“Gracias por venir”, o “buenos días, soy un don nadie”

Muchos terapeutas (sobre todo familiares) tienen la manía de empezar sus sesiones diciendo: “buenas, gracias por venir”. Creen que con esto se “acomodan” a la familia, haciéndola sentir mejor y más “aceptada”, reduciendo su “ansiedad” ante una situación desconocida, siendo afables y humanos…

Convirtiéndose, también, en perfectos inútiles. Porque al decir “gracias por venir”, el terapeuta está diciendo “buenos días, soy un don nadie”.

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Diario la Hora: Ecuador, el país de la desconfianza

El Diario La Hora ha publicado una nota sobre los resultados de la Investigación Confianza, que copio a continuación.

Ecuador: el país de la desconfianza


Esteban Laso es psicólogo social y miembro de la Asociación Internacional de Psicología Positiva (International Positive Psychology Association).

Los problemas socioeconómicos del país tendrían una razón cultural: la desconfianza. Por eso los ciudadanos no trabajan en equipo y se crean mafias de corrupción.

Esteban Laso, psicólogo social, realizó un estudio sobre la desconfianza en los jóvenes de Quito. Los resultados hablan por sí solos.

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Investigación Confianza: entrevista en NotiHoy

De ahora en adelante tendré un breve espacio en Notihoy: Radio Centro 97.7 FM, todos los viernes a partir de las 6:30, sobre psicología positiva (¡se puede ser feliz!)

Pues la semana pasada fui entrevistado en el mismo programa sobre los resultados de la investigación Confianza:

Y Fabio Restrepo (conductor del programa) y yo disfrutamos mucho de la conversación, así que ¡vamos a volverla costumbre!

El fetichismo de la técnica, o cambiarse a uno mismo

Ya he hablado del fetichismo de la técnica antes: de cómo, fascinados por una técnica terapéutica aparentemente mágica, olvidamos que las personas y las familias también piensan; cómo el centrarse en la técnica conduce al culto a la personalidad y a la visión del terapeuta como gurú; cómo el origen del fetichismo de la técnica es el deseo de paliar el temor del terapeuta al fracaso; y cómo ciertas teorías (o al menos, la manera en que son publicitadas) parecen favorecer el fetichismo técnico por encima de la formación humanista e integral del terapeuta.

A mi juicio, el fetichismo de la técnica (al que podríamos añadir el “fetichismo de la teoría”) hunde sus raíces en la formación de los psicólogos y gestores del cambio en nuestra sociedad. Si los psicólogos se creen con facilidad las audaces pretensiones de teorías o métodos no apoyados por la evidencia es porque no han sido entrenados para observar y poner en discusión sus propias ideas. En suma, porque son formados como técnicos, no como científicos; se les enseña a “aplicar” técnicas, no a desarmarlas, criticarlas, modificarlas o crearlas ex novo.

También por esto es que prácicamente no existe la investigación científica en psicología en Ecuador. Pues la ciencia, desde mi punto de vista, es sencillamente la disciplina de decir las cosas con tanta claridad que no podamos engañarnos acerca de su validez; y, a fortiori, de someterlas continuamente a prueba en la experiencia concreta y a discusión con los colegas.

Desgraciadamente, tampoco existen espacios de debate o discusión para los psicólogos y psicoterapeutas del Ecuador; a lo sumo, hay círculos donde los adeptos a cierta teoría se reúnen para repetir la homilía de los padres fundadores.

¿Fetichismo?

Hablar de “fetichismo” en este contexto parece escandaloso y polémico. Pero creo que es apropiado. El fetichismo consiste en otorgar a un ser inanimado características que sólo puede demostrar un ser vivo. Por ejemplo, el fetichista sexual se excita con las botas de aguja y la ropa de cuero, no con el cuerpo de su pareja; el fetichista de la mercancía de Karl Marx otorga a los bienes creados por el hombre una voluntad autónoma, etc. (Tal vez fue Erich Fromm el primero en aunar ambas vertientes al definir el fetichismo como una consecuencia del “culto a la muerte”, la necrofilia).

En la terapia o los procesos de cambio humano, el fetichista de la técnica es quien entrega a ésta el poder de generar o acelerar las mejorías de las personas. Es decir, es la técnica correctamente ejecutada, y no su artífice, quien produce el cambio. La técnica, no la persona, es el protagonista.

Una variante de esto es el “fetichismo de la teoría”: la creencia de que cuanto más profunda, erudita y densa sea la teorización de un caso, más probabilidades hay de mejoría. Los psicoanalistas (ante todo los lacanianos) son particularmente proclives a este error.

La observación atenta y desapasionada sugiere que en ambos casos se entrega a un agente inanimado (la técnica o la teoría) responsabilidades y competencias que sólo un ser vivo puede ejercer.

Acallar el miedo

Pero ¿por qué lo hacemos?

Las profesiones psi son particularmente difíciles, por varias razones. Una, la gente no cree en los psicólogos (en buena medida, porque los psicólogos no hemos hecho nada para que nos crean); dos, para muchos representantes del resto de ciencias, la psicología es, en el mejor de los casos, una disciplina “blanda”, carente de objetividad; y, en el peor, un conjunto de despropósitos bienintencionados pero inútiles.

En Ecuador, por ejemplo, el grueso (por no decir la totalidad) de la producción científica en ciencias sociales se limita a la sociología, la antropología y la politología (o “ciencia” política). Salvo honrosas excepciones, brillan por su ausencia cátedras de posgrado en psicología social, aplicaciones de la psicología al problema del desarrollo y la pobreza, etc. Sociólogos, antropólogos y cientistas políticos ven a los psicólogos por encima del hombro. (Con razón: cuando les piden una explicación sólida y convincente de algún problema social, la mayoría de psicólogos responden con la “baja autoestima” y otros conceptos-comodín de dudoso valor científico).

Por esto, muchos psicólogos naufragan en el intento de convencer a los demás de su utilidad. Terminan tirando la toalla y trabajando en cualquier otra cosa. Y cuando deciden perseverar, sobre todo en el ámbito de la atención pública, reciben casos desesperados y que nadie más quiere o puede atender.

¿Cómo sobrevivir? Un recurso fácil (pero, a la larga, autodestructivo) es apelar al fetichismo de la técnica. Tomo unos cuantos cursos en una técnica que se presenta como increíblemente eficaz; así, cuando me viene un paciente con el que no sé tratar, se la aplico ¡y listo! Mi única responsabilidad es hacerlo correctamente; pero la técnica misma se encarga de producir el cambio. Yo no tengo por qué comprometerme, ni reflexionar acerca de mi práctica cuando no funciona. (De hecho, si no funciona, lo más probable es que nunca me entere, porque el paciente dejará de asistir sin comentármelo. ¡Así de buenos son los pacientes!)

El fetichismo, como también señalara Fromm, sirve siempre para acallar un miedo: el de enfrentarse a la incertidumbre, de aceptar que no tengo control sobre las cosas, de sumergirme en el abismo, a veces sublime y a veces terrorífico, del alma de otra persona.

De este miedo a la incertidumbre se aprovechan los adalides de las técnicas mágicas: “con esto se puede curar cualquier cosa”, afirman, haciendo un daño inconcebible tanto a los psicólogos como a los pacientes.

¿Qué se necesita para cambiar?

A este respecto, la investigación es indiscutible. Desde el punto de vista del paciente, todo cambio duradero y positivo requiere de dos componentes: un sólido compromiso y una atención permanente. Sin compromiso y atención, los cambios son pasajeros -y, a veces, contraproducentes.

Desde el punto de vista del terapeuta, favorecer el cambio supone atender a dos “factores comunes” de toda terapia: la calidad del contrato terapéutico (¿qué es lo que vamos a hacer? ¿Con qué objetivos? ¿Cómo sabremos que hemos tenido éxito o que estamos fallando?) y la alianza terapéutica. Es decir, la confianza que el paciente deposita sobre el terapeuta y la esperanza que abriga de, con su apoyo, mejorar.

Cuando no hay compromiso, las personas terminan decepcionadas. La mejor terapia es la que convierte al paciente en su propio terapeuta. Pero si el “principio activo” del cambio es la voz del terapeuta, o su ritmo, o un aparato que me pone sobre las sienes; si, como se diría en teoría cognitiva, la atribución es totalmente “externa”, el paciente termina convencido de que el problema se escapa de su esfera de influencia y de que puede modificarlo sin involucrarse personalmente. Puede sentirse mejor frente a una cosa; pero se considera menos competente de cara a su vida en general.

Personas, no técnicas

Es hora de regresar a las personas, no a las técnicas o las palabras. De volvernos humildes en nuestros logros pero aventurados en nuestras hipótesis. De admitir que podemos hacer poco, pero extremadamente valioso. Que no tenemos la panacea para curar todo sufrimiento, pero sí la certeza de que el sufrimiento es humano, legítimo, imprescindible en una vida bella y llena de sentido.

Es hora de perfeccionar la formación de terapeutas y agentes de cambio, de ayudarlos a reflexionar acerca de sí mismos y sus supuestos.

Es hora, en definitiva, de recordar que el terapeuta también es una persona; y que, si quiere cambiar el mundo, ha de empezar por cambiarse a sí mismo.

La nueva Constitución: sin confianza, no servirá de mucho

En este momento, los ecuatorianos discuten denodadamente el voto en el referéndum por la nueva Constitución. Los partidarios del “sí” y el “no” se enfrentan con más vehemencia que gracia y más violencia que argumentos.

Pero, pase lo que pase, no servirá de nada.

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Por una razón muy sencilla:

Cuando hay confianza, las leyes no son necesarias; cuando no la hay, las leyes son inútiles.

Por qué el país no crece, o “si no es sólo para mí no será para nadie”

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Una de las creencias que favorecen la desconfianza es lo que podemos llamar (parafraseando un clásico de la teoría de juegos) “el juego de suma cero“: la idea de que toda ganancia por mi parte equivale a una pérdida por parte de los demás y viceversa. En otras palabras, que la riqueza es limitada; que todos debemos repartirnos los mendrugos de una sola y lánguida torta -porque hacerla crecer, amasar más torta, es imposible; que ganar para mí es perder para todos los demás.

Es una creencia muy frecuente; la comparten, por ejemplo, la teoría económica de Marx y los socialistas, las cosmovisiones de muchas culturas orales (ambas tienen mucho en común, como señaló Popper en La sociedad abierta y sus enemigos)… Y, desgraciadamente, la filosofía de vida del común de los ecuatorianos -a juzgar por los resultados de la Investigación Confianza y por la siguiente anécdota de la vida real.

Cenando fuera

Una empresa solicita al Municipio permiso para construir un aparcamiento subterráneo para 300 automóviles debajo de un parque en una zona altamente turística. Frente a este parque hay dos restaurantes; sus dueños se oponen enérgicamente al proyecto. ¿La razón? Que con los aparcamientos ya existentes (no más de diez junto a las aceras) tienen “más que suficiente”: “supongamos que se construye el parqueadero y me vienen de repente 50 clientes, cuando sólo puedo atender a 10; se van a ir a otros restaurantes, ¡y yo los perderé!”

No se les ocurre que si hay más clientes para todos también ellos se beneficiarán; o sea, que si se agranda la torta sus pedazos también engordan. No: “o gano solamente yo, ¡o no gana nadie!”

Una visión obtusa, desconfiada y torpe. Una creencia frecuente, pero groseramente errada. Porque, si fuera cierto que la vida es un juego de suma cero, sería imposible que un país pudiera crecer y desarrollarse; tendría por fuerza que robar a los demás países -y así se abre paso el monstruo del imperialismo y el autoritarismo, de derecha o de izquierda.

Donde acaba todo imperio

En realidad, sabemos que la suposición de suma cero es un error al menos desde David Ricardo y sus “ventajas comparativas”, una extensión del genial descubrimiento de Adam Smith, la división del trabajo.

El ejemplo clásico: supongamos que mi vecino es un deportista famoso y que su casa tiene un jardín grande pero descuidado. Él tardaría 3 horas en cortar el césped; yo, en cambio, tardaría 5. Pero a mí me pagan USD 10 la hora en mi oficina; a él, USD 1000 por cada hora de filmación de un anuncio de televisión. Para él, cortar el césped supone perder USD 3000 (esto se llama “costo de oportunidad”); yo perdería USD 50. Por ende, si él me contrata para hacerlo y me paga más de USD 50 (pero menos de USD 3000), ¡ambos salimos ganando!

Desde luego, esta es una simplificación (que no toma en cuenta, entre otras cosas, los rendimientos marginalmente decrecientes); pero la lógica fundamental es compartida por la mayoría de economistas contemporáneos y puede resumirse en una sencilla ley: “cada persona debe especializarse en lo que hace mejor”.

La lucha por la vida

Ni Smith ni Ricardo pudieron prever que la demostración definitiva de las ventajas comparativas vendría de la teoría darwinista. Pero así es. La ingente biodiversidad de la Tierra demuestra que la torta no es una sola; o, más bien, que el límite absoluto de sustentación de vida del ambiente (dado, en último término, por la cantidad de energía solar que absorbe el planeta) se puede subdividir en infinidad de nichos, cada uno con sus propios límites y especies.

Ciertamente, dentro de un nicho ecológico dado, los organismos compiten por los recursos escasos. Pero el ciego algoritmo evolutivo se encarga de crear nuevas especies que descubren y aprovechan nichos antes inexplorados. La bosta de la vaca es el alimento del escarabajo; y éste nutre a los gusanos, que sostienen a las bacterias -y así sucesivamente.

Las especies se sostienen porque (valga la redundancia) se especializan; es decir, aprenden a aprovechar mejor los limitados recursos disponibles. Obtienen más (más tiempo de vida, más vástagos) con menos (menos alimentos, menos energía). Así como la “riqueza” o rendimiento de un sistema económico está en función de la especialización del trabajo en su interior, la capacidad de sustentación de un sistema ecológico varía de acuerdo con su biodiversidad (el número de especies y la proporción de individuos en cada una). A mayor diversidad, mejor explotación de recursos; y, por ende, mayor capacidad de sustentación del entorno.

Una consecuencia de esto que suaviza las pretensiones del socialismo: las sociedades que crecen no sólo redistribuyen mejor la riqueza; ante todo, aprenden a crear continuamente más riqueza.

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En resumen, lo que beneficia a la sociedad también me beneficia; cualquier aumento de la riqueza y la productividad termina por llegar a mi bolsillo. A la inversa, cuando me comporto egoísta y suspicazmente, cuando me niego a que todos ganemos porque quiero ganar sólo yo, erosiono lenta pero incansablemente el tejido social en el que vivo. Me destruyo, sin saberlo, a mí mismo.

El ecuatoriano, en cambio, parece creer que si él gana los otros pierden; que cualquier ganancia de otro es a costa de su pérdida. No es tanto que “no sea solidario” (como suele argüirse superficialmente), que “piense primero en él”. ¡Eso está muy bien! El problema es que asume que pensar en él implica pensar en contra de los demás. ¡Así es nuestra sociedad hobbesiana!

Estas son las creencias que tenemos que cambiar, lenta y progresivamente, con la educación, el esfuerzo -y el ejemplo. Este es el reto y la oportunidad de nuestros días. Y el tiempo apremia; porque si no hacemos algo, estamos condenados