And no birds sing.

El portal era antiguo, rodeado de una tupida hiedra. Alta, esbelta, rubia, lloraba con desesperación. Corrí a su encuentro –lloraba por culpa mía; sólo pude abrazarla y musitar “no pasará nada, no pasará nada”.
Pero no pude detenerla. Siguió llorando, sin descanso; un llanto suave, penetrante, torvo –una canción y un cuento. No era bella, no; facciones demasiado cinceladas, ojeras desvaídas, cabello revuelto, ondulante traje blanco. Me atraía, no obstante, con pasión irreflexiva; y su llanto in crescendo terminó por despertarme.

Hace muchos años tuve este sueño; y desde entonces regresa, cada cierto tiempo, dejándome tan dolorido e indefenso como la primera vez. Nunca he sabido por qué llora, quién es, por qué la quiero tanto –sólo que la necesito como la espada a la sangre.
Tiempo después me descubrí en esta turbadora descripción:

La Diosa es una mujer bella y esbelta con nariz ganchuda, rostro cadavérico, labios rojos como bayas de fresno, ojos pasmosamente azules y larga cabellera rubia… El motivo de que los pelos se ericen, los ojos se humedezcan, la garganta se contraiga, la piel hormiguee y la espina dorsal se estremezca cuando se escribe o se lee un verdadero poema, es que un verdadero poema es necesariamente una invocación de la Diosa Blanca, o Musa, la Madre de Toda Vida, el antiguo poder del terror y la lujuria, la araña o la abeja reina cuyo abrazo significa la muerte.

“Los ojos se humedezcan…” Como me sucedía cuando leía Annabel Lee, de Poe, o La belle dame Sans Merci, de Keats, o la Morte d’Arthur, de Tennyson.
“Los ojos se humedezcan…” Todavía me ocurre; por eso languidecen mis colecciones de poesía romántica inglesa mientras me sumerjo en la psicología o la filosofía; por eso no leo La Dama que llevó el Alma, de Cordwainer Smith, cuando estoy solo; por eso no puedo mirar fijamente a Ofelia:

Ophelia, J. E. Millais.

Descubrí, además, el floreciente culto de la Diosa: la Wicca, a Margaret Murray y Gerald Gardner; y me sentí completo y engañado al mismo tiempo.

Alguien, alguna vez, fue ella, durante un fugaz instante; huelga decir que corrí en su busca hasta inmolarme.

A la larga, el dolor y la esperanza me aconsejaron que la abandonase. Y cerré tras de mí una puerta, y eché a andar.

Mas mi chica rubia, esbelta y desesperada aparece de cuando en cuando y me evoca con su lamento inconfundible. Y respiro hondo, y la ignoro –la puerta cruje –y todo termina; se marcha, y regreso al sereno tedio.

Al que he terminado por habituarme. Sólo temo una cosa: ¿y si, esta vez, se ha marchado para siempre?

And no birds sing.

Hiperestesia

E. A. Poe
Poe poseía el maravilloso don de atraparte en el primer párrafo: de seducirte, instilando una extraña combinación de pavor y deleite, con las primeras treinta palabras.
Por ejemplo:

True! –nervous –very, very dreadfully nervous I had been and am; but why will you say that I am mad? The disease had sharpened my senses –not destroyed –not dulled them. Above all was the sense of hearing acute. I heard all things in the heaven and in the earth. I heard many things in hell. How, then, am I mad? Hearken! and observe how healthily –how calmly I can tell you the whole story.

No es sólo la curiosidad morbosa que te obliga a seguir leyendo para escuchar el resto de esta historia contada por un cuerdo; esto es de lo más sencillo -y puede reducirse a una técnica: la “oración ficcional”. Es la belleza, la salvaje belleza del ritmo, la melodía y el contrapunto: “I heard all things in the heaven and in the earth. I heard many things in hell.”

La hiperestesia, la agudización mórbida de las facultades sensoriales, era uno de sus temas preferidos. Aparece en El Corazón Delator, El Entierro Prematuro y La Caída de la Casa Usher; se insinúa en Berenice; y linda con la alucinación en La Esfinge de Calavera.

Y no es de extrañar, puesto que es uno de los síntomas característicos de la crisis de ansiedad -que Poe parece haber padecido; en todo caso, se sabía al dedillo su fenomenología.

Hay, sin embargo, otro estado capaz de desencadenar la hiperestesia; un estado menos intenso y violento -pero no menos doloroso; más ubicuo, crepuscular y constante -pero no más manejable. Un estado que Poe también conocía -y que nunca supo sobrellevar.

No era la excepción; nadie sabe sobrellevarlo.

Lost Love

HIS eyes are quickened so with grief,
He can watch a grass or leaf
Every instant grow; he can
Clearly through a flint wall see,
Or watch the startled spirit flee
From the throat of a dead man.

ACROSS two counties he can hear
And catch your words before you speak.
The woodlouse or the maggot’s weak
Clamour rings in his sad ear,
And noise so slight it would surpass
Credence–drinking sound of grass,
Worm talk, clashing jaws of moth
Chumbling holes in cloth;
The groan of ants who undertake
Gigantic loads for honour’s sake
(Their sinews creak, their breath comes thin);
Whir of spiders when they spin,
And minute whispering, mumbling, sighs
Of idle grubs and flies.

THIS man is quickened so with grief,
He wanders god-like or like thief
Inside and out, below, above,
Without relief seeking lost love.

Robert Graves

El pez y la cola

Hay cosas que no se pueden entender a menos que, de algún modo, se comprendan de antemano.

Piensa en esta pregunta:

¿Cuál es mi verdadero valor?

Si no conoces la respuesta de entrada, no puedes responder. Y si lo sabes, o mejor dicho si no dudas de tu valor, la pregunta ni siquiera se plantea.

Porque ¿cómo responderla?

Sería maravilloso que los curas de parroquia tuvieran razón; que un caballero canoso, avejentado, sabio y desapasionado te esperara al final del camino para soltarte sin rodeos: “tu valor, hijo mío, es de siete en una escala de uno a diez. Aquí se entra sólo a partir del ocho, conque…”

Ah…

No. Pensándolo bien, sería espeluznante.

Tanto como vivir pendiente de la respuesta; como tomarte casi cada cosa como una prueba, un test; como desgañitarte en vano por alcanzar un ideal imposible.

Y ya puestos, ¿cómo medir el valor? ¿Cuál sería el criterio adecuado? Valor ¿en relación con qué?

Cada uno desarrolla su propio e idiosincrático índice. La popularidad, por ejemplo; o sus variantes, el atractivo físico, intelectual o emocional. La inteligencia, la honestidad, la dedicación, la lealtad -todas las virtudes cardinales, y también todas las demás, pueden convertirse en baremos de la valía.

Con lo cual se pervierten intrínsecamente; porque ya no las practicas per se, sino de cara a un fin ulterior. Ya no ayudas a la ancianita a cruzar la calle porque te compadezcas de su dolor, sino porque “es tu buena obra del día”; y porque cuando te habitúes a hacer un bien cada 24 horas serás “una mejor persona”, más acorde con tu ideal, menos frágil, inestable, patética o perversa.

Llegados a este punto, la ancianita es la última de tus preocupaciones; no te interesa en lo más mínimo -salvo en la medida en que te permite ejercer tu bondad.

De este modo, la virtud más acendrada deviene un pecado; y siempre el mismo, orgullo. El agua se empoza y emponzoña; el mayor de los santos es el pecador más abyecto. El fanático te mata para salvar tu alma -guarecido bajo su inexorable convicción.

Lo que nos devuelve al principio: las cosas que, si no conoces de antemano, no puedes comprender.

El pez que se muerde la cola: un venerable símbolo metafísico.

Ouroboros

El único requisito para leer el I Ching

Así es. Independientemente de la familiaridad con la cultura china (que, indudablemente, ayuda), con su idioma (que ya sería un lujo) y con su complejísima lógica (toda una proeza), para leer e interpretar el I Ching es menester seguir una sola regla fundamental:

Hace falta ser honesto.


Sólo el más sublimemente veraz es capaz de comprender esta ley; apoyado en esa revelación es capaz de entender los símbolos y en seguida puede deslindar sus significados a partir de pequeñas manifestaciones.
(En El significado del I Ching, Hellmut Wilhelm)

Por cierto: la “sinceridad” era considerada una virtud cardinal por una reducida escuela de neoconfucianos de la dinastía Ming; un poder trascendental del que se derivaban prácticamente todos los demás. La referencia exacta se me escapa… aunque recuerdo vagamente el libro en cuestión.

“Vaya, ¡qué fácil!” -podrías pensar; “¡sólo es cuestión de ser sincero!” No es tan sencillo; por el contrario, puede que sea la más dura de las pruebas. Siempre hay al menos una persona con la que uno no es franco: uno mismo.

De hecho, pienso que el mayor valor del oráculo es que se niega a halagarte, a “dorar la píldora”, a contar una mentira blanca o grisácea. Tal y como lo hacen los buenos amigos.

No se trata de ser despiadado, cruel o brusco; sólo de ser honesto, de ver las cosas de frente, cara a cara -de contemplar el mayor tiempo posible la deslumbrante verdad.

(Porque, dicho sea de paso, la verdad existe. Ya sé que sostener esto me meterá en gordos enigmas metafísicos, pero qué le vamos a hacer… ¡Es lo que creo!)

I Ching

La ironía del menesteroso

Hay una ironía en nuestra vida, una ironía trágica pero inevitable: que quien más ayuda necesita es quien menos puede aprovecharla.

Hay innumerables ejemplos de esta máxima. Está la chica que pregunta constantemente a su novio: “¿me quieres?” “Sí”, responde él (al menos, las primeras ciento veinte veces). Ella, al cabo de diez minutos, reincide: “Pero ¿estás seguro?” “Claro”. “Pero seguro, ¿seguro?

Es el cuento de nunca acabar. La pregunta no tiene respuesta. Si ella supiera que él la quiere, no tendría que formularla; mas el hecho de que necesite hacerlo da cuenta de que ninguna evidencia puede satisfacerla. Conque por más alardes amorosos que intente su novio, nunca la convencerá del todo.
Y, por desgracia, lo que le hace falta con desesperación es sentirse amada -precisamente lo que jamás podrá obtener por esta vía, la única que conoce.

Pensándolo bien, es lógico que así sea: porque quien más ayuda necesita es siempre precisamente quien no sabe cómo conseguirla, o qué hacer con ella. No sólo carece de recursos: carece de la capacidad de buscarlos, solicitarlos o inventarlos.

Quien más ayuda necesita es quien necesita aprender a hacer buen uso de la ayuda.

Lü, el Andariego


La montaña (Ken) se mantiene quieta; arriba el fuego (Li) llamea y no permanece. Por lo tanto no quedan juntos. La tierra extraña, la separación, es la suerte del andariego.

El Dictamen:
“El Andariego. Éxito por lo pequeño.
Al andariego la perseverancia le trae ventura”.


Comentario
Como viajero y extranjero uno no debe mostrarse brusco ni pretender subir demasiado alto. No dispone uno de un gran círculo de relaciones; no hay, pues, motivo de jactancia. Es necesario ser precavido y reservado; de este modo uno se protegerá del mal. Si uno se muestra atento con los demás, conquistará éxitos. El andariego no tiene morada fija, la carretera es su hogar. De ahí que ha de preocuparse por conservar interiormente su rectitud y firmeza, y cuidar de detenerse únicamente en lugares adecuados manteniendo trato tan sólo con gente buena. Entonces tendrá ventura y podrá seguir viaje sin ser molestado.


La Imagen:
“Sobre la montaña hay fuego: la imagen del Andariego.
Así el noble aplica con claridad y cautela las penalidades y no arrastra pendencias”.

Comentario
Cuando el pasto sobre la montaña se quema, da un claro resplandor. Pero el fuego no permanece allí, sino que continúa su andanza en busca de nuevo alimento. Es un fenómeno muy fugaz. Lo mismo ha de suceder con los castigos y los pleitos. Es necesario que se trate de fenómenos muy fugaces y que éstos no se arrastren a otros lugares. Las prisiones han de ser algo que sólo acoge a la gente en forma pasajera, como si fuesen huéspedes. No deben convertirse en morada de los hombres.

(I Ching, trad. de Richard Wilhelm)

El primer oráculo

Pues sí, no te equivocas: ¡otro weblog!
Pero ¿por qué?
Ah… No se me ocurre mejor explicación que una alegoría.

Tendemos a suponer que las ideas que nos pasan por la cabeza son nuestras; que podemos gobernarlas, apartarlas, llamarlas al orden; que provienen de “nuestra” mente, de “nuestra” esencia.
Mas puede que estemos equivocados. Puede que sean tan “nuestras” como lo son los leucocitos. Sí, nos constituyen -pero no están bajo nuestro poder. Puede que sean más bien como los animales que conviven en una selva -una selva que somos nosotros.

Dale vueltas por un instante. ¿Sabes de dónde salen tus pensamientos? ¿Los has atrapado in fraganti, in statu nascendi? Una vez han nacido, ¿eres capaz de detenerlos? ¿O de reconducirlos?
No. Lo que ocurre, en todo caso, es que un pensamiento suplanta a otro, sucediéndolo en una cadena interminable e insondable.
Y allí estás tú, atado a ella -con la vista clavada en cada fragmentaria idea, incapaz de alzar la cabeza y disfrutar del panorama.

Si es así, si somos la selva donde conviven las ideas, cada una de ellas nace, sobrevive y muere en fracciones de segundo -sin dejar rastro.

Para el Universo, bien pudo no haber existido.