manifestó un rechazo a la partidocracia tradicional: Partido Social Cristiano, PSC (de León Febres Cordero), Izquierda Democrática, ID (de Rodrigo Borja y sus aliados) y Partido Roldosista Ecuatoriano, PRE (De Abdalá Bucaram) Es así como León Roldós, aliado con la ID, no alcanzó sino un cuarto puesto, Cynthia Viteri el quinto y el candidato del PRE figura entre los menos favorecidos por el voto popular.

Personalmente, esto me parece de lamentar… Por un lado, no puedo negar que estoy contenta, porque este resultado significa que, si las cosas continúan así y con un poco de suerte, en poco tiempo más podremos librarnos de algunas figuras absolutamente indeseables de la política ecuatoriana, que la han tenido secuestrada desde hace un par de décadas.

Sin embargo, por otra parte, los partidos a los que pertenecen dichos personajes indeseables, son, lamentablemente, los únicos que se parecen al menos remotamente a lo que un partido de verdad se supone que debería ser: los únicos que tienen por lo menos una línea ideológica reconocible, una estructura organizativa relativamente estable, etc. Los ganadores de esta contienda electoral no provienen de verdaderos partidos: provienen de movimientos más bien ad hoc, que básicamente sirven como un mero telón de fondo y un mero pretexto a la figura de una persona, de un líder carismático. Pero eso no los hace partidos políticos. Y aunque a algunos les pese, sin partidos políticos no hay democracia. Así de sencillo.

Últimamente todo el mundo repite la expresión “partidocracia” como un peyorativo: para denigrar a la estructura tradicional de partidos del Ecuador, nos referimos a ella como “la partidocracia”, con una mueca de desprecio, sin detenernos por un segundo a pensar lo que estamos diciendo. Los partidos políticos no son una enfermedad, no son un engendro mutante de la corrupción: son el fundamento de la democracia representativa.

El sistema de partidos de nuestro país está desvirtuado, no cumple su papel, no funciona. Totalmente de acuerdo. Pero el Ecuador, para convertirse algún día en una democracia de verdad, debe aspirar a reformular y fortalecer su sistema de partidos políticos, no a lanzarlo a la basura. Si no fíjense en las democracias más sólidas alrededor del mundo: ¿acaso han reemplazado a los partidos políticos por los movimientos sociales o cosas semejantes? No. Los movimientos sociales tienen su lugar, y los partidos el suyo.

Tomando en cuenta que la participación directa de TODOS es imposible, por razones evidentes, ¿cuáles serían las alternativas, si queremos deshacernos de la “partidocracia”? Las asambleas populares, sería la respuesta. Pero no pueden ser asambleas así nada más, espontáneas. Evidentemente, las asambleas deberán constituirse con estructuras y mecanismos estables: no pueden ser tan informales como una reunión de ex-compañeros del colegio… Para que funcionen y no terminen convirtiéndose en una payasada, probablemente tendrán que adoptar formas organizativas en mayor o menor medida similares a la de los partidos…

Estoy de acuerdo con introducir mayores espacios para la participación ciudadana en la democracia. Pero para mí eso definitivamente NO quiere decir que la ciudadanía, o peor aún una reducida parte de ella pueda, cuando le da la gana, llevarse por delante a las instituciones democráticas, como las dignidades elegidas por mayoría de votos, los partidos políticos, los periodos y mecanismos establecidos por la Constitución Política, etc.

Si nosotros, los ciudadanos, cada vez que se nos ocurre nos tomamos la atribución de atropellar las instituciones fundamentales de la democracia, aún si es en nombre de cualquier “causa justa”, ¿con qué cara les vamos a reprochar a los gobernantes, a los diputados, a los jueces, a los policías, cuando hagan lo mismo?

Álvaro Noboa, ya ha destapado varias de sus cartas: Sí al TLC, sí a la base de Manta, eliminación del impuesto a la renta, ruptura de relaciones con Cuba y Venezuela, capitalismo neoliberal puro y duro. También realizó muchos ofrecimientos de campaña completamente demagógicos como la construcción de 300 mil viviendas por año, es decir, casi mil viviendas por día, o 40 veces más viviendas que el gobierno que más soluciones habitacionales construyó anteriormente. No menos demagógico es su estilo de regalar dinero en efectivo, sillas de ruedas, computadoras, “conceder” microcréditos y hasta dar misa.

El otro candidato finalista, Rafael Correa, logró el segundo lugar y no el primero como aseguraban las encuestas, que una vez más, fallaron notablemente. Al enfrascarse Correa en enfrentamientos con León Roldós y con Cynthia Viteri, el beneficiado fue Noboa. Ciertos pronunciamientos claros de Correa son: No al TLC, no a la base de Manta, Asamblea Constituyente con plenos poderes y gobernar a favor de los intereses de los ciudadanos y no a favor de los grupos económicos de poder.

¿Acaso los ofrecimientos de Correa no son también demagógicos? Simplemente son para otro público, para otro segmento del mercado electoral… Para ciertos segmentos de la población pobre del país, las 300 mil viviendas ejercen una poderosa atracción visceral. No piensan que es un ofrecimiento absurdo, que eso quiere decir mil casas al día y que desde todo punto de vista racional es sencillamente imposible que cumpla esa promesa de campaña.

Sin embargo, las distintas ofertas de campaña de Correa son igualmente absurdas, no resisten aún el análisis más superficial, son virtualmente imposibles de cumplir, pero ejercen una poderosa atracción visceral para “los movimientos sociales, sectores progresistas y en general la ciudadanía”, o más bien ciertos sectores de ella. Eso para no mencionar que últimamente ha moderado su postura con respecto a muchos de esos temas, demostrando que, de todo su varonil extremismo, no se puede esperar mucho más que de un comercial de pasta de dientes.

Como resulta lógico, la derecha económica y política del país ha volcado su apoyo a Noboa.

Lamentablemente, esto es una verdad a medias, una afirmación tendenciosa, que hace pensar al lector que es únicamente “la derecha económica y política del país” la que está apoyando a Noboa. Lamentablemente, muchos ciudadanos conscientes día a día nos vamos dando cuenta de que entre Correa y Noboa, por más que nos disguste, la opción más razonable para el país, aparte del nulo, es Noboa, y no porque creamos por un segundo sus risibles ofrecimientos.

Con el dolor de mi alma, probablemente vote por Noboa, con la esperanza de que ello le traiga por lo menos un periodo de cuatro años de relativa estabilidad a nuestro pobre país, y de que poco a poco se nos vaya quitando la pésima costumbre de querer hacer “borrón y cuenta nueva” cada vez que no nos gusta el gobernante elegido por la mayoría.

Es entonces hora de dejarnos de sueños, de asumir la lucha por nuestros derechos más allá de lo coyuntural de las elecciones. Es tiempo de buscar la unidad en lo diverso que es nuestro país, su cultura y su gente. Pero una unidad que apunte a un proyecto político claro, liberador, transformador de las injustas estructuras que nos oprimen.

Es hora de dejar de soñar, de acuerdo. Dejemos de soñar que “los forajidos/los ciudadanos/los quiteños/el pueblo sacamos a tal o cual presidente”: los que sacaron a esos presidentes fueron otros, los que tenían muchos intereses en juego, los que tomaron la decisión final, lejos de las protestas y los gases, los que lograron que, a la salida de Lucio, el país siga estando básicamente en las mismas manos; los forajidos, tristemente, fueron simples instrumentos. Dejemos de soñar que Correa, si es que gana, va a poder hacer siquiera la mitad de las cosas que promete, tomando en cuenta que va a tener a la mayoría del Congreso como oposición. Dejemos de soñar que Correa, o cualquier otro que venga en el futuro, será el Mesías que salvará con una sola mano al Ecuador.

Hace poco un amigo comparó al Ecuador con un carro que se hunde en el fango, diciendo que es imposible sacarlo poco a poco, y más bien es necesario sacarlo de golpe, de un solo movimiento decisivo y violento. Otra comparación que he oído es que el Ecuador es un carro donde todas las piezas están dañadas: en lugar de tratar de cambiar una por una las piezas, hay que botar todo el carro. De acuerdo, ambas comparaciones tienen lógica. Pero lo que no consideran esas dos comparaciones, y muchas otras por el estilo, es que tú y yo, y el resto de ciudadanos, no estamos afuera del carro, viéndolo pensativos desde cierta distancia.

NOSOTROS TAMBIÉN SOMOS EL CARRO, nosotros también somos piezas dañadas, somos parte del problema. Porque no sabemos respetar las leyes, ninguno de nosotros: todos nos pasamos los semáforos en rojo, todos manejamos pegados los tragos, todos nos parqueamos en las veredas y en los espacios para minusválidos, todos estamos felices si descubrimos alguna manera de tener todos los canales del TVCable sin pagar, todos, AUNQUE SABEMOS QUE ES ILEGAL, INMORAL, ANTIÉTICO.

Muchos dirán que son tonteritas, que eso no se compara a la corrupción en el Congreso o en Petroecuador. Lo siento, pero es exactamente lo mismo y es hora de que lo admitamos. Y sacar a la fuerza a un Presidente que fue elegido, bien o mal, mediante los mecanismos democráticos establecidos en nuestras leyes y por la mayoría de los ecuatorianos, es también exactamente lo mismo: un total irrespeto por las normas, por el orden, por el Estado, y por el resto de la sociedad que conforma ese Estado. Y mientras no perdamos ese irrespeto arrogante y cínico, no vamos a ninguna parte. Sea con Correa o con Noboa, a ninguna parte.

¿Dónde está el poder forajido?

Reflexiones de un forajido quiteño de pura cepa, a propósito de las elecciones 2006 y de la euforia gutierrista

Preámbulo

El 2 de agosto de 1810, un año después del 10 de Agosto, Primer Grito de Independencia, que le valió a Quito el título de “Luz de América” dado por próceres de otras latitudes, Quito puso el pecho a las balas colonialistas. No solo los próceres en los calabozos fueron asesinados. Más de 3 mil quiteños, ecuatorianos, murieron en la batalla enfrentando a la soldadesca colonialista hispana, reforzada con fuerzas colombianas, panameñas y peruanas.

En primer lugar, en ese momento no existían ni el Ecuador, ni Colombia, ni Panamá ni el Perú. Es completamente arbitrario y absurdo, por no decir malintencionado, llamar así a los que lucharon de un bando o de otro.

Vuelve la histeria guitierrista

Los y las gutierristas, con la Ivonne Baki casi histérica de la alegría, con Gilmar y su banda creyendo que lo tienen todo, fanfarrones y prepotentes, empiezan a preguntar –acolitados por Andrés Carrión y otros de esa laya- ¿qué será del efecto forajido? ¿Dónde están los forajidos? Andan diciendo que el resultado electorero es una bofetada a los forajidos.

Por supuesto que lo es. Todas las personas que en un principio votaron por Lucio Gutiérrez y no estuvieron de acuerdo con el puñado de valientes quiteños que lo sacaron del poder, están en todo su derecho de votar de nuevo por el mismo partido. Sobre todo porque los valientes quiteños, cuando botaron al presidente, no se molestaron en preguntarle su opinión a nadie más.

Dicen, en esa simpleza que les caracteriza, que unos cien mil quiteños no pueden cambiar gobiernos por su gusto. Que el Ecuador es más que ese cero coma, cero uno por ciento de electores que le botamos al Gutiérrez y su banda.

Y tienen TODA LA RAZÓN. Por más que los forajidos hayan tenido la mejor y más noble de las intenciones, eso por sí solo NO LES DABA NINGÚN DERECHO a decidir por los demás, a decidir qué era lo mejor para el país. ¿Por qué no? Ante todo porque sí eran una minoría, comparada con el resto de ciudadanos a los que nadie les preguntó si estaban de acuerdo.

Claro que no solo fue en Quito, también se sumaron otras ciudades al movimiento. Recuerden, horda de fatuos, que León y Nebot solo se sumaron cuando casi todo estaba dicho…

Yo no diría eso. Más bien diría que León y Nebot y otros protagonistas de nuestra política se sumaron para decir la última y decisiva palabra… Dejemos de soñar en pajaritos de colores, no fueron los forajidos los que sacaron a Gutiérrez: fueron los grupos de interés de siempre…

…Todo el discurso que se presenta en este artículo es un sinfín de grandilocuencias exaltadas, con el tinte patriótico que está tan de moda, y que al final suena exactamente igual que los discursos de Pol Pot o las mejores páginas de “Mein Kampf”. Un documento de propaganda, que no tiene miedo de recurrir a acomodos de la Historia nacional para dar colorido a su argumento. Un panfleto pretencioso repleto de las manipulaciones de significado más cínicas. Y ante todo una reivindicación virulenta del puñado de héroes salvadores de la Patria, que a la fuerza impusieron al resto del país su forma de ver las cosas y su idea de lo que debería ser la política, y que tratan con arrogancia y total falta de respeto a quienes no comparten su iluminado punto de vista, calificándolos de “simples” y “fatuos”, y subestimando su legítimo derecho a opinar como ellos quieran y a votar como ellos quieran.

Qué miedo que tantos y tantos ecuatorianos hagan suyo este tipo de discursos autoritarios, iracundos y fanáticos, que incluso llegan a amenazar directamente al lector (“que no se equivoquen” éstos, “que se cuiden” los de más allá…). Nosotros que tanto criticamos a los gringos y la manera cómo llevan su país, qué miedo ver como penetra en nosotros también la mano del autoritarismo, y sin que nos demos cuenta…

La esperanza de vida de una Constitución en el Ecuador

En Ecuador, la esperanza de vida de una constitución es de nueve años.

Poco más de dos períodos presidenciales.

He llegado a este dato mientras redactaba un artículo acerca de las instituciones desde una perspectiva psicológico-evolutiva (que, dicho sea de paso, me ha restado el poco tiempo de que disponía para esta bitácora).

Me han bastado cinco minutos y una hoja de cálculo.

Estos son los datos:

Las diecinueve constituciones del Ecuador

Así las cosas, ¿puede alguien creer que una Asamblea Constituyente cambiará al país?

Más aún: ¿puede alguien ser tan ingenuo como para pensar que esta vez lograremos por fin escribir la Constitución perfecta que nos permita “refundar la patria” prístina y paradisíaca?

E incluso si lo consiguiésemos, ¿puede alguien esperar que dicha Constitución siga viva durante el tiempo suficiente para modificar sensiblemente la realidad del país -o, sin ir más lejos, para ponerse en práctica en todos sus puntos?

¿Es que somos más inteligentes, honestos, sabios, amables, solidarios, enterados y vivaces que nuestros antepasados? ¿O es que eran todos unos consumados imbéciles?

¿Por qué ahora sí va a funcionar una solución que hemos intentado diecinueve veces en ciento setenta años sin éxito alguno -o, incluso, fracasando cada vez más estrepitosamente?

Esto me ha recordado dos frases maravillosas pero lapidarias:

Estar loco es hacer lo mismo una y otra vez y esperar que tenga un resultado diferente.
George Kelly

y

Quienes no conocen su historia están condenados a repetirla.
George Santayana

Culturas de Corrupción, o los culpables somos nosotros mismos

En Lobos o Corderos, que escribí hace un año, defiendo que la corrupción es endémica en el Ecuador, y no propia solamente de una clase de malvados consuetudinarios llamados “políticos” (o “los de siempre”, o “poderosos”, o “imperialistas”…) Que esa corrupción forma parte del “mundo dado por hecho”, de la forma en que nuestra cultura y nuestras formas de crecer y creer nos permiten contemplar el universo y posicionarnos frente a él.

El debate sobre las causas de la corrupción es intenso y controversial. Algunos, como yo, postulan que la corrupción se deriva no solamente de los arreglos institucionales perversos o desordenados sino ante todo de la cultura y principios de los actores involucrados. Pero este aserto carecía de sólida contrastación empírica.

Hasta ahora, que se ha publicado un estudio simple, conciso y penetrante: Cultures of Corruption: Evidence from Diplomatic Parking Tickets.

Los diplomáticos en New York están exentos de penas por infracciones de tránsito. Por ende, su conducta es independiente de cualquier arreglo institucional de incentivos o castigos y se deriva exclusivamente de sus escalas de prioridades internas.

Y ¿cuál es el resultado? Que los diplomáticos de países con bajos niveles de corrupción cometen muchas menos infracciones que los que vienen de países corruptos -¡aunque, desde la teoría de la acción racional, las condiciones deberían favorecer el que todos las cometieran! Puesto que, en ausencia de pérdida (penas legales), la infracción es una clara ganancia; actuar con impunidad y beneficio siempre es mejor que actuar correctamente incurriendo en pérdida. Pero contra muchos pronósticos ciegamente economicistas, la gente mantiene sus principios incluso fuera de las instituciones que los modelan.

Así se demuestra fehacientemente que la cultura sí que influye en la conducta, que la teoría de la acción racional es, como mínimo, insuficiente -y que, aunque no nos guste aceptarlo, la responsabilidad de hundirnos o volar, de seguir como siempre o cambiar recae en cada uno de nosotros, cada día.