El mal que no quiero

Ayer estuve a punto de contradecirme; a punto de hacer el mal aposta. ¿Cuántas veces puedes meter la pata en diez minutos? No lo sé –mas ¡seguro que ayer batí mi propio récord! Para terminar sintiéndome culpable -sólo lo justo, pero culpable al fin y al cabo. He aquí, por ende, una suerte de disculpa.

Tal vez fuera una urgencia como esta -la maldita manía de ir contra el propio buen juicio- lo que movió a San Pablo a exclamar que

Pero ahora no soy yo el que obra, sino el pecado que habita en mí… Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero: eso es lo que hago. Y si lo que no quiero yo, eso es lo que hago, ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí. (Epístola a los Romanos, 7:17)

Una explicación inquietante –una espada de doble filo; pues si no soy yo quien peca, sino “el mal que hay en mí”, ¿por qué sentirme culpable? ¿Para qué cambiar?

Aunque, pensándolo bien, lo contrario sería igual de problemático. Si yo soy, a la vez, la fuente de mi degeneración y el vehículo de mi salvación, ¿cómo puedo regenerarme? ¿Cómo puede nadie cambiarse a sí mismo?

Los grandes maestros Zen han tocado este punto al indagar la fuente de la iluminación: ¿es el “poder de Otro” o el “poder del Yo”?

En fin. Acaso no tenga que darle tantas vueltas. Acaso no haya intentado “hacer el mal” aposta. Acaso no era el mal en sí lo que buscaba; acaso mi metedura de pata era un intento desmañado de alcanzar algún oscuro propósito –o, peor aún, de aprehenderlo, de sacarlo de su escondite. Acaso nuestro buen juicio es, asimismo, la válvula que se asegura de que sigamos siendo como somos. Y acaso haya que enfrentársele para cambiar -y ser como se quiere ser.

Pero ¿quién puede saber lo que realmente desea?

Qué puedo hacer, no lo sé; mis deseos son dobles.
Safo

Silogismo búdico

En búsqueda del toro...

Una forma extremadamente simplista de resumir la doctrina del Buda (el budismo primitivo o Theravada) sería el siguiente aforismo: “El sufrimiento es universal; pero siempre es un yo el que sufre; por consiguiente, acabando con el yo cesa el sufrimiento”.

Con esta convicción se inició un experimento que continúa hasta hoy, uno de los más fructíferos, audaces y portentosos de la historia humana: el de “matar al yo”.

Ahora bien: el del Buda es casi un silogismo, y como tal, inatacable. El problema verdadero surge en cuanto se intenta poner en práctica su consejo, porque ¿quién ha de “matar al yo”?

Diversas soluciones han surgido a lo largo del tiempo; el mismo Buda parece haber propuesto una suerte de recurso, los “tres Refugios”: la Doctrina, la Comunidad de monjes y la figura del propio Buda (no necesariamente sagrada: sobre esto no hay acuerdo…)
Por desgracia, en muchas ocasiones estos Refugios han devenido un reducto de sucesión apostólica –cosa que el Tathagata, El-que-así-ha-venido (como se hacía llamar), seguramente hubiera desaprobado.

Muchos otros aventureros han hecho el mismo descubrimiento de manera independiente. El mismo, o casi el mismo –y en el “casi” está el quid. Por ejemplo, podríamos ver en el “noble salvaje” de Rousseau al monje mendicante budista, que se retira del mundo para encontrar su verdadera esencia salvífica; o dejarnos engañar por Schopenhauer y esmerarnos en reprimir nuestros deseos y coartar nuestra voluntad –cayendo así bajo el imperio de otros deseos y otras voluntades, no menos egoístas.

Podríamos también seguir el razonamiento de Hume y escudriñar nuestro interior en pos del “yo”, del “observador invisible” que somos o creemos ser –del supuesto autor de nuestros pensamientos…

En el Dhammapada o “declaración de principios”, una colección de dichos atribuida al Buda, se encuentra esta magnífica metáfora:

Te han visto, constructor de la casa: no reconstruirás.

El “constructor” es el deseo o ansia de seguir viviendo; alternativamente, el “yo” que construye una ilusoria trama renaciendo día tras día. Estos son los versos que pronunció el Buda en el momento de la iluminación: habiendo descubierto la trampa del constructor de su “casa”, se deshizo de él –y de la cadena de nacimientos y muertes, del inexorable sufrimiento.

Mas ¿quién había visto al constructor?

Mas el toro no existía...

Persiste en tu locura, Le Mat

No se puede aprender de oídas; nada puede vivirse de tercera mano; es imposible enviar un beso con un mensajero.

Ocasionalmente nos acosa la pretensión de saber más de lo que sabemos –o, mejor dicho, de querer saber más de lo que sabemos que, en realidad, sabemos. Desgarrados entre contrapuestos compromisos, nos tomamos de los pies y damos una voltereta tratando de saltar sobre nuestras cabezas –de superar nuestras limitaciones a la fuerza.
Pero no se puede aprender de oídas; conque sólo conseguimos resaltar la desnudez de nuestros afanes –como lo hace El Loco, el arcano más enigmático del Tarot.

Le Mat
Así nuestros intentos de crecer a voluntad, o demostrar cuánto hemos crecido, se estrellan con la inexorable Realidad –y dan al traste con nuestras torpes defensas: nos convertimos en bufones, grotescos danzantes en el lago de los cisnes.
Lo cual no tenía por qué ser malo –para un chino clásico. Pues uno de los ideales de la compleja cultura china era el bufón: el vagabundo travieso y malandrín, el loco ignorante y juguetón. Tanto, que se transformó en uno de los avatares del Buda, Pu-Tai (en chino) o Hotei (en japonés):

Hotei
Pu-Tai

Así se señalaba el hecho de que también el loco podía llegar a ser sabio; o que, a lo mejor, era ya más sabio que los encumbrados, iluminados y venerados sacerdotes –cuya parafernalia no hacía otra cosa que encubrir la desnudez que todos, y no sólo el Loco, padecemos.

A Hotei se atribuye este sencillo poema (que traduzco del inglés):

En un cuenco como
Del arroz de mil familias.
Sin compañía recorro
Diez veces mil millas.
Los que aprecio son muy pocos;
Yo busco la verdad entre las nubes níveas.

Bien sabía él que nadie podía tomar su lugar en pos de la Verdad; que no se puede vivir a través de un tercero -aunque sea el Maestro, o tu propia y equilibrada Razón. Y prefirió vestirse de harapos y comer arroz prestado a dejarse servir en un monasterio -arrojarse a la duda en vez de arroparse en la certeza. Prefirió ser el Loco a ser el Emperador.

Imperator
¡Seguro que éste enviaría sus besos por carta! De este modo se ahorraría la posibilidad del rechazo -y el dolor y el desengaño concomitantes; como su homólogo del cuento, se negaría en redondo a contemplar su desnudez.
Con lo cual se volvería el peor tipo de loco: el que se cree tan cuerdo que se dedica a dirigir su propia locura -y a evitar el precipicio. Éste ya casi no tiene remedio.

Yo, en su lugar, tendría otro miedo. Adelante, que rechacen mis besos -pero ¡por Dios! ¡Que no se los den al mensajero!
Es imposible enviar besos a través de un mensajero -porque el mensajero termina siendo el mensaje.

Con lo que volvemos a empezar. Ocasionalmente nos sentimos tan desamparados que tenemos que hacer el Loco: aprender de oídas, enviar besos, vivir vicariamente. Nunca funciona -siempre fallamos; de hecho, casi siempre hemos anticipado el fracaso.

Sólo nos queda lanzarnos y enloquecer a conciencia; y desear con frenesí la bocanada de aire después del chapuzón.
Que con seguridad encontraremos -si cedemos lo bastante; pues el loco que persista en su locura se convertirá en sabio.

Lo que queda cuando te despojas de tu vieja piel

El pez y la cola

Hay cosas que no se pueden entender a menos que, de algún modo, se comprendan de antemano.

Piensa en esta pregunta:

¿Cuál es mi verdadero valor?

Si no conoces la respuesta de entrada, no puedes responder. Y si lo sabes, o mejor dicho si no dudas de tu valor, la pregunta ni siquiera se plantea.

Porque ¿cómo responderla?

Sería maravilloso que los curas de parroquia tuvieran razón; que un caballero canoso, avejentado, sabio y desapasionado te esperara al final del camino para soltarte sin rodeos: “tu valor, hijo mío, es de siete en una escala de uno a diez. Aquí se entra sólo a partir del ocho, conque…”

Ah…

No. Pensándolo bien, sería espeluznante.

Tanto como vivir pendiente de la respuesta; como tomarte casi cada cosa como una prueba, un test; como desgañitarte en vano por alcanzar un ideal imposible.

Y ya puestos, ¿cómo medir el valor? ¿Cuál sería el criterio adecuado? Valor ¿en relación con qué?

Cada uno desarrolla su propio e idiosincrático índice. La popularidad, por ejemplo; o sus variantes, el atractivo físico, intelectual o emocional. La inteligencia, la honestidad, la dedicación, la lealtad -todas las virtudes cardinales, y también todas las demás, pueden convertirse en baremos de la valía.

Con lo cual se pervierten intrínsecamente; porque ya no las practicas per se, sino de cara a un fin ulterior. Ya no ayudas a la ancianita a cruzar la calle porque te compadezcas de su dolor, sino porque “es tu buena obra del día”; y porque cuando te habitúes a hacer un bien cada 24 horas serás “una mejor persona”, más acorde con tu ideal, menos frágil, inestable, patética o perversa.

Llegados a este punto, la ancianita es la última de tus preocupaciones; no te interesa en lo más mínimo -salvo en la medida en que te permite ejercer tu bondad.

De este modo, la virtud más acendrada deviene un pecado; y siempre el mismo, orgullo. El agua se empoza y emponzoña; el mayor de los santos es el pecador más abyecto. El fanático te mata para salvar tu alma -guarecido bajo su inexorable convicción.

Lo que nos devuelve al principio: las cosas que, si no conoces de antemano, no puedes comprender.

El pez que se muerde la cola: un venerable símbolo metafísico.

Ouroboros

El único requisito para leer el I Ching

Así es. Independientemente de la familiaridad con la cultura china (que, indudablemente, ayuda), con su idioma (que ya sería un lujo) y con su complejísima lógica (toda una proeza), para leer e interpretar el I Ching es menester seguir una sola regla fundamental:

Hace falta ser honesto.


Sólo el más sublimemente veraz es capaz de comprender esta ley; apoyado en esa revelación es capaz de entender los símbolos y en seguida puede deslindar sus significados a partir de pequeñas manifestaciones.
(En El significado del I Ching, Hellmut Wilhelm)

Por cierto: la “sinceridad” era considerada una virtud cardinal por una reducida escuela de neoconfucianos de la dinastía Ming; un poder trascendental del que se derivaban prácticamente todos los demás. La referencia exacta se me escapa… aunque recuerdo vagamente el libro en cuestión.

“Vaya, ¡qué fácil!” -podrías pensar; “¡sólo es cuestión de ser sincero!” No es tan sencillo; por el contrario, puede que sea la más dura de las pruebas. Siempre hay al menos una persona con la que uno no es franco: uno mismo.

De hecho, pienso que el mayor valor del oráculo es que se niega a halagarte, a “dorar la píldora”, a contar una mentira blanca o grisácea. Tal y como lo hacen los buenos amigos.

No se trata de ser despiadado, cruel o brusco; sólo de ser honesto, de ver las cosas de frente, cara a cara -de contemplar el mayor tiempo posible la deslumbrante verdad.

(Porque, dicho sea de paso, la verdad existe. Ya sé que sostener esto me meterá en gordos enigmas metafísicos, pero qué le vamos a hacer… ¡Es lo que creo!)

I Ching