La Dama que llevó el Alma

Los profanos jamás conocieron el verdadero final de la historia.
Más de un siglo después de la boda con el señor Ya-no-cano, Helen agonizaba feliz, pues su amado navegante estaba con ella. Helen creía que si habían podido vencer el espacio también podrían vencer la muerte.
La mente de Helen, afectuosa, dichosa, agotada, moribunda, se nubló durante un segundo y volvió sobre el tema del que habían hablado durante décadas.
-Tú viniste a El Alma -insistió-. Me acompañaste cuando yo estaba confundida y no sabía manejar el arma.
Si fui entonces, mi amor, iré de nuevo, dondequiera que estés. Tú eres todo lo que tengo, mi verdadero amor. Tú eres la Dama más valiente, el navegante más osado. Eres mía. Navegaste por mí. Eres mi dama, la Dama que llevó el Alma.
La voz se le quebró, pero el rostro del señor Ya-no-cano no perdió la calma. Nunca había visto a una persona que muriera tan confiada y feliz.

Cordwainer Smith, The Lady who Sailed the Soul

Epifanía a la inversa

Recuerdo haber leído en alguna parte que muchos de los filósofos más importantes han pasado por una especie de “revelación”, bien en la infancia, bien al final de la adolescencia; y que su trabajo filosófico ulterior ha sido invariablemente un intento de descifrar y aquilatar tal experiencia.

Ernst Mach

Sé de cierto que así le ocurrió a Ernst Mach, campeón del positivismo fenomenalista decimonónico (cuyas ideas tuvieron gran influencia en James y en el Círculo de Viena):

Lo superfluo del papel desempeñado por “las cosas en sí mismas” cayó sobre mí de forma repentina. En un día soleado, al aire libre, el mundo se me apareció como formando una masa coherente de sensaciones, sólo más intensamente coherentes en mi ego.
(Citado por D. Oldroyd, El Arco del Conocimiento).

Albert Einstein

También sé que el germen de la teoría de la relatividad fue una pregunta que se hizo Einstein cuando adolescente -una pregunta tan pasmosa que le inquietaría durante años: “Si pudiese ir tan rápido como la luz y me pegase a la cola de un rayo luminoso, ¿qué vería?”

If I pursue a beam of light with the velocity c, I should observe such a beam as a spatially oscillatory electromagnetic field at rest. However, there seems to be no such thing, whether of the basis of experience or according to Maxwell’s equations. From the very beginning it appeared to me intuitively clear that, judged from the standpoint of such an observer, everything would have to happen according to the same laws as for an observer who, relative to the earth, was at rest.
(Citado por M. Polanyi, Personal Knowledge).

El Buddha

Y sé, por último, que la búsqueda del Buddha del nirvana nació de una devastadora conclusión alcanzada en plena juventud: la inevitabilidad del sufrimiento.

La epifanía de Philip Dick

Lo que no sabía era que Philip K. Dick (del que ya hemos hablado) sufrió, ya entrado en años, una suerte de “epifanía a la inversa”, terrorífica y macabra; y que dedicó el resto de su vida a desentrañarla.

Fracasó miserablemente -aunque las páginas en las que consignó su fracaso sean de un interés innegable, no meramente anecdótico: la Cábala, la Gnosis, la pseudociencia y la reflexión se funden en un intento frenético de comprender el acontecimiento. El resultado es una metafísica retorcida y extravagante –bella, a su modo.

Muchos piensan que esta epifanía fue en realidad el primer síntoma de la psicosis de Dick; de hecho, él mismo lo creía así, la mitad del tiempo.

Pero sólo la mitad –a Dios gracias.

Más allá del velo, la Música de las Esferas

Por cierto: el relato de la epifanía se encuentra en este libro.
Mas he dado con una última e inestimable joya: el mismo relato, en forma de cómic, dibujado por Robert Crumb. ¿Quién mejor que él para plasmar una verdad tan orate?

Lo recomiendo intensamente: es una lectura fascinante en grado sumo.

Acaso, también, peligrosa.

Addendum
Toda epifanía tiene su Buena Nueva. Hela aquí: en este lugar se encuentran, en formato digital, en castellano, gratis, al alcance de todos, la mayoría de cuentos y novelas de Philip K. Dick. ¿Qué más se puede pedir?

Pleamares de la vida

W. Shakespeare

There is a tide in the affairs of men, which, taken at the flood, leads on to fortune.

Shakespeare, Julius Caesar

A diferencia de lo que se suele creer, el I Ching no es, en rigor, un oráculo; no sirve para “predecir el futuro” (aunque pueda acertar asiduamente) ni para “leer la mente del otro” (aunque arroje alguna luz sobre ella). Sirve, básicamente, para plasmar la situación en la que se está inmerso; o, mejor dicho, su tiempo.

Porque para interpretar el I Ching hace falta un concepto imprescindible, el de tiempo; como cuando decimos “es tiempo de siembra” o “es tiempo de irse”. De hecho, parece que era éste el significado original del término chino para “tiempo”, shi: como en “las estaciones no se equivocan” (Comentario al Hexagrama 16).

Nada hay más cambiante que las estaciones, y sin embargo, nada más permanente. Del mismo modo, los asuntos de los seres humanos siguen una corriente alternante y repetitiva contra la que no cabe luchar. Es menester descubrir la forma de comprenderla y aprovechar su ímpetu: aprender a abandonarse a ella, sin reparos ni segundas intenciones.

El libro, si hace algo, es señalarte el tiempo de la situación que te preocupa: el apogeo o caída de “lo Luminoso”, la sucesión continua y deslumbrante del yin y el yang, el favor o la desgracia que acechan al “Hombre Superior”; en suma, las pleamares de la vida.

Y los comentarios que incluyen la frase “grande es, en verdad, el tiempo” transmiten la suprema necesidad de dar con el momento justo para obrar –lo que en la tradición griega se llamaba kairos.

Ya que, por otro lado, siempre es preferible no actuar a tratar en vano de remontar el río de la vida; lo cual no tiene nada que ver con el Destino, la Fortuna o Dios: sólo con el tiempo.

Me temo, sin embargo, que no sea éste el mejor consejo para los oídos de hoy -frenéticos, monotemáticos, insaciables; ni para nuestras cabezas, que confunden la terquedad con la fortaleza, la rigidez con el valor, la brutalidad con el poder.

¿Querrá esto decir que no es su tiempo?

Un caballero, con su abrigo, intenta

Hoy, nada. Hoy, sólo un poema, dulce y delicioso, acerca de ella:

La Parca

Piazza Piece

I am a gentleman in a dustcoat trying
To make you hear. Your ears are soft and small
And listen to an old man not at all,
They want the young men’s whispering and sighing.
But see the roses on your trellis dying
And hear the spectral singing of the moon;
For I must have my lovely lady soon,
I am a gentleman in a dustcoat trying.

I am a lady young in beauty waiting
Until my truelove comes, and then we kiss.
But what gray man among the vines is this
Whose words are dry and faint as in a dream?
Back from my trellis, Sir, before I scream!
I am a lady young in beauty waiting.

John Crowe Ransom

Donde cae el rayo

Es tan triste descubrir que alguien a quien amas es patético e infantil, egoísta y necio. Triste, porque entonces ¿cómo es que lo amabas en primer lugar?

Porque no veías lo que era sino lo que podías ver: veías “a través de un cristal oscuro” color esmeralda, de tu propia creación.

O de la creación de alguien.

Como Keats, para quien la “bella y elegante, graciosa, tonta, ajustada a la moda y extraña… MINX”, Fanny Brawne, representaba la más excelsa belleza, el amor, la pasión y la admiración.

Es duro ser la Musa

El caso es que un buen día se te caen las escamas de los ojos y contemplas por primera vez la abyección de tu objeto de afecto. Cambias, sin duda alguna; pues has atravesado una anagnórisis, una “escena de reconocimiento”: ahora sabes quién es -y quién eres , en realidad.

Y te sientes vacío. Vacío -y en paz.

Naturalmente, no depositamos nuestro amor donde queremos sino donde cae el rayo.

Pero ¡por cuán poco se vende mi Musa!

Yo también fui una abeja:
y bebía tu sangre del tomillo y la rosa.
Yo también fui serpiente:
me enroscaba en tu cuello mordisqueando tus labios.
Fui un lobo más tarde:
perseguía tu sombra que vadeaba la luna.
Pero hoy, soy humano:
ahora hablo, y te lloro
cuando cae la noche.

Andariego

Todos somos árboles

Hoy me he sentido vacío. No sólo eso: he sentido como si mi estómago se consumiera a sí mismo, como si hubiese de alimentarme de mí hasta implosionar.

Vacío. Es curioso: habitualmente abundo en descripciones más o menos acertadas de mis propios estados; descripciones y teorías.

Hoy, no hubo teorías, ni descripciones: sólo una palabra, vacío.

Y una imagen: yo era un árbol, quizá un sauce, no lo sé. Todos somos árboles; y estamos compuestos de capas que se amontonan en torno a un núcleo hueco. La vida va carcomiendo esas capas -lenta, inexorable, maligna- hasta desvelar el hueco –que se funde así con el universo.

El caso es que nos carcome desde dentro.