Sexo sin emociones y pornografía

Mucha gente cree que se pueden entablar relaciones sexuales sin sentir emociones. Piensan que un one night stand está exento de “ataduras”; que el sexo no necesariamente compromete y que pueden manejar a voluntad sus emociones.

Se equivocan. Lo único que diferencia la experiencia de la sexualidad del ser humano de la de los animales (al menos la mayoría) es que nunca puede no ser “emocional”.

Dimensiones de la experiencia sexual

Las emociones siempre están presentes en cualquier intercambio sexual. El punto es de qué tipo de emociones se trata; y aquí hay, básicamente, dos extremos contrapuestos -e infinidad de puntos intermedios: el espectro de la vivencia sexual humana.

De un lado, la sexualidad puede ocurrir en el contexto del amor o alguna de sus variantes o congéneres: la amistad, el aprecio, la admiración… Todas ellas suponen un reconocimiento básico y una valoración positiva de la vida del otro. En estos casos, el acto sexual es una suerte de celebración mutua de la existencia; una celebración que, a lo que parece, sólo los seres humanos podemos alcanzar (y sólo de vez en cuando).

Del otro lado, la sexualidad puede darse acompañada de un despliegue de dominio y poder; el paradigma es el sexo del cine pornográfico, donde los amantes casi nunca se acarician ni besan y se mantienen a la mayor distancia física posible tanto para facilitar las tomas cuanto para enfatizar su desapego.

Rituales pornográficos

Tengo la impresión de que las recurrentes características del sexo pornográfico no se deben exclusivamente a las demandas del director o a la necesidad de “quedar bien” en cámara. Orquestan, más bien, un ritual sumamente estricto y demarcado para hacer hincapié en el aspecto dominante de la sexualidad humana -en la manera en que ésta forma parte no del amor sino del poder o la fuerza.

Ante todo, la exageración que prima en los gestos y diálogos que se suscitan en medio del sexo y que los hacen ficticios y sobreactuados. Como dice Gloria Swanson en Sunset Boulevard: “We didn’t need dialog. We had faces“. Rostros que intentan convencernos de que no sólo lo están disfrutando sino que es sin lugar a dudas el mejor sexo de sus vidas (hasta la próxima película). Lo cual se desprende, claro, de que por más “real”, “bestial” o “natural” que sea el sexo son actores quienes lo practican: no sólo se comunican entre sí sino sobre todo con el potencial espectador. Y es a él a quien se dirige tanta brutal elocuencia.

Y luego, la secuencia de prácticas: fellatio, cunnilingus, penetración en diversas posturas (a cuál más estrambótica) y eyaculación en la cara de la mujer. No sé de ningún estudio que compare las frecuencias de estas diversas escenas en las películas pornográficas; pero me parece que, por ejemplo, cuando en este cine la mujer practica el sexo oral al hombre éste se halla casi siempre de pie y ella de rodillas, mientras que el caso inverso es mucho menos habitual. Y la eyaculación, desde luego, remite clarísimamente al marcado territorial mamífero; a lo que se añade la humillación de hacerlo en el rostro.

Todo lo cual permite conjeturar que el ritual minimiza la posibilidad de proximidad afectiva entre los actores; que sirve, entre otras cosas, para impedir que sientan algo el uno por el otro que no sea el deseo de imponerse o demostrar su masculinidad exhuberante o su femineidad inagotable.

Lo que no quiere decir que sean “malas personas”: únicamente que, en esos contextos, vivencian el sexo en términos de poder y no de cercanía. Me imagino que muchos de ellos se mofan de la artificialidad de su trabajo.

No se trata, obviamente, de satanizar la pornografía, sino de entenderla.

Dominación y masculinidad: el sexo sin ataduras como mantenimiento de la identidad

Esto también ocurre entre los mamíferos. Para demostrar su dominancia, el perro alfa “montará” breve y alegóricamente a un perro de menor jerarquía; porque, mientras lo monta, lo mantiene indefenso y bajo su control. Es una forma incontrovertible de exhibir, y a la vez fortalecer, su posición en el pecking order.

Pero en este caso, no es el sexo lo importante sino la dominación; o, mejor dicho, la identidad que se establece o sostiene a través del acto sexual.

Por ende, el sexo nunca puede hacerse ascépticamente: siempre está plagado de emociones. Y siempre compromete; en ocasiones con el otro y muchísimas veces con uno mismo y la imagen de “masculinidad” o “femineidad” que se quiere mantener: “soy tan hombre/mujer que atraigo a quien quiero”, por ejemplo.

La excusa de la “satisfacción de necesidades”

La explicación común para el sexo sin ataduras (y mientras más desconocidos mejor) es que sirve para “satisfacer una necesidad natural con el mínimo de compromiso y problemas”. Sin embargo, tengo la sensación de que alguna gente que lo practica lo vivencia de otra forma -al menos durante un tiempo. Porque parecen embarcados en una búsqueda sin término de nuevas experiencias y compañeros sexuales; en cuyo caso, la necesidad que intentan satisfacer no es solamente la de tener sexo sino la de nunca repetirse. Y se trata de una “necesidad” completamente distinta del mero prurito animal; una necesidad plenamente humana.

Pensemos en otra necesidad básica, la de comer. Para satisfacerla bastaría con comer siempre lo mismo; la variedad no se deriva de la necesidad en sí misma, del “instinto”, sino de la búsqueda de placer.

Pero tampoco es eso únicamente. Nadie va por ahí contando con orgullo el número de bifes de chorizo y langostas que se ha comido; mientras que muchas personas hacen gala del número de gente con los que se han acostado. Porque lo primero no tiene ningún efecto sobre la identidad mientras que lo segundo le es imprescindible. Máxime en una cultura que funda el valor de la gente en su atractivo físico y que admite la simplona ecuación “mayor atractivo = mayor número de conquistas”.

El placer de dominar y el placer de querer, y “quién soy yo en todo esto”

Es posible, en consecuencia, que el “placer” sexual pueda estar teñido o bien de dominación (y, por tanto, engrandecimiento del propio yo a costa del otro) o bien de aprecio (y, por tanto, engrandecimiento de todos los involucrados). Y que estos tintes sean detectables y diferenciables por medio de la comparación entre diversas experiencias sexuales.

Que la persecución de la variedad obedezca no a la satisfacción de una necesidad o a la exploración de un placer sino al mantenimiento de una identidad relativamente frágil fundada en el poder o el dominio; y que el sexo sea tan importante para los seres humanos porque se vincula íntimamente con la identidad, con el “¿quién soy yo?”

Una conclusión demasiado moralista, me parece.

Pero sin duda sugerente.

Las intituciones desde la perspectiva psicológica: el Ecuador, una sociedad hobbesiana

El Leviatán, de Thomas Hobbes

He terminado por fin el artículo acerca de las instituciones desde la perspectiva psicológico-evolutiva. Está disponible aquí.

Este es el resumen del contenido:

El objetivo de este texto es introducir el punto de vista de la epistemología evolutiva (tal y como ha sido desarrollada, ante todo, en la psicología) en el análisis de las instituciones y extrapolar sus implicaciones. Se empieza con una breve exposición de lo que la psicología puede aportar al estudio de la institución para continuar con una somera revisión histórica de los fundamentos de la tradición occidental acerca de la naturaleza del cambio, el surgimiento de las sociedades y el papel de las emociones en la vida social. Luego, se presenta el esqueleto de la visión evolutiva (reproducción, variación, selección) y la noción de “institución” que de él se deduce. Finalmente, haciendo uso de este marco interpretativo, se sugieren algunas líneas de reflexión acerca de la institucionalidad en el Ecuador y de su carácter de “sociedad hobbesiana”.

Aunque la primera parte explica de manera clara y sencilla la naturaleza de un algoritmo evolutivo, me quedo con la última, que afirma, a partir de la teoría evolutiva, que la sociedad ecuatoriana es “hobbesiana”; es decir, que se funda en la desconfianza y la suspicacia, firmemente ancladas en nuestra forma de experimentar el mundo y la existencia.

Creo que esta hipótesis permite entender buena parte de las crisis y callejones sin salida en que el país se encuentra día tras día.

“No voto por Correa sino contra Noboa”, o el inexorable fracaso del voto negativo

Álvaro Noboa

Las últimas encuestas (que dan la ventaja a Rafael Correa) parecen indicar que la tendencia de los votantes ecuatorianos se ha invertido. Puede que a esto haya contribuido, por un lado, el apoyo de Chávez a Correa y, por otro, la decisión de Noboa de aproximarse a liderazgos tradicionales de la derecha ecuatoriana. Asimismo, puede que el cambio de discurso de Correa, ahora más cauteloso y conciliador, haya jugado en su favor.

Sin embargo, tengo para mí que la dinámica de este cambio, bastante comprensible en un país cuya opinión pública es frívola y oscilatoria y que puede pasar de venerar a un líder a asesinarlo en menos de un año (recordemos a Eloy Alfaro y a Jamil Mahuad), tiene que ver con la intensa campaña negativa que ha surgido en contra de Noboa en Quito.

Digo “ha surgido”, y no “se ha orquestado”, porque aunque no me cabe duda de que parte de ella ha sido producida (así se juega de sucio en toda campaña política), encaja bastante bien con la mentalidad quiteña, un tanto bienpensante y preocupada por las formas -que será sujeto de otro análisis, en la línea de este texto.

Ahora bien: las campañas negativas no se dedican a ganar votos para un candidato sino a minar los del otro. En esa medida, el aumento de votos por Correa puede no tanto obedecer a la creencia en sus ofertas de campaña (un tanto demagógicas) ni al apoyo a su línea de pensamiento, sino a la negativa a votar por Noboa. No hay un “me parece que Correa lleva razón”, sino un “¡jamás votaría por un &%$/%& como Noboa!”

Esto, el decidirse por “el menos malo” y no por el mejor, tiene implicaciones nefastas a mediano plazo, que podemos plasmar mediante el modelo del conflicto “evitación-evitación”.

Voto negativo y conflicto evitación-evitación

El problema del voto negativo puede resumirse así: cuando se vota en contra de una opción y no a favor de la otra, la opción elegida, tarde o temprano, deviene inaceptable.

Para entenderlo podemos usar un modelo de comportamiento propuesto por Dollard y Miller en su monumental Personalidad y Psicoterapia, donde intentaron unificar la teoría conductista con el psicoanálisis. En lo cual fracasaron, no sin antes abrir fértiles territorios de investigación para psicólogos, economistas y teóricos de la acción. Este modelo ha generado, entre otras cosas, un análisis de la adicción desde la teoría de la acción racional sumamente interesante y sugestivo.

El conflicto “evitación-evitación” surge cuando se obliga a una persona a elegir entre dos (o más) alternativas no deseadas. Esto la coloca en medio del siguiente (y simplificado) gráfico:

Conflicto de evitación-evitación

X e Y son las opciones a las que la persona puede alejarse o aproximarse (lo cual se mide en el eje horizontal). Puesto que son dos, el alejarse de una implica aproximarse a la otra, y viceversa. El eje vertical mide la repulsión que la persona siente por las opciones X e Y.

Naturalmente, a medida que se aleja de X, el rechazo disminuye (ya que deja de estar presente, real o virtualmente); y lo mismo sucede con Y. Es decir, la distancia está inversamente relacionada con la repulsión.

En esta situación (que desde la teoría sistémica se llama “doble vínculo“), la persona está condenada a oscilar eternamente entre X e Y (esto es, a moverse entre las líneas verticales punteadas). Cuanto más se aproxime a X, menos sentirá el deseo de alejarse de Y -lo cual le traerá cierto alivio; pero más asco experimentará por X, cosa que la motivará a distanciarse de ella -y caer en la órbita de Y. Y así, de X a Y y viceversa, en un ciclo interminable e infernal.

La situación actual, pues, podría modelarse así:

Conflicto evitación-evitación, Noboa-Correa

Es decir, que el asco que mucha gente siente ante Noboa es más intenso que los reparos que pueden tener por Correa, de modo que se encuentran más próximos a este último. Pero no porque sus propuestas les convenzan, sino sólo por la fuerza centrífuga ejercida por el otro candidato. Impulsados por esa fuerza, votan por Correa para librarse del que conciben como “mayor mal”.

Ahora bien: cuando la persona logra decidirse, casi siempre por la fuerza, hace de tripas corazón y abraza, digamos, Y para desvanecer su asco por X. Es entonces, una vez que X ha salido de escena, que comienzan a manifestarse las desventajas de haberse inclinado por Y. Al fin y al cabo, las políticas de Y tampoco le parecían convincentes. Y ya se olisqueaba su prepotencia por debajo de sus gentiles maneras… Y ¿qué es esto de ponerse por encima de los poderes? Etcétera…

En otras palabras: me temo que cuando hayamos votado nos encontremos en la situación cristalizada en este, nuestro último gráfico:

Conflicto de evitación a secas

O sea, condenados a favorecer políticas, planes, decisiones y acontecimientos que no nos gustan -pero que, en su momento, nos parecieron preferibles a los otros; y a un tris de arrepentirnos y dar al traste con nuestra decisión -y con la Constitución y la cada vez más tenue institucionalidad ecuatoriana.

En suma, atrapados en el círculo sin fin del voto negativo y el conflicto evitación-evitación.

¿Cuántas veces nos hemos visto en esta tesitura? ¿Cuántas hemos votado no por convicción sino por rechazo?

De ahí, tal vez, que a la vuelta de la esquina defenestremos al mismo que nuestros votos pusieron en el poder.

¿Cómo salir de aquí? ¡Ampliando el espacio de elección!

Pero eso es otra historia

La degradación del periodismo, o el periodista, de comentarista a francotirador

La mayor parte de gente estaría de acuerdo en que los dos periodistas más representativos del Ecuador son Carlos Vera y Jorge Ortiz. Son, sin duda, los que gozan de mayor presencia en los medios: editorialistas de varios periódicos y revistas, entrevistadores estrella de sus canales de televisión, corresponsales de servicios de prensa internacional… En suma, quienes toman el pulso al país día tras día para exhibir sus diagnósticos en los medios masivos.

Pese a sus diferencias (sin duda abismales) tienen algo en común: su estilo de entrevista, que podríamos denominar “francotirador”. Se apostan detrás de su escritorio, adoptan una actitud profesional y someten a su entrevistado/víctima a una andanada de preguntas capciosas y vagamente inquietantes. Aprovechan cualquier desliz para introducir la cuña de la duda y la desconfianza: nada es lo que parece, todo es sospechoso, nadie está a salvo de su mirada penetrante.

Lo admito: los he caricaturizado un poco. Sólo un poco, y no más de lo que ellos suelen caricaturizar a sus invitados. ¿Será esto lo que ha de hacer un periodista?

Supongo que no. Al menos, no solamente esto.

Este estilo de entrevista tiene sus implicaciones, no demasiado positivas. Por ejemplo, que tienden a ser erráticas. Una conversación fluida es como una danza: los intercambios se suceden rítmica y apropiadamente, sin solución de continuidad, en una dirección que se va estableciendo sobre la marcha. Las entrevistas de Vera y Ortiz también parecen una danza -sólo que una en la que ambos bailarines quieren conducir y se niegan a ceder ante el otro; con lo cual, están llenas de desvíos abruptos, silencios cargados de tensión y respuestas de relleno.

A los espectadores les cuesta seguir estas entrevistas salpicadas de azar -por más que disfruten del morbo de ver cómo Ortiz o Vera crucifican a cualquier persona que se aviene a conversar con ellos.

Pero lo más terrible es que, en contra de lo que ambos puedan suponer, este estilo de entrevista no encaja dentro del periodismo serio. El objetivo de una entrevista es aproximar a los escuchas o televidentes a un personaje: internarnos en su mundo, su forma de pensar y vivir, sus ideas; familiarizarnos con aquello que lo hace diferente -sea un actor, un cantante, una personalidad o un político. No es desnudar sus contradicciones frente a millones de personas.

Desde luego, el entrevistador puede ser confrontantivo: de hecho, es necesario que lo sea, para poner a prueba al entrevistado y permitirle explicar o aclarar un malentendido; para darle la oportunidad de demostrar su habilidad y competencia frente a una dificultad.

No obstante, no es lo mismo ser confrontativo que ser brusco, descortés o vulgar; que interrumpir al interlocutor para ahondar en una (supuesta) incoherencia; que pinchar insistente y torpemente hasta sacarlo de quicio -para regodearse entonces en su traspiés; que guardarse un as bajo la manga para esgrimirlo en el momento más inesperado haciendo gala de “olfato” periodístico.

Debajo de esto se intuye una cierta sensación de inferioridad y una continua lucha por el poder o el dominio, por imponer las reglas de la conversación. Lo cual es necesario, sí; pero puede hacerse en instantes. Es más: los entrevistadores verdaderamente hábiles lo hacen en los primeros diez segundos.

Sólo los aprendices tardan una hora en conseguirlo.

Forajidos, “partidocracia” y autoritarismo

He recibido un texto de una amiga mía, Gabriela García, comentando una serie de escritos que a su vez han aparecido en nuestras bandejas de correo electrónico (sin que los hayamos solicitado; dicho sea de paso, a esto se le llama spam).

Lo publico aquí (tras haber recibido su autorización) porque condensa mejor de lo que podría hacerlo yo mismo las razones que tengo para pensar lo que pienso y actuar como lo hago, y el motivo por el cual me resisto a abdicar de mi esperanza a manos de cualquiera de los dos populistas (el macho y el tonto) ahora en liza.

No. Si hemos de cambiar (¡y tenemos que hacerlo!) ha de ser por nuestro propio esfuerzo. Si hemos de salir adelante ha de ser porque cambiamos sensiblemente nuestras formas de comportarnos en el día a día; no porque, como de costumbre, nos limitamos a votar de mala gana y a charlar interminablemente sobre la crisis de los partidos mientras apuramos un café o un martini -para terminar coimando al policía que nos detiene por conducir en estado de ebriedad, colándonos en las filas del cine o el supermercado y regodeándonos en nuestra “inteligencia”, “viveza” o “valor patriótico” a la vez que nos sentimos traicionados por el Mesías presidencial de turno.

No. Es hora de dejar de poner en hombros de otros, por muy Presidentes, economistas, empresarios o carismáticos que sean, las responsabilidades que sólo a nosotros nos competen.

La esperanza no es Correa ni Noboa. La esperanza eres tú, y soy yo.

(Los comentarios de Gabriela están en color azul).

Tras los resultados electorales

Para algunas personas los resultados electorales del pasado 15 de octubre podrían resultar sorpresivos. Sin embargo, estos resultados ratifican dos hechos predecibles: la mayoría de ecuatorianos votó por candidatos populistas, es decir Álvaro Noboa, Rafael Correa y Gilmar Gutiérrez. Por otra parte, se manifestó un rechazo a la partidocracia tradicional: Partido Social Cristiano, PSC (de León Febres Cordero), Izquierda Democrática, ID (de Rodrigo Borja y sus aliados) y Partido Roldosista Ecuatoriano, PRE (De Abdalá Bucaram) Es así como León Roldós, aliado con la ID, no alcanzó sino un cuarto puesto, Cynthia Viteri el quinto y el candidato del PRE figura entre los menos favorecidos por el voto popular.

Personalmente, esto me parece de lamentar… Por un lado, no puedo negar que estoy contenta, porque este resultado significa que, si las cosas continúan así y con un poco de suerte, en poco tiempo más podremos librarnos de algunas figuras absolutamente indeseables de la política ecuatoriana, que la han tenido secuestrada desde hace un par de décadas.

Sin embargo, por otra parte, los partidos a los que pertenecen dichos personajes indeseables, son, lamentablemente, los únicos que se parecen al menos remotamente a lo que un partido de verdad se supone que debería ser: los únicos que tienen por lo menos una línea ideológica reconocible, una estructura organizativa relativamente estable, etc. Los ganadores de esta contienda electoral no provienen de verdaderos partidos: provienen de movimientos más bien ad hoc, que básicamente sirven como un mero telón de fondo y un mero pretexto a la figura de una persona, de un líder carismático. Pero eso no los hace partidos políticos. Y aunque a algunos les pese, sin partidos políticos no hay democracia. Así de sencillo.

Últimamente todo el mundo repite la expresión “partidocracia” como un peyorativo: para denigrar a la estructura tradicional de partidos del Ecuador, nos referimos a ella como “la partidocracia”, con una mueca de desprecio, sin detenernos por un segundo a pensar lo que estamos diciendo. Los partidos políticos no son una enfermedad, no son un engendro mutante de la corrupción: son el fundamento de la democracia representativa.

El sistema de partidos de nuestro país está desvirtuado, no cumple su papel, no funciona. Totalmente de acuerdo. Pero el Ecuador, para convertirse algún día en una democracia de verdad, debe aspirar a reformular y fortalecer su sistema de partidos políticos, no a lanzarlo a la basura. Si no fíjense en las democracias más sólidas alrededor del mundo: ¿acaso han reemplazado a los partidos políticos por los movimientos sociales o cosas semejantes? No. Los movimientos sociales tienen su lugar, y los partidos el suyo.

Tomando en cuenta que la participación directa de TODOS es imposible, por razones evidentes, ¿cuáles serían las alternativas, si queremos deshacernos de la “partidocracia”? Las asambleas populares, sería la respuesta. Pero no pueden ser asambleas así nada más, espontáneas. Evidentemente, las asambleas deberán constituirse con estructuras y mecanismos estables: no pueden ser tan informales como una reunión de ex-compañeros del colegio… Para que funcionen y no terminen convirtiéndose en una payasada, probablemente tendrán que adoptar formas organizativas en mayor o menor medida similares a la de los partidos…

Estoy de acuerdo con introducir mayores espacios para la participación ciudadana en la democracia. Pero para mí eso definitivamente NO quiere decir que la ciudadanía, o peor aún una reducida parte de ella pueda, cuando le da la gana, llevarse por delante a las instituciones democráticas, como las dignidades elegidas por mayoría de votos, los partidos políticos, los periodos y mecanismos establecidos por la Constitución Política, etc.

Si nosotros, los ciudadanos, cada vez que se nos ocurre nos tomamos la atribución de atropellar las instituciones fundamentales de la democracia, aún si es en nombre de cualquier “causa justa”, ¿con qué cara les vamos a reprochar a los gobernantes, a los diputados, a los jueces, a los policías, cuando hagan lo mismo?

Álvaro Noboa, ya ha destapado varias de sus cartas: Sí al TLC, sí a la base de Manta, eliminación del impuesto a la renta, ruptura de relaciones con Cuba y Venezuela, capitalismo neoliberal puro y duro. También realizó muchos ofrecimientos de campaña completamente demagógicos como la construcción de 300 mil viviendas por año, es decir, casi mil viviendas por día, o 40 veces más viviendas que el gobierno que más soluciones habitacionales construyó anteriormente. No menos demagógico es su estilo de regalar dinero en efectivo, sillas de ruedas, computadoras, “conceder” microcréditos y hasta dar misa.

El otro candidato finalista, Rafael Correa, logró el segundo lugar y no el primero como aseguraban las encuestas, que una vez más, fallaron notablemente. Al enfrascarse Correa en enfrentamientos con León Roldós y con Cynthia Viteri, el beneficiado fue Noboa. Ciertos pronunciamientos claros de Correa son: No al TLC, no a la base de Manta, Asamblea Constituyente con plenos poderes y gobernar a favor de los intereses de los ciudadanos y no a favor de los grupos económicos de poder.

¿Acaso los ofrecimientos de Correa no son también demagógicos? Simplemente son para otro público, para otro segmento del mercado electoral… Para ciertos segmentos de la población pobre del país, las 300 mil viviendas ejercen una poderosa atracción visceral. No piensan que es un ofrecimiento absurdo, que eso quiere decir mil casas al día y que desde todo punto de vista racional es sencillamente imposible que cumpla esa promesa de campaña.

Sin embargo, las distintas ofertas de campaña de Correa son igualmente absurdas, no resisten aún el análisis más superficial, son virtualmente imposibles de cumplir, pero ejercen una poderosa atracción visceral para “los movimientos sociales, sectores progresistas y en general la ciudadanía”, o más bien ciertos sectores de ella. Eso para no mencionar que últimamente ha moderado su postura con respecto a muchos de esos temas, demostrando que, de todo su varonil extremismo, no se puede esperar mucho más que de un comercial de pasta de dientes.

Como resulta lógico, la derecha económica y política del país ha volcado su apoyo a Noboa.

Lamentablemente, esto es una verdad a medias, una afirmación tendenciosa, que hace pensar al lector que es únicamente “la derecha económica y política del país” la que está apoyando a Noboa. Lamentablemente, muchos ciudadanos conscientes día a día nos vamos dando cuenta de que entre Correa y Noboa, por más que nos disguste, la opción más razonable para el país, aparte del nulo, es Noboa, y no porque creamos por un segundo sus risibles ofrecimientos.

Con el dolor de mi alma, probablemente vote por Noboa, con la esperanza de que ello le traiga por lo menos un periodo de cuatro años de relativa estabilidad a nuestro pobre país, y de que poco a poco se nos vaya quitando la pésima costumbre de querer hacer “borrón y cuenta nueva” cada vez que no nos gusta el gobernante elegido por la mayoría.

Es entonces hora de dejarnos de sueños, de asumir la lucha por nuestros derechos más allá de lo coyuntural de las elecciones. Es tiempo de buscar la unidad en lo diverso que es nuestro país, su cultura y su gente. Pero una unidad que apunte a un proyecto político claro, liberador, transformador de las injustas estructuras que nos oprimen.

Es hora de dejar de soñar, de acuerdo. Dejemos de soñar que “los forajidos/los ciudadanos/los quiteños/el pueblo sacamos a tal o cual presidente”: los que sacaron a esos presidentes fueron otros, los que tenían muchos intereses en juego, los que tomaron la decisión final, lejos de las protestas y los gases, los que lograron que, a la salida de Lucio, el país siga estando básicamente en las mismas manos; los forajidos, tristemente, fueron simples instrumentos. Dejemos de soñar que Correa, si es que gana, va a poder hacer siquiera la mitad de las cosas que promete, tomando en cuenta que va a tener a la mayoría del Congreso como oposición. Dejemos de soñar que Correa, o cualquier otro que venga en el futuro, será el Mesías que salvará con una sola mano al Ecuador.

Hace poco un amigo comparó al Ecuador con un carro que se hunde en el fango, diciendo que es imposible sacarlo poco a poco, y más bien es necesario sacarlo de golpe, de un solo movimiento decisivo y violento. Otra comparación que he oído es que el Ecuador es un carro donde todas las piezas están dañadas: en lugar de tratar de cambiar una por una las piezas, hay que botar todo el carro. De acuerdo, ambas comparaciones tienen lógica. Pero lo que no consideran esas dos comparaciones, y muchas otras por el estilo, es que tú y yo, y el resto de ciudadanos, no estamos afuera del carro, viéndolo pensativos desde cierta distancia.

NOSOTROS TAMBIÉN SOMOS EL CARRO, nosotros también somos piezas dañadas, somos parte del problema. Porque no sabemos respetar las leyes, ninguno de nosotros: todos nos pasamos los semáforos en rojo, todos manejamos pegados los tragos, todos nos parqueamos en las veredas y en los espacios para minusválidos, todos estamos felices si descubrimos alguna manera de tener todos los canales del TVCable sin pagar, todos, AUNQUE SABEMOS QUE ES ILEGAL, INMORAL, ANTIÉTICO.

Muchos dirán que son tonteritas, que eso no se compara a la corrupción en el Congreso o en Petroecuador. Lo siento, pero es exactamente lo mismo y es hora de que lo admitamos. Y sacar a la fuerza a un Presidente que fue elegido, bien o mal, mediante los mecanismos democráticos establecidos en nuestras leyes y por la mayoría de los ecuatorianos, es también exactamente lo mismo: un total irrespeto por las normas, por el orden, por el Estado, y por el resto de la sociedad que conforma ese Estado. Y mientras no perdamos ese irrespeto arrogante y cínico, no vamos a ninguna parte. Sea con Correa o con Noboa, a ninguna parte.

¿Dónde está el poder forajido?

Reflexiones de un forajido quiteño de pura cepa, a propósito de las elecciones 2006 y de la euforia gutierrista

Preámbulo

El 2 de agosto de 1810, un año después del 10 de Agosto, Primer Grito de Independencia, que le valió a Quito el título de “Luz de América” dado por próceres de otras latitudes, Quito puso el pecho a las balas colonialistas. No solo los próceres en los calabozos fueron asesinados. Más de 3 mil quiteños, ecuatorianos, murieron en la batalla enfrentando a la soldadesca colonialista hispana, reforzada con fuerzas colombianas, panameñas y peruanas.

En primer lugar, en ese momento no existían ni el Ecuador, ni Colombia, ni Panamá ni el Perú. Es completamente arbitrario y absurdo, por no decir malintencionado, llamar así a los que lucharon de un bando o de otro.

Vuelve la histeria guitierrista

Los y las gutierristas, con la Ivonne Baki casi histérica de la alegría, con Gilmar y su banda creyendo que lo tienen todo, fanfarrones y prepotentes, empiezan a preguntar –acolitados por Andrés Carrión y otros de esa laya- ¿qué será del efecto forajido? ¿Dónde están los forajidos? Andan diciendo que el resultado electorero es una bofetada a los forajidos.

Por supuesto que lo es. Todas las personas que en un principio votaron por Lucio Gutiérrez y no estuvieron de acuerdo con el puñado de valientes quiteños que lo sacaron del poder, están en todo su derecho de votar de nuevo por el mismo partido. Sobre todo porque los valientes quiteños, cuando botaron al presidente, no se molestaron en preguntarle su opinión a nadie más.

Dicen, en esa simpleza que les caracteriza, que unos cien mil quiteños no pueden cambiar gobiernos por su gusto. Que el Ecuador es más que ese cero coma, cero uno por ciento de electores que le botamos al Gutiérrez y su banda.

Y tienen TODA LA RAZÓN. Por más que los forajidos hayan tenido la mejor y más noble de las intenciones, eso por sí solo NO LES DABA NINGÚN DERECHO a decidir por los demás, a decidir qué era lo mejor para el país. ¿Por qué no? Ante todo porque sí eran una minoría, comparada con el resto de ciudadanos a los que nadie les preguntó si estaban de acuerdo.

Claro que no solo fue en Quito, también se sumaron otras ciudades al movimiento. Recuerden, horda de fatuos, que León y Nebot solo se sumaron cuando casi todo estaba dicho…

Yo no diría eso. Más bien diría que León y Nebot y otros protagonistas de nuestra política se sumaron para decir la última y decisiva palabra… Dejemos de soñar en pajaritos de colores, no fueron los forajidos los que sacaron a Gutiérrez: fueron los grupos de interés de siempre…

…Todo el discurso que se presenta en este artículo es un sinfín de grandilocuencias exaltadas, con el tinte patriótico que está tan de moda, y que al final suena exactamente igual que los discursos de Pol Pot o las mejores páginas de “Mein Kampf”. Un documento de propaganda, que no tiene miedo de recurrir a acomodos de la Historia nacional para dar colorido a su argumento. Un panfleto pretencioso repleto de las manipulaciones de significado más cínicas. Y ante todo una reivindicación virulenta del puñado de héroes salvadores de la Patria, que a la fuerza impusieron al resto del país su forma de ver las cosas y su idea de lo que debería ser la política, y que tratan con arrogancia y total falta de respeto a quienes no comparten su iluminado punto de vista, calificándolos de “simples” y “fatuos”, y subestimando su legítimo derecho a opinar como ellos quieran y a votar como ellos quieran.

Qué miedo que tantos y tantos ecuatorianos hagan suyo este tipo de discursos autoritarios, iracundos y fanáticos, que incluso llegan a amenazar directamente al lector (“que no se equivoquen” éstos, “que se cuiden” los de más allá…). Nosotros que tanto criticamos a los gringos y la manera cómo llevan su país, qué miedo ver como penetra en nosotros también la mano del autoritarismo, y sin que nos demos cuenta…

La esperanza de vida de una Constitución en el Ecuador

En Ecuador, la esperanza de vida de una constitución es de nueve años.

Poco más de dos períodos presidenciales.

He llegado a este dato mientras redactaba un artículo acerca de las instituciones desde una perspectiva psicológico-evolutiva (que, dicho sea de paso, me ha restado el poco tiempo de que disponía para esta bitácora).

Me han bastado cinco minutos y una hoja de cálculo.

Estos son los datos:

Las diecinueve constituciones del Ecuador

Así las cosas, ¿puede alguien creer que una Asamblea Constituyente cambiará al país?

Más aún: ¿puede alguien ser tan ingenuo como para pensar que esta vez lograremos por fin escribir la Constitución perfecta que nos permita “refundar la patria” prístina y paradisíaca?

E incluso si lo consiguiésemos, ¿puede alguien esperar que dicha Constitución siga viva durante el tiempo suficiente para modificar sensiblemente la realidad del país -o, sin ir más lejos, para ponerse en práctica en todos sus puntos?

¿Es que somos más inteligentes, honestos, sabios, amables, solidarios, enterados y vivaces que nuestros antepasados? ¿O es que eran todos unos consumados imbéciles?

¿Por qué ahora sí va a funcionar una solución que hemos intentado diecinueve veces en ciento setenta años sin éxito alguno -o, incluso, fracasando cada vez más estrepitosamente?

Esto me ha recordado dos frases maravillosas pero lapidarias:

Estar loco es hacer lo mismo una y otra vez y esperar que tenga un resultado diferente.
George Kelly

y

Quienes no conocen su historia están condenados a repetirla.
George Santayana

En el fondo de la caja

Álvaro Noboa y Rafael Correa

Cuando Pandora abrió la caja y dejó salir todos los males del mundo, quedó desolada.

Desesperada, más bien.

Entonces, una vocecita la llamó desde el fondo de la caja. Asustada, Pandora se asomó -¿quedaba todavía algún mal por escapar?

Allí, en plena oscuridad, una luz diminuta empezó a crecer y a flotar tímidamente; y de un salto alivió las heridas de Pandora y Epimeteo y se lanzó a sanar el mundo.

Era la Esperanza.

Pandora, de Rosetti

Sí, sé que es difícil de ver.

Pero allí está, en la oscuridad,

En el fondo de la caja.