Psicopatología, liderazgo y confianza: cómo mejorar un país en crisis

La respuesta equivocada: el “test para políticos”

Hace poco, una magazine virtual me ha preguntado si sería útil o necesario someter a los candidatos políticos a alguna suerte de psicodiagnóstico para habilitarlos a ejercer sus funciones. No es la primera vez que surge esta idea; hace un par de años, en Ecuador, Jaime Costales propuso incluirla en la nueva Constitución:

“Obligatoriedad de que todo candidato a elección popular, desde presidente de la república hasta presidente de junta parroquial, pasen satisfactoriamente pruebas de salud mental y de inteligencia, para seleccionar a ciudadanos de alta salud mental y cualidades brillantes para dirigir al país. Los profesionales encargados de la toma y evaluación de esas pruebas, provendrían de los sistemas de salud mental de la ONU, para garantizar su independencia”.

Una solución aparentemente fácil y viable a los graves problemas sociales y políticos de países como el Ecuador: “estamos mal porque nuestros líderes son malos (patológicos, poco inteligentes, incapaces); por tanto, seleccionemos líderes sanos e inteligentes y estaremos mejor”. Pero tras esta solución aparente se oculta un error grave y catastrófico: fijarse sólo en los árboles y no en el bosque, sólo en los individuos y no en el sistema del que forman parte. Es decir, confundir la psicología social con la psico(pato)logía del líder.

El “test para políticos”, discriminatorio y autoritario

Como respondí a la revista:

adolf-hitler-joke-4_681576c.jpgCreo que la posibilidad de pedir a los candidatos un psicodiagnóstico, y de usarlo para vetar sus candidaturas, es discriminatoria y por tanto debe ser rechazada enérgicamente. No veo justificación alguna para negar este derecho fundamental, el de ejercer una función pública, a nadie que no esté franca e indiscutiblemente impedido por razones de peso derivadas de su competencia y no de su personalidad. (Razones de peso, añado, que se evidencian en el mismo hecho de que estas personas no se presenten a ninguna candidatura).
Asimismo, sería extremadamente peligroso crear este poder “oculto” de prohibir a cualquier candidato la entrada a la tribuna política. ¿Quién tomaría estas decisiones? ¿En qué tribunal podrían apelarse, y de qué manera? De ahí en adelante, los diversos grupos de interés se pelearían violentamente por monopolizar este espacio, con consecuencias catastróficas para la sociedad. Y los psiquiatras o psicólogos encargados de esta tarea se convertirían en los verdaderos gobernantes, en el poder detrás del poder; un poder al que ningún ciudadano podría cuestionar o pedir cuentas. Una receta, en suma, que nos llevaría en poco tiempo al autoritarismo.

Para responder a qué tipo de patologías podrían influir negativamente al político en su toma de decisiones hay que ampliar nuestra perspectiva y entender cómo funciona una democracia. Es obvio que muchas patologías pueden afectar el buen juicio de un político. Si tiene un trastorno narcisista de la personalidad tenderá a ignorar las opiniones de sus críticos y a menospreciarlos. Si antisocial, tenderá a aprovechar el poder y torcer las leyes para su beneficio. Si paranoide, tenderá a sospechar de sus opositores, a vigilarlos e incluso amedrentarlos. Y así sucesivamente. Pero en una democracia eso no es tan importante, porque el poder está limitado desde un principio y repartido entre varios otros individuos.
A diferencia de los sistemas autocráticos, donde o se hace lo que ordena el gobernante o se sufren las consecuencias, las democracias, por frágiles y fallidas que sean, reparten el poder entre la mayor cantidad de ciudadanos. Por eso, en las democracias, el daño que puede hacer un gobernante malo siempre está limitado. En el peor de los casos, las elecciones periódicas nos aseguran que podemos librarnos hasta del gobernante más nefasto al final de su período y sin derramamiento de sangre.
Así, en vez de concentrar el poder y asegurarnos de que caiga sólo en “buenas” manos, debemos repartirlo y asegurarnos de que caiga en la mayor cantidad de manos posible. Algunas serán muy malas, otras muy buenas, la mayor parte regular; pero siempre podremos corregir nuestros errores a la larga. La solución no es “psicologizar” la política sino democratizar la sociedad; un camino que muchos países latinoamericanos apenas han empezado. Una solución más prolongada y compleja, pero también más justa, equitativa y saludable.

Parece claro que la política atrae a una desproporcionada cantidad de patologías, ante todo, trastornos narcisistas, antisociales e histriónicos. Esto se debe a que las personas con dichos trastornos gozan de habilidades muy ventajosas en la política: tomar decisiones sin escrúpulos y fríamente, movilizar emociones intensas en las multitudes, hacer gala de “fortaleza” (en realidad, de violencia y prepotencia)… Todo esto tiende a destacar al político por encima de sus colegas y a ponerlo rápidamente en la mirada pública. Es decir, aumenta su apoyo a corto plazo (aunque pueda minar su capacidad política a largo plazo: en la política, como en la vida misma, las ganancias fáciles y rápidas tienden a producir graves pérdidas a largo plazo).

Sin embargo, este político antisocial o narcisista sólo alcanza grandes cuotas de poder en un sistema social ya deteriorado o no bien consolidado, porque se nutre del caos, la crisis, el desorden y la desesperación de los votantes. De ahí que medre entre los desprotegidos, los excluidos y los descontentos, que no tienen nada que perder y sí mucho que ganar al apoyarlo; o bien en momentos históricos particularmente dolorosos y conflictivos de los países (la Alemania del 30, las repúblicas Ex-URSS tras la caída de la Cortina de Hierro…) Cuando el sistema económico y social ha logrado integrar a buena parte de los habitantes y mejorar sus condiciones de vida, estos líderes pierden apoyo automáticamente y son desplazados a los márgenes de la política.

En resumen, hay que ver más allá de la supuesta “patología” del líder para entender lo que ocurre, y también para mejorarlo.

Lo malo de las soluciones fáciles

Supongamos que se pone en práctica la “solución”. Todos los candidatos deben pasar por una batería de pruebas de personalidad e inteligencia, administrada y calificada por una delegación de la ONU (o la OMS, o cualquier otro organismo internacional). Además del aspecto discriminatorio ya mencionado (a fin de cuentas, ¿por qué prohibir el ejercicio político a una persona aquejada de un trastorno?), ¿no sería una violación de la soberanía? Pues el poder soberano del pueblo de elegir y pedir cuentas a sus líderes se vería menoscabado. ¿No deberíamos ser los ciudadanos quienes elijamos a los profesionales encargados de esta tarea? Pero ni siquiera elegimos a nuestros representantes en la ONU. Y si estuviéramos en desacuerdo con el fallo ¿a quién reclamar, y cómo? Por otro lado, ¿queremos poner el destino de nuestra política en manos de la Asamblea General de la ONU -o, peor aún, de su Consejo de Seguridad?

Como alternativa, podríamos crear un organismo nacional para esta tarea. Sería bastión de un poder envidiable: vetar una candidatura sobre bases (pseudo)científicas. ¿Cómo evitar que se politizara? En cualquiera de los dos casos terminaríamos mucho peor de lo que ya estamos.

El problema no es el líder sino la sociedad hobbesiana: oxitocina y confianza

Este es un buen ejemplo del error fundamental de muchas propuestas bienintencionadas pero catastróficas: creer que la culpa es de “los malos gobiernos”, los líderes ambiciosos, inescrupulosos, corruptos, violentos, que se aprovechan de la gente ingenua e ignorante, y que el camino al desarrollo y la equidad pasa por “elegir a las personas correctas”.

Nada más lejos de la verdad. Desde luego, el que un país elija democráticamente a un líder autoritario y sediento de poder, y el que continúe apoyándolo, es preocupante; pero no por el líder en sí mismo sino porque revela las terribles carencias de un pueblo desencantado, maltratado, empobrecido y dispuesto a llegar a las últimas consecuencias. Es un síntoma de un mal que lo trasciende y del cual él es parte interesada. Pero así como no hay que atacar al síntoma sino al trastorno, no hay que culpar (sólo) al líder sino entender la sociedad que lo ha entronizado. Porque, como sostengo en otra parte, esa sociedad tiene muy buenas razones para optar por él: las alternativas son aún peores. Y cuando se elige el mal menor se paga un precio temible.

¿Por qué puede una sociedad decantarse por este tipo de líder? Porque está inmersa en la precariedad y el miedo; y cuando la gente teme se aferra a lo que posee y lucha con denuedo y hasta la muerte contra lo que cree que le amenaza. (En síntesis: si quieres reinar para siempre mantén al pueblo dividido y en la miseria).

04021202.gifA nivel individual, el temor inhibe la secreción de oxitocina, la hormona asociada con las relaciones de apego y las situaciones en que podemos fiarnos de los otros. En ausencia de oxitocina, las personas tendemos a experimentar las interacciones como amenazantes, lo que configura una respuesta tendiente a evitar el riesgo inmediato más que a promover la ganancia a mediano plazo. O bien nos invalidamos y sentimos indefensos, o bien nos ponemos a la defensiva; lo primero facilita que nuestro interlocutor se aproveche de nosotros, lo segundo induce idéntica actitud en nuesto interlocutor y propicia una relación fundada en la mutua suspicacia y el “ganar-perder”. Ambos desenlaces confirman la suspicacia. Millones de interacciones de esta naturaleza, día tras día, engendran una sociedad fragmentada compuesta de grupos mafiosos que luchan entre sí por el acceso a los recursos e imposibilitan la implantación de una democracia viable: no son capaces de negociar acuerdos vinculantes, no respetan la ley y recurren a la violencia o la represión para mantener un orden plagado de terror, envidia y competencia desleal. (He desarrollado algunos de estos temas aquí, aquí y aquí).

conf1He llamado a este fenómeno “sociedad hobbesiana“; y demostrado, gracias a la Investigación Confianza, que el Ecuador es una sociedad extremadamente hobbesiana. El 90% de los entrevistados en la Investigación afirmaron que “si uno no es cuidadoso la gente se aprovecha de uno”; 86% que “siempre debo estar atento por si me acecha algún peligro”;  67% que “aunque no ns guste admitirlo, a veces es necesario hacer trampa”. (Más datos, aquí, aquí, aquí y aquí). Como sostengo aquí:

El ecuatoriano, en cambio, parece creer que si él gana los otros pierden; que cualquier ganancia de otro es a costa de su pérdida. No es tanto que “no sea solidario” (como suele argüirse superficialmente), que “piense primero en él”. ¡Eso está muy bien! El problema es que asume que pensar en él implica pensar en contra de los demás. O, como lo expresa un proverbio popular, “la vida es una lucha que nunca se acaba”.

El miedo, el resentimiento, el odio y la venganza son motivadores muy poderosos -a corto plazo; pero erosionan la base del tejido social, que es la confianza. Las sociedades precarias, en las que reinan la pobreza, la inequidad y la injusticia, son el caldo de cultivo perfecto para los autoritarismos, los populismos, las dictaduras, la represión y las promesas revolucionarias.

La solución: reducir la precariedad y fortalecer las instituciones

Para salir de este círculo vicioso, los países deben dar dos pasos indispensables y simultáneos. El primero: reducir la pobreza y la inequidad y aumentar el acceso a la salud y la educación. El segundo: fortalecer las instituciones democráticas, la igualdad ante la ley y la rendición de cuentas.

El primer paso permite sacar a la población de la miseria que les induce a vivir inmersos en la “psicología de la precariedad”, en la tiranía de lo urgente y el temor del mañana; es decir, en la sociedad hobbesiana. La investigación en valores y desarrollo (llevada a cabo por Ronald Inglehart y la World Values Survey) indica que los cambios socio-económicos van acompañados, unos años después, de cambios de valores: las sociedades dejan atrás el colectivismo y se vuelven más tolerantes, emprendedoras y democráticas.

No es cosa de uno o dos años ni de un solo gobierno; se requieren alrededor de 20 años de desarrollo sostenido para alcanzar un cambio de valores; es decir, se necesita una generación nueva nacida fuera de la precariedad -cuya experiencia inicial del mundo, por ende, no haya sido amenazante sino segura.

A diferencia de lo que se pensaba hasta hace poco, no es la democracia lo que genera riqueza sino la riqueza (equitativamente repartida) lo que genera democracia. Los autoritarismos sobreviven únicamente en la miseria y el terror; cuando la gente deja de vivir en el miedo también deja de apoyar a los líderes autoritarios. A su vez, la democracia de por sí no conduce a mejores niveles de vida (como lo demuestra la historia reciente de muchos países latinoamericanos); y los regímenes no democráticos pueden mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos a la larga (como lo demuestra Hans Rosling).

Es ahí donde entra el segundo paso. Si los gobernantes han mejorado las condiciones de la población pero no la institucionalidad y el imperio de la ley (lo que ocurre, por ejemplo, en los sistemas no democráticos), el país entra en convulsión: se produce un conflicto entre los valores de los ciudadanos más jóvenes, individualistas y competentes y el autoritarismo de los gobernantes, aún atrapados en los antiguos valores de la suspicacia, la confrontación y la represión. El conflicto puede degenerar en lucha armada y cobrar infinidad de víctimas si los líderes se niegan a ceder el poder y someterse a rendición de cuentas; o en una “guerra fría” donde los ciudadanos son acallados a la fuerza hasta el siguiente estallido. En cualquiera de los dos casos, el conflicto puede aniquilar los avances conseguidos mediante el régimen autoritario al propiciar una nueva “revolución” de opuesta idología pero idéntica práctica que aplace durante una o dos décadas más la democratización y la negociación en la arena política entre los grupos de poder e intereses y la sociedad civil.

iran+students+protests+in+teheran+dec+7+2008.jpgLas dos grandes sociedades autoritarias contemporáneas, China e Irán, están atravesando los inicios de este conflicto; aquella en las cada vez más frecuentes manifestaciones contra los atropellos de los funcionarios y éste en el rechazo de los ciudadanos a un referéndum casi seguramente amañado. No es que la gente “ya no tenga miedo”; lo tiene, y mucho. Es que cuando uno se siente indefenso el miedo es todopoderoso; pero cuando se tienen más recursos económicos, morales y sociales, el miedo cede al valor, la esperanza y el sacrificio.

Desgraciadamente, Irán ha optado por la represión mientras que China, a lo que parece (es difícil juzgar hasta qué punto o si se debe a una estrategia más que al azar), va cediendo el control con suma lentitud. Este es el precio a pagar por los autoritarios: como siempre, las soluciones a corto plazo equivalen a pérdidas a largo plazo.

Un precio que la mayoría de ciudadanos no ve a causa de la tiranía de la urgencia y la desesperación de salir de la precariedad. Un precio que, felizmente, puede evitarse si se trabaja en fortalecer la confianza.

14 thoughts on “Psicopatología, liderazgo y confianza: cómo mejorar un país en crisis

  1. GINA BERAHA says:

    OJALA AQUI EXISTIERAN ASESORES NUMERO UNO ,Y LEYES QUE ERRADIQUEN LA TIRANIA NO SOLO DE LOS ECUATORIANOS CONTRA LOS ECUATORIANOS ..SI NO DE
    LOS CIUDADANOS QUE VIENEN DE OTROS PAISES Y CREEN QUE AQUI AUN NO SE HA ABOLIDO LA ESCLAVITUD

  2. Andrea Avilés says:

    La situación expuesta es realmente preocupante, el año pasado un grupo de egresados de la Universidad Técnica Particular de Loja, modalidades presencial y a distancia tuvimos como Tesis, las Comunidades de aprendizaje, y dentro de ello debíamos medir el Capital Social existente en nuestros medios, utilizamos para ello pruebas estandarizadas por expertos del Banco Mundial y otros.
    Dentro de estas pruebas, se medía la confianza en sistemas micro y macro.
    Los resultados fueron abrumadores, y claro, la recolección de información fue decepcionantemente cruda, tanto por la dificultad de que los vecinos acepten la entrevista, como la percepción social de quienes accedieron a la encuesta.
    La Universidad recolectó toda la información y la cotejó en una gran base estadística, pienso que debe ser información abierta para quien le interese.
    Hay tanto por hacer y tanto por cambiar, justamente, no solo por los gobiernos, sino por cada persona, desde su lugar en la sociedad, que apasiona y a la vez uno siente que es luchar contra un gigante, pues la desesperanza y con ello el desinterés está en la mente y en el corazón de toda la sociedad.

  3. Hola
    Sí, es una situación terrible. Me alegra saber que otras personas están investigando en la misma línea y coincido en que los resultados deberían darse a conocer. Así empezaremos a interesarnos por lo que realmente puede generar cambios, no por la mera apariencia. Y me parece que estas cosas son indicadores de que estamos empezando a hacerlo.
    Un salido,

  4. Lauren says:

    Entiendo la posición en cuanto a no usar SOLAMENTE un diagnostico psicológico para vetar o aprobar la participación ciudadana en la política pública, pero como parte de una batería de referencias personales no me parece incorrecto.

    Mencionaste que el poder radica en manos de personas brillantes, regulares y malas; a mi parecer, el usar herramientas, sean de índole psicológica, cognitiva, referencias previas y actuales sobre la experiencia y sus habiliades, permite “filtrar” mejor a los regulares y malos, tratando de generar poderes distibuidos en mejores manos. Comprendo la posición en la que si tenemos a un psicologo categorizando y calificando a los futuros politicos, el poder radicará sobre ellos, ¿pero no ocurre eso ya? Y, ¿con instancias que filtran de peor manera a nuestros gobernantes? Pasar de manos de los decisores actuales a psicologos, o sociologos, o doctores, o clarividentes no generará ningun cambio. Desde un inicio, antes de pensar siquiera en repartir el poder final, deberíamos pensar en repartir el poder de quienes escogen a los “poderosos”. Si hablamos de una democracia lo escoge el pueblo, sí, dado por sentado. Pero para poder entrar a la terna de participantes pasan una serie de requsitos, ¿Quiénes establecen y aseguran el cumplimiento de los mismos? (porque aunque debería ser el pueblo, no lo es!) ¿Realmente crees que el pueblo tiene el poder? ¿REALMENTE crees que tenemos la capacidad de influir sobre estas decisiones? Yo apostaría a una respuesta negativa, con vistas a mejores futuros, ojalá…

    Además, el asegurar que no estarán eternamente en el poder, en estas democracias que vivimos, no significa mucho. Su paso “temporal” por estas cúpulas políticas puede generar tanto daño en un corto, como en un largo plazo -y hemos vivido dichas experiencias, en una democracia establecida-.

    Creo que deberíamos prevenir el que seres como los actuales, y los que seguramente vendrán, lleguen a tener tanto poder concentrado; la idea de distribución de poder sigue siendo solamente una idea…

  5. Loren!

    Pones varios temas interesantes sobre el tapete. Tocaré uno solo, que es fundamental: en efecto, hay que pensar en los mecanismos de (re)distribución del poder.

    Curiosamente, todo el mundo entiende por qué es sano y necesario redistribuir la riqueza (la discusión es sobre el método, si directamente vía impuestos, Estado benefactor y etc., o indirectamente vía mercado, competencia y “goteo”). Pero casi nadie se percata de que es igual, o más importante, redistribuir el poder; quizá porque parten de una visión estática, no dinámica, de la riqueza.

    Lo que quiero decir es que la gente ve la riqueza como algo ya dado y preexistente: como si se derivara únicamente de la explotación (o “transformación”) de recursos naturales que no pueden aumentar, sólo disminuir. Algo hay de eso, sin duda; pero la riqueza nace de la creatividad en aprovechar cada vez mejor esos mismos recursos; o sea, de la invención, del saber. Esta es la visión de Schumpeter; y también la de Darwin, al menos en las ocasiones en que no era un paretiano convencido… En cambio, no es la de Pareto y demás agoreros del desastre poblacional.

    Por consiguiente, el quid está no en redistribuir una torta ya cocinada sino en permitir que todos cocinemos nuestra parte de la torta; en crear más cocineros, no sólo más repartidores. (Me inclino a pensar que para eso hace falta un gobierno que asegure las condiciones básicas; pero sé muy poco como para afirmarlo). El quid está en repartir el poder, porque el poder consiste, en buena medida, en la capacidad de organizar la creación de la riqueza.

    Conste que no abogo por un neoliberalismo depredador estilo McDonald’s; usando la misma metáfora darwinista, los McDonald’s del mundo son extremadamente poco creativos -no contribuyen en casi nada al acervo de saberes de la humanidad. Al contrario, se basan justamente en la repetición incansable de la misma fórmula hasta agotar stock: la “cadena de producción” fordista. Eso, depender de un solo conjunto muy restringido de estrategias de fácil aplicación, caracteriza a las especies más virulentas, glotonas y feas del mundo: moscas, cucarachas, ratas…

    Desde luego que tenemos la capacidad de influir sobre nuestros países; no otra cosa es el apoyo multitudinario a Correa, que empieza a mutar hacia quién sabe qué. Pero los países no se cambian (sólo) saliendo a marchas o defenestrando presidentes, sino aplicándose a descubrir maneras nuevas de hacer las cosas; o sea, con ideas inéditas y experimentos audaces. Para lo cual se necesita un “capital intelectual” mínimo: educación, salud, etc… Ya ves por dónde voy.

    Contra lo que sugieres, asegurarse de que los poderosos no duren de por vida es imprescindible. Porque vamos a ver: los que gobernaban para siempre ¡eran los reyes! Mejor dejémonos de medias tintas y regresemos al feudalismo; si total, vamos a tener Presidentes vitalicios, ¡coronémoslos!

    Ya en serio, hay una diferencia fundamental. Donde existe un sistema más o menos estable de transición regulada de poderes, la gente puede dedicarse a construir para el futuro; podemos organizarnos para optar eventualmente a formar parte de ese poder y poner en práctica nuestras propuestas, porque sabemos que tendremos una oportunidad de concursar. Así, a la larga, la sociedad puede aprender de sus errores y corregirse a sí misma. Puede decidir no hacerlo; esto no asegura nada. Pero es conditio sine qua non.

    Porque donde no hay tal, donde la única forma de cambiar de mando es con sangre, tortura, masacre, genocidio, represión, el futuro deja de existir instantáneamente; y con él, la riqueza merma y se destruye. Los sistemas represivos son incapaces de corregirse a sí mismos; si lo logran es luego de un costo ingente en vidas desperdiciadas y fosas comunes.

    Fíjate en el destino de los países que dependen de un solo gran recurso natural: son exprimidos por las potencias hasta la última gota. Esos preciosos recursos, como el petróleo, deben aprovecharse para construir una sociedad fuerte, no un gobierno fuerte; para tejer más capital social y humano, no crear más funcionarios. Esos países son generalmente comandados por mafias disfrazada de gobierno que se suceden unas a otras en sangrienta competencia. ¡Mejor ser un país pobre sin nada que atraiga a las aves de rapiña! Porque ahí te toca ingeniártelas.

    Con todo y todo, me parece que hay esperanza. Mas aún: es en los momentos más lóbregos cuando más poderosa es la esperanza.
    Salud,

  6. A propósito, el gabinete elegido por el gobierno de Ahmadinejad confirma que Irán ha tomado el camino represivo: el ministro de Defensa es buscado por Argentina por su participación en el bombardeo de un centro judío en Buenos Aires.

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