¿Qué les preocupa, realmente?

Un caso de la vida real

Lo que realmente importa

Una chica, amiga tuya, a la que acaban de pedir en matrimonio. Te topas con ella –ya conocías la buena nueva– y le pides que te lo cuente con gran interés. Abre la boca, complacida, y lanza: “¡Ah! ¡Hubieras visto el anillo! ¡Qué anillo!”

Un cuento de las Mil y una Noches
La undécima noche

Un amante que ha esperado muchísimo tiempo para reunirse con su amada, la prometida de otro. Por fin, la noche anterior a la boda, aprovecha su oportunidad y se filtra en su habitación. La encuentra, semidesnuda, recostada en su lecho, con los ojos entreabiertos. Sus labios y sus pechos esbozan una tímida bienvenida. El amante se aproxima, con cautela y sigilo; acerca su rostro al de la amada –y descarga estilizadamente una retahíla de versos compuestos para la ocasión.

Una escena de una película
Terrorífico y enternecedor

El villano, con voz afligida y humilde gesto, dice a la madre del niño, su mujer: “perdóname, por favor… ¡Perdóname!” Sabe que ha fallado: la maltrata, dándole órdenes y castigándola si no las cumple. Ella lo observa en silencio, mucho tiempo; sacude la cabeza y no responde. Aquel se enfada de súbito y grita: “¡te he dicho que me perdones!”

En realidad, ¿está pidiendo perdón?

¡Recibí el golpe esperado!
Mi bienamada me abandonó.
Mientras la tuve,
era fácil despreciar el amor y exaltar todos los renunciamientos.
Cerca de tu bienamada, ¡ay Khayyám! ¡qué solo estabas!.
¿Comprendes?
Se fue para que tú pudieras refugiarte en ella…

Omar Khayyam

Todos somos ángeles

Hay gente que tiene un vacío en su interior; un pozo negro que se traga todo lo que encuentra, una red donde se agazapa una araña. Gente a la que parece haber alcanzado una maldición inexorable, el odio de un dios ignoto. Gente que hace daño, muchísimo daño –y que sufre lo indecible por ello; que pone todo su empeño en evitarlo –y sólo consigue agravarlo aún más; que trata de sobrevivir haciendo caso omiso de su propio dolor –y fortaleciéndolo en el ínterin.
Es gente que acumula sumas ingentes de nobleza y angustia, de culpa y autosacrificio; gente cuya mera existencia es testimonio del atroz milagro que nos une y nos divide.

Mysterium Tremendum

Creí escuchar que la etimología derivaba la palabra “ángel” de una expresión que significaba “Heraldo de Dios”. Si es así, todos somos ángeles, alguna vez; pues en todos se encarna el infinito cuando es preciso.
Y cabe recordar que la divinidad no es siempre benévola; por el contrario, también es ilimitadamente atroz. También la muerte es portentosa, no menos que el nacimiento –lo grotesco no menos que lo bello, lo abyecto tanto como lo sublime.

Kali, la Terrible

Así que estas personas deben de ser ángeles constantemente, sin descanso, cada segundo; ángeles de tristes facciones y desgarradora mirada, de almas afiladas como espadas y corazones ávidos de sangre.
Una carga muy, muy pesada.

Conozco a una de ellas.

The Three-Faced

Who calls her two-faced? Faces she has three:
The first inscrutable, for the outer world;
The second shrouded in self-contemplation;
The third, her face of love,
Once for an endless moment turned on me.

Robert Graves

El doble

Uno de los cuentos más hermosos que existen fue escrito por este señor:

Un verdadero romántico

Se titula La Princesa Brambilla; al menos, en la traducción donde lo encontré, por puro y fantástico azar (Cuentos Fantásticos, E. T. A. Hoffmann; 833/H675cf en esta biblioteca. Dicho sea de paso, no he vuelto a hallar este cuento en ninguna otra traducción; y mi búsqueda ha sido exhaustiva. ¡Qué lástima!)

No es hermoso solamente; se las arregla para conducirte con sublime maestría saltando entre dos planos, dos dimensiones distintas pero interrelacionadas, de un modo que no logras comprender sino hasta la última página. Constantemente te preguntas “¿a quién le ocurre esto?” y “¿quién es el responsable de ello?”; te atemorizas, sorprendes y confundes con el protagonista y esperas con ansiedad la escena de reconocimiento final –la anagnórisis. Hoffmann es, en este sentido, profundamente aristotélico –mas ¿no lo es la vida misma?

Otra consideración marginal: la anagnórisis, pieza fundamental de la estructura narrativa aristotélica, se ha vuelto a poner de moda: véase esta película, esta otra, esta -que no me gustó tanto- y esta:

Nada es lo que parece
Hoffmann sabía de lo que hablaba: forma parte de esa nutrida aunque soterrada tradición de escritores que vivían una permanente duplicidad, la sensación de no ser de este mundo. Este es uno de sus temas recurrentes –como lo es de Poe, de Lovecraft, de P. K. Dick, de Robert Graves y del magnífico Machen (del cual recomiendo fervientemente dos contrapuestas novelas: Un fragmento de vida y La colina de los sueños).

Hoy, por fin, ya no están solos. Más aún: sus rostros se pierden en una infame multitud.

¿Debo celebrarlo? ¿O llorar?

Silogismo búdico

En búsqueda del toro...

Una forma extremadamente simplista de resumir la doctrina del Buda (el budismo primitivo o Theravada) sería el siguiente aforismo: “El sufrimiento es universal; pero siempre es un yo el que sufre; por consiguiente, acabando con el yo cesa el sufrimiento”.

Con esta convicción se inició un experimento que continúa hasta hoy, uno de los más fructíferos, audaces y portentosos de la historia humana: el de “matar al yo”.

Ahora bien: el del Buda es casi un silogismo, y como tal, inatacable. El problema verdadero surge en cuanto se intenta poner en práctica su consejo, porque ¿quién ha de “matar al yo”?

Diversas soluciones han surgido a lo largo del tiempo; el mismo Buda parece haber propuesto una suerte de recurso, los “tres Refugios”: la Doctrina, la Comunidad de monjes y la figura del propio Buda (no necesariamente sagrada: sobre esto no hay acuerdo…)
Por desgracia, en muchas ocasiones estos Refugios han devenido un reducto de sucesión apostólica –cosa que el Tathagata, El-que-así-ha-venido (como se hacía llamar), seguramente hubiera desaprobado.

Muchos otros aventureros han hecho el mismo descubrimiento de manera independiente. El mismo, o casi el mismo –y en el “casi” está el quid. Por ejemplo, podríamos ver en el “noble salvaje” de Rousseau al monje mendicante budista, que se retira del mundo para encontrar su verdadera esencia salvífica; o dejarnos engañar por Schopenhauer y esmerarnos en reprimir nuestros deseos y coartar nuestra voluntad –cayendo así bajo el imperio de otros deseos y otras voluntades, no menos egoístas.

Podríamos también seguir el razonamiento de Hume y escudriñar nuestro interior en pos del “yo”, del “observador invisible” que somos o creemos ser –del supuesto autor de nuestros pensamientos…

En el Dhammapada o “declaración de principios”, una colección de dichos atribuida al Buda, se encuentra esta magnífica metáfora:

Te han visto, constructor de la casa: no reconstruirás.

El “constructor” es el deseo o ansia de seguir viviendo; alternativamente, el “yo” que construye una ilusoria trama renaciendo día tras día. Estos son los versos que pronunció el Buda en el momento de la iluminación: habiendo descubierto la trampa del constructor de su “casa”, se deshizo de él –y de la cadena de nacimientos y muertes, del inexorable sufrimiento.

Mas ¿quién había visto al constructor?

Mas el toro no existía...

Viscosidad

Mirada penetrante...

“Viscosidad de la libido”. Así explicaba Freud el hecho de que nos resulte tan difícil abandonar un amor, dejar atrás lo que hemos querido. Bueno, no lo explicaba realmente: sólo le daba otro nombre. Y una colorida metáfora: la libido, como una golosa ameba, extendiendo sus tentáculos para engullir su objeto de deseo.

Cuando perdemos a alguien, la ameba libidinosa se contrae -y eso le disgusta; por eso sufrimos y nos entristecemos. Con cada recuerdo doloroso, el bicho retira uno de sus pegajosos miembros; de ahí que tengamos que pasar por ese largo y tortuoso camino del duelo, ese constante tiroteo de memorias, olores, imágenes y sensaciones que nos apabulla sin que podamos detenerlo ni ponernos a cubierto.

Un niño muy malo

Por su parte, el caballero de la foto tenía una frase deliciosa en uno de los mejores cuentos de este mágico libro:

Mi libro preferido de la infancia

Venía a decir más o menos que no releemos un libro viejo buscando su empolvado contenido sino a nosotros mismos -a lo que fuimos al leerlo por vez primera.

Podríamos partir de aquí para ensayar una explicación distinta: el complicado olvido tarda tanto y hace tanto daño porque en realidad consiste en olvidarnos a nosotros mismos. Dejamos de lado lo que éramos con alguien -lo que fuimos y ya jamás seremos; nos libramos de cantidad de futuros que, paradójicamente, relegamos al pasado -de sueños y deseos por siempre insatisfechos. No perdemos a alguien: nos perdemos a nosotros mismos.

Para volvernos a encontrar, sí, con algo de suerte; para descubrir por enésima vez que el sol brilla deslumbrante, el agua empapa, la nieve sabe a hielo y la hierba se deleita con nuestros pies desnudos.

Para comprender, de nuevo, que toda explicación es vana -comprenderlo y volverlo a olvidar.

XI

Cuando estabas, las flores llenaban la casa.
Al irte, dejaste el lecho vacío.
La manta bordada, doblada,
permanece intacta.
Tres años ya han transcurrido,
pero tu fragancia no se disipa.
Te añoro, y de los árboles caen hojas amarillas.
Lloro, y sobre el verde musgo brilla el rocío.

Li Po

Va por ti, Leo

He estado pensado qué decirle a un amigo que está atravesando un momento harto difícil; y decidí hacer una excepción y dejar de lado los translúcidos velos que uso para ocultarme (por más que mis amigos son perfectamente capaces de interpretar mis devaneos); ser, como se dice en inglés, straightforward.

He estado pensado, digo, y temo no haber llegado a ninguna conclusión. No sé qué decirle; más aún, creo que nada se puede decir. O tal vez se pueda decir demasiado; pero si lo que pretendemos es paliar el dolor, las palabras se quedan cortas.
Pese a lo cual tienen utilidad; pues, todo y así, sirven de consuelo.

Una amiga (que espero esté leyendo esto) me contó hace mucho tiempo una historia que ilustra este contradictorio principio. Provenía de una película -no recuerdo el título (ni ella tampoco). Se trata de dos curas de pueblo, uno viejo y experimentado y otro joven y bisoño. Un hombre ha muerto, dejando desamparadas a su mujer e hija. El cura ducho le dice al otro: “Bueno, es hora de que empieces a cumplir tus obligaciones. Hemos de ir a consolar a la familia”. El novato asiente -mientras se pregunta por lo bajo si estará a la altura de las circunstancias.
He aquí que llegan a la casa de la viuda. “Muy bien” -dice el viejo; “yo iré con la madre y tú con la hija”. Y se separan. El joven se siente indefenso: allí está la hija, llorando sin descanso, deteniéndose sólo para preguntar “¿por qué tuvo Dios que llevárselo?” y exclamar “¡pero si era tan bueno!” Nuestro novato no sabe qué responder. Por si fuera poco, al desviar la mirada se topa con la madre y el viejo, que está hablando por los codos, con gestos enérgicos y a la vez tranquilizadores. Desorientado, el joven se limita a escuchar a la hija y a poner cara de circunstancias.
Finalmente, la visita termina y los dos sacerdotes echan a andar rumbo a la parroquia. “Bueno, ¿cómo te ha ido?” -pregunta el mayor. “Terriblemente mal” -replica el joven, y le describe la dantesca escena. “Pero en tanto que yo no sabía decir nada, tú te explayabas; debe ser que no sirvo para esto, que no sé qué decir para ofrecer consuelo”. El viejo sonríe profundamente y responde: “No, hijo mío, no me has entendido. Claro que sirves, y, a juzgar por lo de hoy, llegarás a ser muy bueno. Nosotros no estamos aquí para dar consuelo a nadie; nuestra tarea es demostrar palpablemente que no hay consuelo posible“.

Efectivamente, no hay consuelo -y ser consciente de esto es un inmenso alivio.

Y ¿por qué no lo hay? Porque el sufrimiento, el verdadero sufrimiento, es eterno -como la auténtica alegría. Y lo es no porque sea una experiencia sui generis, aparte de las demás; sino porque impide toda anticipación, toda expectativa -nos obliga a vivir el instante fugaz (cosa que evitamos a toda costa).

Tengo otro ejemplo, una historia que compartí con otra amiga (que también me gustaría que leyese esto). Psilocybe subcubensis, supongo; una pelea absurda, un mal viaje. “Estoy muerta”, repetía; “estoy muerta, muerta, muerta…” “¡No!” -gritaba yo tomándola de la mano: “si estuvieses muerta, ¿estaría yo contigo? Estoy aquí, a tu lado, ¡estoy aquí!” No sabía entonces que el uso tradicional de los alucinógenos (o “enteógenos”) era enfrentar al usuario con su propia muerte; mucho menos que la muerte y el renacimiento rituales son parte de múltiples tradiciones, no sólo la cristiana. Sólo sabía que la quería, y que, hiciese lo que hiciese, dijese lo que dijese, ella seguiría pensando que estaba muerta.

Porque lo estaba -como afirmaría Philip K. Dick y, tal vez, A. K. Coomaraswamy. Porque lo que importa es la experiencia -no disponemos de otra cosa; y sentirse muerto es estar muerto.

Hay otro detalle a destacar. No tenía miedo de morir -no decía “voy a morir”; estaba muerta, y debía, por ende, estar en el infierno. Lo peor había sucedido; era el suyo un dolor infinito, agotador, viscoso -pero no anticipatorio. Me parece que el dolor anticipatorio tiende a alimentar la autocompasión -pero esto es otra historia… Como he dicho, no había anticipación: sólo el ahora, el inexorable ahora.

Aquí concluye nuestro paseo: en el Tiempo y la Eternidad. ¡Una nadería! No sé si ha servido de consuelo -no creo que exista tal cosa. Mas de algo estoy seguro: que los niños que hacían corro en torno a la hoguera para oír al anciano de la tribu sentían más o menos lo mismo: la sed de arroparse en sus palabras -de limar las asperezas de un mundo de diamante.