Sólo podrás verlo cuando lo hayas olvidado

Señor Dios, soy Anna

Uno de los mejores libros de teología que existen se titula Señor Dios, soy Anna, y fue escrito por un tal Fynn. Plantea una visión de Dios y su relación con el ser humano sumamente revolucionaria en los tiempos que corren -aunque heredera de la teología negativa o apofática, la suposición (que comparto) de que nada de lo que podamos decir de Dios tiene sentido alguno -ya que Él, o Ello, trasciende todo concepto y posibilidad.

Los paralelismos entre la teología apofática de Nicolás de Cusa o Dionisio el Areopagita, el taoísmo y el budismo saltan a la vista. Lo maravilloso es la manera en que Anna transmite conceptos en apariencia tan difíciles:

Cuando uno es pequeño, “entiende” al Señor Dios, que está allá arriba sentado en su trono, de oro naturalmente; usa barba y corona, y todo el mundo se enloquece cantándole himnos. Dios es útil, y uno le utiliza. Se le pueden pedir cosas, puede dejar a los enemigos de uno más muertos que una piedra, y es excelente para hacer el mal de ojo al matón del barrio, para que le salgan verrugas y cosas así. El Señor Dios es tan “entendible”, tan útil y tan práctico que resulta como un objeto; tal vez sea el más importante de todos los objetos, pero de cualquier modo es un objeto y se le entiende de punta a cabo. Más adelante, uno “entiende” que él es un poco diferente, aunque todavía puede captar de qué se trata. ¡Pero por más que uno le entienda a él, parece que él ya no le entiende a uno! Como no parece entender que uno simplemente necesita una bicicleta nueva, el “entendimiento” que uno tiene de él va cambiando un poquito más. De cualquier manera o condición que uno entienda al Señor Dios, le disminuye de tamaño; lo convierte en una más de tantas y tantas entidades que se pueden entender. De manera que a lo largo de la vida de cada uno, el Señor Dios sigue continuamente desprendiéndose de aspectos y pedacitos, hasta que llega el momento en que uno admite, libre y sinceramente, que no comprende en absoluto al Señor Dios. En ese momento es cuando uno deja que el Señor Dios tenga su verdadero tamaño, y ¡cataplún!, helo ahí riéndose de uno.

La teoría del “defecto de fábrica” y la anulación de la voluntad

En el anterior texto decíamos que muchas escuelas psicológicas han defendido, más o menos abiertamente, la “teoría del defecto de fábrica”. Entre ellas, algunas variantes del psicoanálisis -que enfatizan el papel del “inconsciente” y el “determinismo psíquico” en nuestra conducta, en detrimento de la consciencia y la voluntad.

Gracias, entre otras cosas, al trabajo de Martin Seligman y la Psicología Positiva, esta tendencia ha empezado a invertirse con lentitud. Escuelas como la Acceptance and Commitment Therapy postulan que el compromiso voluntario y la atención consciente a los propios procesos mentales son no sólo útiles sino imprescindibles para alcanzar el cambio duradero.

Redescubren, así, una preciosa frase de George Kelly: “Nadie tiene que ser esclavo de los hechos -siempre que pueda reconstruirlos de una manera diferente”.

Conversaciones con el Demonio, de Carl Goldberg

El psicoanalista Carl Goldberg lo expone sucintamente:

Más aún que los filósofos, los psicoanalistas típicamente han adoptado una postura determinista -es decir, tienden a atribuir sólo un mínimo de libertad de opción a nuestra toma de decisiones. Para llegar a esta conclusión, han desvalorizado descaradamente las facultades reguladoras de nuestra mente consciente, alegando que el inconsciente es el inexorable escritor anónimo de nuestro guión vital.

Muy simplemente, mi experiencia personal confirma mi experiencia clínica: están equivocados. La mente inconsciente domina sólo con el permiso, o al menos la tolerancia, de la mente consciente. Como todos deberíamos saber por nuestras experiencias cotidianas, la mente consciente es el verdadero autor de nuestros pensamientos y actos. Bulle continuamente con sentimientos, ideas, impulsos e imágenes que van de lo placentero a lo desagradable o lo no juzgado. Usualmente, optamos por ignorar o suprimir o intentamos desalojar a algunos de estos ocupantes mentales, mientras alentamos o mimamos a otros. A partir de estas decisiones desarrollamos nuestros sentimientos respecto a nosotros mismos.

…Sin embargo, como vimos recién, no censuramos inadvertidamente el material traspasado al inconsciente; lo almacenamos ahí por una elección consciente. Desde luego, como al pasar el tiempo continuamos ignorando y abandonando a algunos de nuestros ocupantes mentales, ellos se trasladan a la periferia de nuestra mente. Allí, operan en forma más o menos independiente de nuestra percatación despierta.

Carl Goldberg, Conversaciones con el Demonio

La teoría del “defecto de fábrica”

Botanischer Garten, de Edgar Ende

Muchas escuelas psicológicas parten de la que podríamos llamar “teoría del defecto de fábrica”: que nuestros problemas vitales, las dificultades con que nos encontramos una y otra vez en la tarea de vivir, obedecen a un trastorno intrínseco, una “falla” instalada en nosotros en la infancia (o antes); una “falla” profunda, ineludible, imprecisa e “inconsciente”. Los famosos “traumas”, por ejemplo –desacreditados desde hace tiempo; o las “memorias reprimidas” que cabe “recuperar” -igualmente desacreditadas.

Continue reading

El que Hace Desesperar

Iblis

La tradición árabe coincide en asignar a la esperanza un papel fundamental en la vida moral. El Demonio árabe, ahora, se llama Shaitan (“el enemigo”, “el malo”, equivalente a Satanás); pero, antes de su caída, se llamaba Iblis, “el que hace desesperar“.

Desde luego, Iblis conquista al ser humano sólo porque consigue, mediante engaños, insinuaciones y ardides, alejarlo de la Esperanza divina.

Reyes y profetas

En Sicko, de Michael Moore:

Mi madre era una estudiosa de la Biblia, así que la leíamos todos los días. Ella me enseñó algo que marcó mi vida: “La Biblia es la historia de los reyes, que tenían el poder, y los profetas, que enseñaban la verdad”. Y me enseñó también que debía apoyar a los profetas, no a los reyes. Y aunque hacerlo me haya traído muchos problemas a lo largo de mi vida, creo que tenía sentido, y lo tiene más aún hoy en día.

Lo dice Tony Benn, en uno de los extras del DVD.

Todo conduce a todo

Alan Watts

En sus Memorias, Alan Watts habla de pasada de un enigmático psiquiatra inglés, Eric Graham Howe. En la primera de las dos ocasiones que lo cita, dice:

Mi universidad particular también incluía a Eric Graham Howe, un psiquiatra que entonces tenía consulta abierta en un apartamento muy agradable situado en la parte posterior de Harley Street, en donde cierto día almorzamos una excelente patata cubierta de mantequilla. […] Yo no era su paciente y él era una persona genial, digna y muy interesante que me permitía adentrarme en su mente. Acababa de escribir I and Me y War Dance, y estaba trabajando en un principio que siempre me ha resultado fascinante: el uso del campo gravitatorio como fuente de energía.

En la segunda, que lo invitó amable y perentoriamente a una charla privada con Jiddu Krishnamurti.

Poco, muy poco se sabe hoy de Graham Howe; como tantos otros, se ha caído de los libros de historia de la psicología -tal vez porque hablaba de budismo con convicción y del psicoanálisis con reserva, en una época que gustaba de hacer todo lo contrario. Ian Edwards ha escrito una tesis doctoral que es probablemente la mejor introducción a la obra de Howe -aparte de leer sus libros, todavía ubicables a través de las librerías virtuales.

vase.jpg

En 1970 (a juzgar por la fecha garabateada en la portada) mi madre compró Analytical Psychology, de C.G. Jung: la transcripción de una serie de conferencias dictadas por Jung en la clínica Tavistock, de Londres, en 1935. Di con él a los quince y lo leí un par de años más tarde, sin entenderlo del todo -pero sintiendo con claridad el encanto junguiano, a partes iguales enigma y misticismo. Además de la conferencia, el texto incluye las preguntas de los asistentes y las respuestas del Prof. Jung, entonces sexagenario. Entre quienes preguntan encontramos a Wilfred Bion, famosísimo psicoanalista pionero de las experiencias grupales; y, naturalmente, a Eric Graham Howe.

Naturalmente, porque Howe había sido uno de los fundadores de la Clínica Tavistock; cosa de la que, entonces, yo no tenía idea.

La tesis de Edwards explica que, en ese momento, Howe se había ya internado en el budismo; podemos intuir que estaba lidiando con su peculiar forma de entender el “yo” como “vacío” o “no existente”, compuesto de “nombre y forma” (nama-rupa).

C. G. Jung

Graham Howe hace algunas preguntas a Jung durante las cinco conferencias; en ellas se adivina una mente poderosa, ágil y profunda que afronta un problema sumamente complejo e intenta resolverlo mediante aventurados saltos de la imaginación. Pero hay una en particular que resulta impresionante -y que hoy he redescubierto al abrir al azar el libro que heredé de mi madre. He aquí este fragmento (p. 66, en mi traducción un tanto patosa):

E. G. Howe: […] En pocas palabras, la psicología de Freud es tri-dimensional, y la de Jung, tetra-dimensional. Por esta razón me parece que la representación gráfica [de las cuatro funciones de la psique] que Jung ha hecho es engañosa: está intentando darnos una idea tridimensional de un sistema que tiene cuatro dimensiones, una presentación estática de algo que se mueve. […]

C. H. Jung: Quisiera que el Dr. Graham Howe no fuera tan indiscreto. Tiene usted razón, Dr., pero estas cosas no se deben decir en público… Cuanto más se avanza en el estudio de la psique, más cuidadosos debemos ser en nuestra terminología, porque está acuñada con los prejuicios del pasado. Cuanto más se penetra en los problemas básicos de la psicología más nos acercamos a ideas filosófica, moral y religiosamente sesgadas. Por ende, hay que manejar algunas cosas con la mayor cautela.

Pero esto no es más que el prólogo; a esto, Howe responde con una pregunta inusitada, que ni el mismo Jung comprende (pero que nosotros, que gozamos del beneficio de la perspectiva histórica, podemos atrevernos a descifrar):

E. G. Howe: Creo que a la audiencia le gustaría que usted fuese más provocativo. Voy a decir algo un tanto imprudente. Ni usted ni yo vemos al “yo” como una línea recta. Creo que podemos aventurarnos a considerar la esfera como la verdadera forma del “yo” en cuatro dimensiones, de las cuales uno es la mera proyección tridimensional. Si es así, me gustaría hacerle una pregunta: ¿cuál es el alcance de ese “yo” que equivale en una perspectiva tetra-dimensional a una esfera en movimiento? Y sugiero una respuesta: “El universo en sí mismo, que incluye lo que hemos llamado inconsciente colectivo y racial”.

Esto es demasiado para C. G. Jung, que replica anonadado: “¿Podría repetir la pregunta?” E. G. Howe responde: “¿Cuán grande es esa esfera que equivale al yo tetra-dimensional? No pude evitar responder que es exactamente del mismo tamaño que el universo entero”.

Acorralado, Jung se escabulle sin demasiada habilidad:

C. G. Jung: Esta es en realidad una pregunta filosófica, y responderla supondría una larga excursión por la teoría de la cognición. El mundo no es más que nuestra imagen. Sólo quienes piensan como niños piensan que el mundo es como creemos que es… Pero sólo la peculiar mente del filósofo se atreve a trascender la imagen común y corriente del mundo, compuesto de cosas aisladas y estáticas. Hacerlo causa un terremoto en las mentes ordinarias: todo el cosmos se conmueve, las convicciones y esperanzas más íntimas caen en entredicho. No veo por qué habríamos de hacerlo. No es bueno para los pacientes, ni para los doctores; tal vez lo sea para los filósofos.

Traducción (maliciosa): “esta es una pregunta filosófica, y yo un simple psiquiatra; además de que no puedo responderla, me parece que el mero hecho de formularla es cuestionable y peligroso”.

La Trimurti

Lo que Jung no entendía es que Graham Howe estaba intentando asentar su teoría del “inconsciente colectivo” en un terreno metafísico más sólido -que se deriva, además, del hinduismo: la idea de que el “yo” no es más que una máscara que la Divinidad se coloca para entretenerse jugando consigo misma. Si todos somos uno, el “inconsciente colectivo” deja de ser inexplicable para tornarse obvio e indiscutible. Y si el tamaño de este “uno” coincide con el del Universo, estamos en todas partes a la vez y lo sabemos todo siempre -aunque no nos demos cuenta; lo que explicaría la experiencia de “conocimiento absoluto” tan común en los relatos de los místicos. Pero, además, este “uno” aparenta ser “varios” sólo porque no podemos verlo en toda su magnitud; sólo porque no podemos contemplar la cuarta dimensión, el Tiempo, de una vez -sino que hemos de tomarla poco a poco, pedazo a pedazo, sin volver la vista ni avanzar la página. En suma, Graham Howe intentaba fundir la teoría junguiana de la psique con la teoría de la relatividad general de Einstein y la metafísica de las Upanisads, en una pregunta incisiva como un látigo.

Una pregunta que, para colmo, emplea como metáfora del “yo” a la esfera de Pascal (que ya he mencionado en otro lugar): “Si el yo es una esfera en movimiento, ¿cuál es su tamaño si la contemplamos desde la cuarta dimensión?” Porque si es una esfera del tamaño del Universo, su centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.

Mano con Esfera, de M. Escher

Acaso, el tamaño exacto del Universo entero: cada vez más, cada día, comprendo que en realidad todo conduce a todo.

Actualización

He encontrado hace poco un cuento de Algernon Blackwood escrito en 1917, “A Victim of Higher Space“, que hace uso de la misma metáfora hipergeométrica que Graham Howe intenta exponer (sin éxito) a Jung. Las ideas están en el aire…