¿Ser el tonto (no necesariamente la víctima)

o ser el villano?

No inflingirás ningún dolor innecesario.
John Fowles, The Magus
Nadie es profeta en su tierra.
Esto dijo Jesucristo. O se supone; en estas cosas no cabe la certeza -al menos, no una natural.
Bueno, no dijo exactamente esto: más bien algo como “sólo en su propia tierra es despreciado el profeta”. (Mt, 13:56; Mc, 6:4; Lc, 4:24). Pero, para el caso, la primera frase basta.
Porque es errónea.
No hace falta devanarse los sesos para comprender que sólo en su propia tierra tiene lugar un profeta. Y no tanto porque necesiten de él (como el mismo Cristo admitía, de nada sirve predicar a los creyentes) cuanto porque él necesita de ellos. La función del profeta es llamar al arrepentimiento, devolver a los infieles al buen camino; lo cual requiere, evidentemente, que se hayan apartado de él en primer lugar.
Con lo que caemos en la paradoja. El profeta, egregio heredero del Bien, tiene únicamente sentido en un medio podrido y malevolente: la Virtud se nutre del Pecado.
Así pues, cuando el Pecado se expía, ¿a dónde huye la Virtud?

Hay palabras que siempre me han gustado. Aterido, por ejemplo; y flagrante. O inenarrable.
Me gustan como puede gustarme la caída de un vestido, o la forma de una nube, o la risa agrietada y respingona de ciertas personas.
Me gustan, sin razón alguna.

Me ocurrió algo curioso el otro día. He charlado con alguien –le he hecho una pregunta –y se ha negado a contestar. Hasta aquí, nada fuera de lo común; o tal vez sí, un poco –¡no era una pregunta “personal”!
Lo extraño es que luego me ha lanzado un discurso para justificar la negativa; un discurso peligrosamente paternalista. Es la primera vez que me siento culpable por tener curiosidad.
Sin embargo, la culpa me ha movido a reflexión. ¿En qué casos podría no ser buena una pregunta? ¿Existe la curiosidad malsana?
Según una parte de mí –la más liberal, utópica y totalitaria– toda pregunta es, en principio, pertinente, y no debe prohibirse a priori. (La más totalitaria, digo, porque en seguida sucumbe ante la eterna paradoja de la libertad: si toda pregunta es pertinente, ¿es pertinente preguntarse por este mismo principio?) Supongo, empero, que ésta sería la postura de los clásicos liberales (no neoliberales, ¡por Dios!) y de Popper, Hayek y la escuela austríaca de economía.
Pero otra parte se rebela ante esta idea; y ha sido incapaz de precisar sus razones –conque debe tratarse de una parte más profunda y espontánea. Lo que sí ha hecho es proponer algunos ejemplos.
Cuando la respuesta daña a quien pregunta
“Si supieras cómo hago mis trucos, ¿no dejarías de disfrutar de la magia?”
(Anónimo, desde hace mil años)
Sí, seguramente; de hecho, cuando he visto el truco, me he enfadado muchísimo. Sin embargo, no soy un niño; y creo que puedo elegir las ocasiones en que un daño aparente me provee de una satisfacción más profunda. Negármelo es, me parece, sumamente paternalista: “es mejor que no lo sepas”.
Mas es un paternalismo típico de las sociedades secretas, de ciertas religiones (que Fromm llamaría autoritarias) y de, en fin, ciertos míticos espectáculos, cuya supervivencia depende de su secreto.
O eso dicen; pues no estoy tan seguro. Por dos razones. Una, hay curiosidades y curiosidades; y no es lo mismo interrogar al mago por sus secretos técnicos que investigar la lógica de la que se alimentan –lógica que podrías encontrar asimismo en la hipnosis o el chamanismo. Dos: esto ocurrió ya hace tiempo. ¿Ha muerto la magia por ello?
Así que, en este caso, no hay “curiosidad malsana”, sólo una negativa, bondadosa pero desencaminada.
Cuando no conviene revelar la respuesta
Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos -haciéndoles felices-: el milagro, el misterio y la autoridad… lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso es lo que hemos hecho.
(F. Dostoievski, Los Hermanos Karamazov)
Este caso linda con el anterior; la diferencia es que donde aquél implica una especie de ingenuidad, éste hace uso de la perversidad. Por más que el Gran Inquisidor de Dostoievski intente convencer a Cristo de su generosidad y de la necesidad de mantener el secreto, es innegable que lo que realmente le preocupa es perder su poder, y que el misterio es la manera de evitarlo: “Mientras las masas permanezcan aletargadas en su engaño colectivo, nosotros seguiremos explotándolas”.
Muchos teóricos sociales se basan en esta premisa (o en variantes más o menos disfrazadas): Malinowski, Marx, la Teoría Crítica, Merton, los neofoucaultianos (no sé si Foucault mismo), el Movimiento Antiglobalización. Y también muchas películas (como esta y esta) y escritores (ante todo este). Más aún: ¡ya puedes contribuir con una de tu cosecha!
Aunque a veces sea adecuada, y siempre seductora (porque ofrece alguien a quien culpar), no me gusta en demasía; es lo que Jon Elster llamaría funcionalista, y se opone a un principio fundamental de la buena ciencia social, el de la primacía de la estupidez:
Never attribute to malice that which is adequately explained by stupidity.
(Robert A. Heinlein, Logic of Empire)
Mas este caso es el paradigma de la independencia de pensamiento -y de esa parte “liberal” mía: la curiosidad es tanto más valiosa cuanto más “malsana” parece a los poderosos.
Cuando no hay respuesta
Entonces, apartados de allí todos los legos y vestido yo de una túnica de lino blanca, el sacerdote me tomó por la mano y me llevó a lo íntimo y secreto del sagrario.
Por ventura tú, lector estudioso, podrás aquí con ansía preguntar qué es lo que después fue dicho o hecho que me aconteció; lo cual lo diría si fuese conveniente decirlo, y si no conociese que a ninguno conviene saberlo ni oírlo… Sepas que yo llegué al término de la muerte, y hallado el palacio de Proserpina, anduve y fui traído por todos los elementos, y a media noche vi el sol resplandeciente con muy hermosa claridad, y vi los dioses altos y bajos, y lleguéme cerca y adorélos; he aquí, te he dicho, lo que vi, lo cual como quiera que has oído es necesario que no lo sepas; pero aquello que se puede manifestar y denunciar a las orejas de todos los legos, yo muy claramente lo diré.
Así fue Lucio, el héroe de El Asno de Oro, iniciado en la religión de la Diosa Luna; y así planteó Apuleyo un reto y un enigma a los historiadores futuros: ¿en qué consistía el rito iniciático, lo que “no fue conveniente decir”? Y ¿cuál era su significado esotérico?
Las intepretaciones se han sucedido sin pausa ni concierto; no es de extrañar, dada la falta de evidencia independiente. Mas hay una particularmente atractiva y poderosa:
Rhode surmised that the reason why their secret was kept by the multitudes who participated in them, was because there was in fact no secret to be let out. There was no formula and no doctrine –only a dramatic performance. And every participant could take it as a blank cheque and interpret it how he liked best. This view is borne out by Aristotle’s statement that those who are initiated into the Mysteries learn nothing, but are put into a receptive disposition. The performance was the primary element.
(En Problems of Religious Knowledge, de Peter Munz)
Toda curiosidad era malsana porque no había secreto que esconder –salvo el de que no había tal secreto.
Cuando no haya más preguntas
He aquí el límite de la paradoja –y el último de nuestros ejemplos: la pregunta verdaderamente malsana –que se engulle a sí misma. Quienes se inician en los Misterios no aprenden sino que son puestos en una actitud receptiva; y cualquier pregunta –siendo, como es, el residuo del pasado, los restos del “hombre viejo” al que hay que renunciar– no hace más que impedirlo.
¡Vaya embrollo! ¡Mi actitud crítica ha dado al traste con la posibilidad de la crítica!
Porque, como decía Chesterton, la razón es, por sí misma, artículo de fe.


There is a tide in the affairs of men, which, taken at the flood, leads on to fortune.
A diferencia de lo que se suele creer, el I Ching no es, en rigor, un oráculo; no sirve para “predecir el futuro” (aunque pueda acertar asiduamente) ni para “leer la mente del otro” (aunque arroje alguna luz sobre ella). Sirve, básicamente, para plasmar la situación en la que se está inmerso; o, mejor dicho, su tiempo.
Porque para interpretar el I Ching hace falta un concepto imprescindible, el de tiempo; como cuando decimos “es tiempo de siembra” o “es tiempo de irse”. De hecho, parece que era éste el significado original del término chino para “tiempo”, shi: como en “las estaciones no se equivocan” (Comentario al Hexagrama 16).
Nada hay más cambiante que las estaciones, y sin embargo, nada más permanente. Del mismo modo, los asuntos de los seres humanos siguen una corriente alternante y repetitiva contra la que no cabe luchar. Es menester descubrir la forma de comprenderla y aprovechar su ímpetu: aprender a abandonarse a ella, sin reparos ni segundas intenciones.
El libro, si hace algo, es señalarte el tiempo de la situación que te preocupa: el apogeo o caída de “lo Luminoso”, la sucesión continua y deslumbrante del yin y el yang, el favor o la desgracia que acechan al “Hombre Superior”; en suma, las pleamares de la vida.
Y los comentarios que incluyen la frase “grande es, en verdad, el tiempo” transmiten la suprema necesidad de dar con el momento justo para obrar –lo que en la tradición griega se llamaba kairos.
Ya que, por otro lado, siempre es preferible no actuar a tratar en vano de remontar el río de la vida; lo cual no tiene nada que ver con el Destino, la Fortuna o Dios: sólo con el tiempo.
Me temo, sin embargo, que no sea éste el mejor consejo para los oídos de hoy -frenéticos, monotemáticos, insaciables; ni para nuestras cabezas, que confunden la terquedad con la fortaleza, la rigidez con el valor, la brutalidad con el poder.
¿Querrá esto decir que no es su tiempo?
Hoy, nada. Hoy, sólo un poema, dulce y delicioso, acerca de ella:
Piazza Piece
I am a gentleman in a dustcoat trying
To make you hear. Your ears are soft and small
And listen to an old man not at all,
They want the young men’s whispering and sighing.
But see the roses on your trellis dying
And hear the spectral singing of the moon;
For I must have my lovely lady soon,
I am a gentleman in a dustcoat trying.
I am a lady young in beauty waiting
Until my truelove comes, and then we kiss.
But what gray man among the vines is this
Whose words are dry and faint as in a dream?
Back from my trellis, Sir, before I scream!
I am a lady young in beauty waiting.