Upaya y terapia

El budismo es proceso y no contenido
Como bien señala Alan Watts, el budismo debe entenderse no como una “filosofía” sino como un diálogo; es decir, no como un contenido específico de sabiduría a “transmitir” sino como un proceso de aprendizaje y crecimiento espiritual en el contexto de la relación entre aprendiz y maestro.

En realidad, el diálogo es también el inicio de la filosofía griega. Parece que Platón coincidía, a este respecto, con el Buddha; sus escritos consisten justamente de diálogos donde lo que prima es el proceso de búsqueda de la verdad, ejemplificado por las preguntas de Sócrates, por sobre el contenido especifico o el tema en debate.
Parecida estructura tienen otras obras maestras de la filosofía; más recientemente, las Investigaciones Filosóficas de Ludwig Wittgenstein, escritas como una conversación del filósofo consigo mismo donde los argumentos se suceden y superponen de manera errática, entremezclados con ejemplos y “experimentos mentales“.

Upaya: medios convenientes
En el diálogo budista, el maestro utiliza los llamados Upaya, “medios hábiles” o convenientes para “despertar” al discípulo poniendo en jaque su lógica para forzarle a salir de ella. El koan zen es un heredero de estos upaya; como, por ejemplo, la siguiente historia:

Un monje pidió a Zhaozhou que fuera su maestro.
Zhaozhou le preguntó: “¿has comido ya?”
“Sí”, respondió el discípulo.
“Entonces, ve y lava tu plato”.
En ese momento, el discípulo alcanzó la liberación.

El aparente sinsentido del cuento es precisamente la fuente de su poder; pero sólo puede ser experimentado, no explicado. Y si alguien objeta que esto es absurdo e imposible, basta con indicarle que lo mismo ocurre en todos los terrenos de la existencia.
Un chiste, por ejemplo, no puede explicarse; si hace falta explicarlo, pierde toda su gracia -y deja de ser un chiste para volverse una sucesión de palabras. La risa es el único indicador de la comprensión -como el llanto o los suspiros indican que se ha entendido un buen poema y los gemidos, que se ha disfutado de una buena comida.

La visión yang: el upaya como “poder”
La tradición estratégica, tan típicamente yang, ha enfatizado la “habilidad” técnica del “maestro”, su ingenio, vivacidad y “poder”. Milton Erickson ocupa, en el panteón estratégico, el lugar de los maestros zen más reputados: su figura continúa generando controversia, admiración rayana en la idolatría -¡y un mercado nada despreciable de seminarios, congresos, talleres y terapeutas!
La fascinación se debe, creo yo, al aura de magia que lo rodea y que se acentúa con cada nuevo seminario e historia, donde Erickson resuelve síntomas o patologías de larga data con una o dos frases cegadoramente penetrantes, una o dos prescripciones paradójicas, una o dos metáforas insondables.

Y lo triste es que, por más que el propio Erickson luchara toda su vida contra la idea de que el hipnotista tiene un “poder” sobre el hipnotizando, su figura y el modo en que es utilizada ha contribuido, quizá más que ninguna otra cosa, a la creación y decadencia de algunos de los más temibles gurúes de la psicoterapia -y a la concepción de la terapia como una batalla y del terapeuta como un “amo de la guerra psicológica” por el “bien” de las personas.

Desmitificando a Erickson
La realidad era mucho más prosaica (según Scot Giles, hipnoterapeuta mundialmente famoso). Efectivamente, Erickson podía hacer entrar en trance a una persona con un solo gesto -y es esto lo que más se publica y afirma.
Lo que se olvida decir, a sabiendas o no, es que para conseguir dicha proeza Erickson dedicaba seis u ocho sesiones preparatorias a enseñar a la persona a entrar en trance -¡y cobraba cada una de ellas!

Sus intervenciones, pues, no eran ni tan “brillantes” ni tan “espontáneas” como se suele creer; se basaban en un extenso conocimiento de la persona y su contexto, y sucedían en medio de una terapia más o menos prolongada.

Quizás Erickson contribuyó inadvertidamente a su mitificación. Por un lado, cuando redactaba sus historias clínicas se centraba en las últimas sesiones, en las cuales introducía las intervenciones que le han ganado fama (regresiones a un período anterior al síntoma, prescripciones sintomáticas paradójicas, etc). Y, por otro, hacía demostraciones públicas de hipnosis en seminarios y conferencias con singular éxito. Pero allí sus sujetos eran psicólogos o psiquiatras con años de entrenamiento en alguna escuela psicológica y con cierta experiencia en hipnosis; ¡totalmente diferentes del paciente promedio!

La visión budista: el upaya y la compasión
Esta perspectiva yang, aunque atractiva, termina por traicionar el sentido original del upaya -que era, naturalmente, yin.

En el budismo, el upaya no nace de la habilidad o competencia técnica del maestro sino de su compasión; de su capacidad de vibrar al unísono con la experiencia de sus discípulos, de entender su sufrimiento como propio y señalar con su actividad la salida de la trampa, la vía a la trascendencia.

La razón es muy sencilla: cada persona es un mundo, cada caso es diferente. No pueden formularse reglas universales; o más bien, han de formularse, pero nunca seguirse al pie de la letra. Si el maestro siguiera una regla para liberar al discípulo, no habría necesidad del maestro, sólo de la regla; cosa que olvidan quienes se esmeran en redactar los manuales de psicoterapia que tanto éxito tienen entre los estudiantes.

Asimismo, si el maestro hubiera de seguir una regla, él tampoco estaría liberado, sino cautivo de la misma regla; ¡mal podría liberar a nadie!

El upaya, la palabra justa o el silencio exactos, nacen de la compasión, no de la razón.

Equivalentes contemporáneos del upaya
Me parece que la idea de upaya, tal y como se sigue en la vía zen, se asemeja al “perturbador estratégico” de la terapia posracionalista, donde el terapeuta desequilibra hábilmente los “significados” del paciente, su forma de explicarse y organizar su experiencia, con el fin de moverlo a complejizarla y flexibilizarla.

Algo parecido persiguen la “confrontación” de Minuchin, la “contraparadoja” de Milán y las locuras que profería Whitaker, el más zen de los pioneros sistémicos: perturbar el “sistema familiar” retándolo a ampliarse. Todos ellos coincidían en que el terapeuta debe “ingresar” a la familiar, “coparticipar” con ella, antes de “confrontarla”.

Es decir, que la intervención se cocina en el caldo de la compasión y la empatía -aunque la técnica determine su sazón.

Dos ejemplos célebres de Upaya
Para terminar, dos ejemplos de upaya famosos y brillantes, sin más comentario.

El primero es una anécdota de Alfred Korzybski, fundador de la Semántica General, inspirador de Bateson y Kelly y autor de la archiconocida frase “El mapa no es el territorio“.

Habían pedido a Korzybski que diese una conferencia en una prestigiosa escuela femenina donde tenían una “alumna problema”, demasiado pedante y pagada de sí misma. Korzybski, que siempre daba sus charlas sentado detrás de una mesa, pidió a la chica (tras ser presentado) que se sentara junto a él. Ella aceptó inmediatamente, llena de orgullo.

En medio de la charla, Korzybski extrajo de sus bolsillos una cajetilla de cigarrillos, una boquilla y una caja de fósforos; luego, sin dejar de hablar, colocó ostentosamente un cigarrillo en la boquilla. La chica, que había contemplado la escena con interés, avanzó hacia la caja de fósforos y, a una señal casi imperceptible de Korzybski, procedió a tomarla para encender su cigarrillo. Para su sorpresa ¡la caja estaba vacía!
En ese punto, Korzybski interrumpió su conversación y la miró fijamente, al igual que todos los asistentes. La chica, sin inmutarse, dio vuelta a la caja y espetó: “¿A quién se le ocurre andar con una caja de fósforos vacía?”
Con un gesto displicente, Korzybski replicó: “Querida, el mundo es mucho más grande de lo que puedes imaginarte”; y depositó la boquilla en la mesa.

Al rato, sin dejar de hablar, sacó de su bolsillo otra caja de fósforos, la puso en la mesa y tomó la boquilla. La chica, una vez más, esperó ansiosa para encender el cigarrillo; pero esta vez, se acercó la caja al oído y la agitó; y al escuchar el sonido de las cerillas, la abrió y tomó una. ¡Estaba usada! ¡Todas lo estaban!
Un tanto avergonzada, tiró la caja sobre la mesa y exclamó: “¡Están usadas! ¡No puedo creer que usted lleve cerillas usadas! ¡Mi padre nunca haría eso!”
Korzybski la miró con impaciencia y le dijo: “El mundo es un lugar mucho más grande y complejo de lo que tu padre o tu madre pudieron nunca imaginar”; y dejó, nuevamente, la boquilla en la mesa.

Minutos más tarde, sacó una tercera caja del bolsillo y la puso sobre la mesa. La chica, sin esperar a que Korzybski cogiera la boquilla, se acercó la caja al oído y la agitó. ¡Nada! La devolvió a la mesa, miró con sorna al viejo calvo y regordete, y se sentó nuevamente con un aire triunfal.

Korzybski, sin dejar de hablar, se puso la boquilla en la boca, tomó la caja y la abrió con un golpe seco. Estaba llena de cerillas; tan llena, de hecho, que no quedaba espacio para que se movieran o hicieran ruido. Sin darle importancia, tomó una, la golpeó contra la caja y encendió por fin su cigarrillo. Y así continuó con su conferencia, mientras la chica, a su lado, se sentía cada vez más molesta, fascinada -y pequeña.

El segundo, una anécdota de un monje zen contada por Alan Watts.

El monje había sido invitado a la ceremonia del té en la mansión de un prominente político. Una vez allí, constató, al detectar una cierta calma en sus movimientos, que una de las sirvientas había recibido entrenamiento zen; así que cuando hubo concluido la ceremonia y empezado el momento de la charla informal, el monje le hizo señas para que se acercara. Cuando la tuvo enfrente, le dijo: “Quiero hacerte un regalo”; y tomando con las pinzas un carbón ardiente del incensario que estaba a su lado, se lo ofreció.

Rechazar un regalo de parte de un superior es una afrenta inconcebible en Japón; así que la muchacha alargó las mangas de su precioso kimono ceremonial y tomó el trozo de carbón con ellas, quemándolas horriblemente.

Acto seguido, la muchacha respondió: “También yo quisiera hacerle un regalo”; y procedió a ofrecerle otro pedazo de carbón al rojo vivo. “Muchas gracias”, replicó el monje, mientras lo usaba para encender el cigarrillo que ya había preparado.

Somos habitantes del Monte Lu (o no se puede cambiar el mundo)

Del anterior post se desprende una reflexión breve y contundente: la mirada “desde afuera” no existe. El terapeuta es parte inseparable del “sistema terapéutico”, conque no puede “afectar” unidireccionalmente a la familia o a las personas en ningún sentido.

Así como la idea de “cambiar el mundo” deviene absurda en cuanto uno repara en que es parte de lo que ha de ser cambiado, así el “cambiar a la familia” (o “el patrón”, o “el problema”, o “las jerarquías”, o cualquier cosa) se vuelve un sinsentido cuando uno admite, en lo más íntimo, el “surgimiento mutuo” de la realidad, la mutua interdependencia de todo lo existente. Porque, entonces, se comprende que es imposible “salirse” para alcanzar una “mirada desde ninguna parte” (según la feliz frase de Thomas Nagel) o curar el yo usando el propio yo (como descubrió el Buddha) o “cambiar el sistema desde dentro” (como gustaba de advertir Bateson: nunca estarás “fuera” y nunca “cambiarás” nada).

Creo que la manera más hermosa de expresar esta verdad es un poema de Su Dongpo, de la dinastía Song:

El Monte Lu

Desde ese lado, un pico;
desde éste, una pradera.
Lo mires desde arriba o desde abajo
Nunca será el mismo.
¿Cómo es que no podemos descubrir
la auténtica forma de esta montaña?

Es que, ¡oh, amigo mío!, tú y yo somos
Meros habitantes del Monte Lu.

Crear, destruir, preservar

Muchas veces he pensado que los antiguos hindúes lograron mucha mayor penetración en la naturaleza de la existencia que la mayoría de filósofos de la tradición occidental -incluyendo a los existencialistas (¡y sobre todo a ellos!) Un par de frases de las Upanisads valen lo que todo el Ser y Tiempo de Heidegger; la que profirió el Buda al alcanzar la iluminación (en el Dhammapada), cientos de páginas acerca de “la naturaleza del self“:

¡Oh, constructor de la casa! Te he visto. No volverás a construir. Las vigas han sido quebradas, el soporte central se ha roto. Mi mente ha alcanzado lo incondicionado; y alcanzado lo incondicionado, se ha liberado del apego.

Trimurti

La trinidad hindú, la Trimurti (“tres formas”), está compuesta de tres aspectos del mismo “principio” -al que los occidentales llamarí­amos erróneamente “Dios”, puesto que no se trata de una persona sino del Principio de Todo, que trasciende infinitamente la consciencia humana. Los aspectos son algo así como ropajes que la Deidad, Îsvara, se pone en diferentes momentos; disfraces que adopta para cumplir sus propósitos. Cuando crea, es Brahmâ; cuando destruye, Shiva; cuando preserva lo existente, Vishnu. Esta división permite, entre otras cosas, señalar algo que la idea de “un solo Dios” oculta: crear no es lo mismo que mantener. De hecho, es justamente lo contrario, en un sentido -así­ como destruir es su opuesto en otro.

Pero si lo último es evidente, lo primero no. Crear es el principio, destruir el final; crear es “positivo”, destruir “negativo” -o así tendemos a pensar. Se oponen, pues -cualquiera lo sabe. Mas ¿cuál es su relación con el preservar?

Brahma

Mantener, por definición, requiere paciencia, comprensión, bondad, tolerancia y compasión, justamente los atributos de Vishnu. Requiere también de la ubicuidad; aquello que preserva lo existente debe hallarse en todas partes; y, por ende, en ninguna. Es un “acto pasivo”, como si dijéramos; no consiste en hacer nada, sólo en estar presente.
Crear, por el contrario, es inherentemente activo y se deriva del deseo y de la imaginación: Brahmâ dio a luz a sus hijos imaginándolos y dividiéndose a sí mismo, y se unió con su hija-consorte, Gayatri (o Sarasvati) para crear el mundo. Tanto el acto de creación como el de destrucción establecen una diferencia, marcan un antes-y-después; mientras que la preservación se basa en evitar las diferencias -minimizarlas, reducirlas, ignorarlas o trascenderlas. En este sentido, podrí­amos decir que crear y destruir son, stricto sensu, actos, mientras que mantener es la ausencia de cualquier acto -ya que “actuar”, por definición, implica instaurar una diferencia en el mundo.

Así­ pues, crear y preservar son inherentemente incompatibles -tanto en la filosofía como en la vida misma. Los creadores -artistas, poetas, músicos, cientí­ficos, profetas- y los preservadores no pueden avenirse durante mucho tiempo, pues sus esfuerzos tiran en direcciones opuestas.

Lo cual genera, para cada uno, un determinado tipo de placer, una suerte de felicidad -y una clase específica de dolor.

El enigma del mal

Baphomet
Todo filósofo, todo teólogo, todo ser humano afronta, por fuerza y tarde o temprano, uno de los problemas más intrigantes, complejos y urgentes de la historia: el enigma del mal.

El problema, en sí, es muy simple, casi infantil: ¿por qué existe el mal? ¿Cuál es la razón del sufrimiento, la injusticia, el pecado, la muerte?

Y, en el fondo, las respuestas son igual de simples e infantiles:

1. En realidad, no existe: el mal es una ilusión. La respuesta relativista. También podría ser la respuesta gnóstica -suponiendo, como muchos gnósticos, que lo que creemos “real” es una ilusión forjada por un dios menor, el Demiurgo (o, en términos contemporáneos, la Matrix).

2. En realidad, existe, pero no es tan grave como parece. Aquí caben varias divisiones:
-Existe, pero forma parte del Plan Divino, de tal modo que “no es tan malo”.
-Existe, pero no como fuerza positiva, sino meramente como “ausencia de bien”. La respuesta tomista.
-Existe, pero “por nuestro propio bien”: la respuesta ascética. En definitiva, una forma más evolucionada de la anterior.
-Existe, pero Ad majorem Dei gloriam: la respuesta autoritaria.
-Existe, pero perderá la batalla final: la respuesta futurista-utópica (cristiana, sin duda, pero también marxista).

3. En realidad, existe; y es tan grave como parece. Pero así es como debe ser: la respuesta taoísta (si alguien se atreve a interpretar a los taoístas…) El Mal y el Bien, en eterno equilibrio. Lo que nos lleva a

4. Existe; es grave; y no es así como debe ser -no hay ningún Equilibrio que preservar. Pero todo da lo mismo, nada importa. Porque nada existe, en realidad, con independencia de nada más. La respuesta del budismo primitivo (y tal vez del hinduismo).

Ninguna es demasiado satisfactoria; ninguna es concluyente ni irrebatible. La enredadera de la razón roba la savia del tronco de la fe.

Pero son respuestas valientes, a su manera; respuestas a las que apelamos cuando la tormenta arrecia.

Respuestas que hablan de lo que somos, en lo más profundo, desnudos de máscaras y torpes atavíos; cuando salimos al viento, indefensos como niños.

Somos los mismos, tan sólo hemos cambiado

La reencarnación siempre se malinterpreta. No consiste, ni de lejos, en pasar de un cuerpo a otro a lo largo de los siglos; esta imagen –almas tibias, lívidas y desvaídas que se reciclan una y otra vez– es tan triste como ingenua.

La teoría vulgar de la reencarnación

No consiste en convertirse en animal o vegetal: ¡flaco favor que le haríamos a la Naturaleza!

No. No tiene nada que ver con la conservación de esa mísera y maravillosa porción de la consciencia a la que llamas “yo” –los recuerdos que atesoras y acaricias, la aventura que tejes a partir de ellos y con la que sueles confundirte.

No. La doctrina budista es clara e inequívoca. No eres quien reencarna, sino la vida. El Universo se reencarna contigo -y en ti. Como la llama de la vela, que puede pasar a otra justo antes de apagarse. No es la misma llama; pero sigue siendo fuego.

Mas la reencarnación existe, y es enigmática –e incontrastablemente metafísica. La pregunta no es “¿cómo renacen las almas luego de morir?” sino “¿cómo reencarno yo, momento a momento, día tras día, año tras año?”

El Teatro de la Memoria

La verdadera reencarnación, el milagro cotidiano y trascendente, te deja sin aliento y azorado ante la grandeza de lo Inefable: el flujo perenne e incesante de lo que llamamos memoria.

¿Lo dudas? Hazte una sola pregunta: ¿qué pasaría si despertases una mañana y no recordases tu nombre?

Un pequeño y delicioso milagro

Ominoso, delicado y abrumador, hermético y maleable: seguimos siendo los mismos, tan sólo hemos cambiado.

Variaciones sobre un tema de la Biblia

O de muchas otras tradiciones.
(Por cierto: si llegas hasta el final encontrarás un enigma).

En el Precipicio

Hay un delicioso cuento zen que dice así:

Había una vez un hombre que intentaba atravesar una selva. De repente, un tigre, salvaje y sangriento, se abalanzó sobre él. El hombre echó a correr -con tan mala pata que terminó al borde de un terrible precipicio. Sin pensarlo dos veces, se descolgó por un arbusto que coronaba el despeñadero. No había terminado de dar un suspiro de alivio cuando vio que dos ratoncitos mordisqueaban las raíces del arbusto. Pero algo más llamó su atención: una fresa silvestre, grande y apetitosa, al alcance de su mano. La tomó y se la metió en la boca: ¡jamás había probado nada tan delicioso!

Lo mejor del relato es que, a lo que parece, no termina aquí. Se dice que Thomas Cleary atribuyó esta versión reducida a D. T. Suzuki, quien la modificó para hacerla más asequible a los oídos occidentales.
En el relato original, la dulce fresa silvestre era también venenosa.

Satanás zahiriendo a Job, de William Blake

Según la Biblia, Job era un hombre piadoso e íntegro que seguía al pie de la letra el decálogo de su religión. Estaba muy orgulloso de su bondad y su temor de Dios -y de las recompensas que Él le había dado para demostrarlo: “le habían nacido siete hijos y tres hijas. Su hacienda era de siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas… Este hombre era el más grande de todos los orientales”. (Job, 1:2).
Un buen día, Dios se jacta de él ante Satanás, que, con inusitada penetración, responde:

“¿Es que Job teme a Dios desinteresadamente? ¿No has levantado una valla en torno de él, de su casa y de sus posesiones?… Pero extiende tu mano y toca todos sus bienes. ¡Verás si no te maldice a la cara!” (Job, 1:10).

Dios acepta la apuesta; le quita su fortuna, sus hijos, su mujer, su salud. Job, por primera vez, padece las penas que, según él, estaban reservadas a los injustos. Abatido, Lo increpa:

“Retira de mí tu mano, y no más me espante tu terror.
Luego interrógame, y yo responderé; o bien hablaré yo, y tú responderás.
¿Cuántos son mis pecados y mis culpas? Hazme saber mi ofensa y mi pecado.
¿Por qué ocultas tu rostro y me tienes por enemigo tuyo?” (Job, 13:21)

Ha descubierto algo funesto para su economía moral: Dios no lleva bien las cuentas. Siempre ha sido “bueno” –según la obtusa noción de que “cumplir los mandamientos equivale a ser bueno”; debería gozar de un inmenso crédito en los libros del Paraíso y, en cambio, se debate en la miseria. Los “impíos”, por contra, los que decían a Dios: “¡Lejos de nosotros, no nos place conocer tus caminos!”, medran y procrean sin obstáculos. ¡El contable divino hace trampas!
Y entonces, en el límite de sus fuerzas, Dios se presenta en toda su magnificencia:

Entonces Yavé respondió a Job desde el seno de la tempestad y dijo:
“¿Quién es ese que enturbia mi consejo con palabras insensatas?
Ciñe tus lomos como un héroe: ¡yo te interrogaré, y me instruirás!
¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra? ¡Habla, si es que sabes tanto!…
¿Conoces la época en que crían las rebecas? ¿Has observado a las ciervas en el parto?
Se acurrucan y paren a sus hijos, depositan su camada;
Son vigorosas sus crías, crecen libres en el desierto, se les van y no vuelven más a ellas”. (Job, 38:1ss)

Sócrates, el partero

En uno de sus más conocidos diálogos, el Menón, Platón expone su celebérrima teoría del conocimiento como reminiscencia (anamnesis; más propiamente, “pérdida del olvido”) saliendo al paso a una objeción de Menón -una típica paradoja sofista:

Menón: ¿Y de qué manera vas a investigar, Sócrates, lo que no sabes en absoluto qué es? Porque, ¿qué es lo que, de entre cosas que no sabes, vas a proponerte como tema de investigación? O, aun en el caso favorable de que lo descubras, ¿cómo vas a saber que es precisamente lo que tú no sabías?
Sócrates: Ya entiendo lo que quieres decir, Menón. ¿Te das cuenta del argumento polémico que nos traes, a saber, que no es posible para el hombre investigar ni lo que sabe ni lo que no sabe? Pues ni sería capaz de investigar lo que sabe, puesto que lo sabe, y ninguna necesidad tiene un hombre así de investigación, ni lo que no sabe, puesto que ni siquiera sabe qué es lo que va a investigar.

Pero Sócrates no se contenta con describirla; pretende demostrarla de manera palpable y contundente (y burlarse un poquito del pobre Menón):

Menón: Sí, Sócrates; pero, ¿qué quieres decir con eso de que no aprendemos, sino que lo que llamamos aprendizaje es reminiscencia? ¿Podrías enseñarme que eso es así?
Sócrates: Ya antes te dije, Menón, que eres astuto, y ahora me preguntas si puedo enseñarte yo, que afirmo que no hay enseñanza, sino recuerdo, para que inmediatamente me ponga yo en manifiesta contradicción conmigo mismo.
Menón: No, por Zeus, Sócrates, no lo he dicho con esa intención, sino por hábito; ahora bien, si de algún modo puedes mostrarme que es como dices, muéstramelo.
Sócrates: Pues no es fácil; y, sin embargo, estoy dispuesto a esforzarme por ti. Pero llámame de entre esos muchos criados tuyos a uno, al que quieras, para hacértelo comprender en él.

Acto seguido, por medio de un interrogatorio sumamente ingenioso (y un tanto ilusorio), Sócrates lleva al esclavo a “recordar” el teorema de Pitágoras, comprobando así su teoría. Mas para que tal “recuerdo” surja debe primero despejarse el camino de la traba del falso saber -cosa que Sócrates hace induciendo al esclavo a seguir su propia e ingenua lógica hasta caer en contradicción. En este punto espeta:

Sócrates: ¿Ves, Menón, qué avances ha hecho el esclavo en el camino de la reminiscencia? No sabía al principio cuál era la línea con que se forma el espacio de ocho pies, como no lo sabe ahora; pero antes creía saberlo, y respondió con confianza como si lo supiese; y no creía ser ignorante en este punto. Ahora reconoce su embarazo, y no lo sabe; pero tampoco cree saberlo… ¿No está ahora en mejor posición, al conocer su ignorancia, respecto de la cosa que él ignoraba?… Si lo he hecho dudar… ¿le hemos hecho algún daño?

Menón: Yo pienso que no.

Sócrates: Por el contrario, le hemos ayudado en algún grado, a mi parecer, en el descubrimiento de la verdad; y ahora él deseará remediar su ignorancia, mientras que antes él hubiera dicho con gran desenfado, delante de todo el mundo y creyendo explicarse perfectamente, que el espacio doble debería tener un lado doble.

El Enigma

Pues bien -y ahora viene el enigma:
¿qué tienen en común estos tres relatos?

¿Para qué sirve la metafísica?

Hace unos meses, dentro de un procedimiento burocrático tan inútil como ofensivo, me hicieron la siguiente pregunta:

“¿Para qué sirve la metafísica hoy en día?”

Pintura Metafísica, de Giorgio de Chirico

Debo admitir que me quedé apabullado. ¿Qué podía decir? ¿Cómo conseguir que el obtuso cerebro de quien la había formulado diese cabida a la respuesta? “No, señor: no sirve para nada –he ahí su maravilla y su virtud”. O: “Si vamos por ésas, ¿por qué no preguntar también para qué sirve la música?” O: “Sirve para comprender cómo alguien puede hacer preguntas así de estúpidas”. (Esto último no es tan cierto –pero ¡resulta deliciosamente insultante!)

Algo de esto hubiese replicado, si me sobraran agudeza y buenos reflejos. Mas no es el caso.

El caso es que horas después di con la respuesta adecuada, un ejemplo de concisión ligeramente exótico; el tipo de cosas que han popularizado los personajes chinos de las series televisivas, sabios, pacíficos y expertos en artes marciales. Proviene del clásico taoísta más importante, el Chuang Tsé:

Hui Tzu dijo a Chuang Tzu:
“Todas tus enseñanzas están centradas en lo que no tiene utilidad”.

Chuang replicó:
“Si no aprecias aquello que no tiene utilidad,
no puedes ni empezar a hablar acerca de aquello que la tiene.
La tierra, por ejemplo, es amplia y vasta, pero
De toda esta extensión el hombre no utiliza más que las pocas pulgadas
Sobre las que en un momento está.
Ahora, suponte que súbitamente haces desaparecer
Todo aquello que no está de hecho utilizando
De modo que, en torno a sus pies, se abre
Un abismo, y queda en medio del vacío,
Con nada sólido en ninguna parte, excepto justo debajo
De cada pie…
¿Durante cuánto tiempo podrá usar lo que esté utilizando?”

Hui Tzu dijo: “Dejaría de servir para nada”.

Chuang Tzu concluyó:
“Esto demuestra
La necesidad absoluta
De lo que «no tiene utilidad»”.

Chuang Tsé

Chuang Tsé (al igual que la casi totalidad de sus coterráneos) prefería la fábula a la prosa. Sin embargo, la engañosa simplicidad de sus relatos oculta razonamientos sumamente abstractos, sutiles y persuasivos.

Por ejemplo, que la consciencia es siempre estrecha: que su obstinación por separar lo “útil” de lo “inútil” restringe su alcance inescapablemente; que su principal fortaleza, su intencionalidad, es su mayor debilidad; y que la fascinación contemporánea por el propósito consciente traiciona la pobreza de nuestra metafísica cotidiana, su incapacidad para elevarse sobre el manto de los siglos. No pecamos por falta de “visión de futuro”: pecamos por obligarnos a abrigar visiones allí donde se vuelven peligrosas -donde lo mejor es dejarse llevar. Prescindir de las tradiciones porque no les encontramos “utilidad” es cavar nuestra propia tumba -debajo de nuestros pies.

De ahí que la verdad fundamental del taoísmo sea: la Mente no puede gobernarse a sí misma. Pues, si lo intenta, sólo consigue limitar su desarrollo a lo que le es inmediatamente presente. Obligarse a cambiar es la forma más segura de no hacerlo.

La Consciencia

Pues bien: si has llegado hasta aquí, ya sabes para qué sirve la metafísica; y sabes que no lo habrías descubierto sin antes vagar a tientas.

Lo cual demuestra
La suprema necesidad
De lo que no sirve para nada.