En la mar

Nuestras vidas son los ríos
Cuando murió su padre, Jorge Manrique compuso sus famosas Coplas: Recuerde el alma dormida, Avive el seso e despierte…

La tercera estrofa empieza con una de las metáforas más recurrentes en la historia de la poesía -y el mundo:

Nuestras vidas son los ríos
Que van a dar en la mar
Que es el morir…

Recortó los cables con un diamante
Cuando murieron sus padres, Fito Páez compuso Parte del Aire. Quizá sin darse cuenta, volvió sobre la misma útil metáfora:

Dónde va la gente y su corazón
donde van los años y este dolor
y dónde voy yo… no me importa ya
Vengo de los ríos que dan al mar…

Adiós
Cuando murió su padre, Astor Piazzolla compuso Adiós Nonino, su tango por antonomasia, intenso, amable, sutil y desgarrador.

No hay más que una manera
También sin pretenderlo, seguramente, Tim Burton repite (al final de Big Fish) el sabio consejo de Manrique:

que aunque la vida perdió,
dexónos harto consuelo
su memoria

Sabio. Es, no me cabe duda, la única manera de sobrevivir a la muerte.

Como el vino

Pero, como siempre, no sólo una respuesta.

Chesterton describe el dilema con inigualable penetración y atroz belleza.
Vivir, nos dice, equivale a encontrarse en guerra y atrapado tras las líneas enemigas. En esta tesitura, no hay más que una salida: el soldado

Ha de combatir por su vida con un espíritu de absoluta indiferencia para su vida: ha de desear la vida como el agua, y apurar la muerte como el vino.

G. K. Chesterton, Ortodoxia

Ambos sostienen lo mismo

Uno de los temas preferidos de los filósofos es la muerte.

Y aquí, como siempre, tenemos al menos dos grandes tradiciones contrarias.

Sócrates

Ante todo, el gran Sócrates, quien (hasta donde sabemos) pensaba que “la filosofía es una preparación para la muerte”.

De lo que se deduce que el tema que ocupa permanentemente al auténtico filósofo es el fin de la vida; y que su filosofía es, en el fondo, un continuo entrenamiento en el desapego.

Spinoza

Pero tenemos a Spinoza, quien decía (y cito de memoria): “El hombre saludable en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría es acerca de la vida, no de la muerte”.

No cabe duda de que Spinoza conocía la opinión socrática, ni de que su propia postura era, en buena medida, una rebelión contra una tradición tan noble y poderosa. Desde su perspectiva, bella y elegante, pretender “desapegarse” de la existencia sería tan absurdo como pretender arrancarse los propios huesos. Ningún ser vivo, en tanto que vivo, puede abdicar de su vida. Eso va en contra de su naturaleza.

La muerte y el astrólogo, de Holbein

Así, la filosofía nos prepara para la muerte -pero nos impide pensar en ella.

¡Pero esto no tiene sentido!

O tal vez sí…

Tal vez, sin que Sócrates ni Spinoza lo sospecharan, estaban sosteniendo una y la misma cosa.

Lamento haber caído

La mirada hacia atrás...

Run
Running all the time
Running to the future
With you right by my side

Me
I’m the one you chose
Out of all the people
You wanted me the most

I’m so sorry that I’ve fallen
Help me up lets keep on running
Don’t let me fall out of love

Running, running
As fast as we can
Do you think we’ll make it?
–Do you think we’ll make it?–
We’re running
Keep holding my hand
It’s so we don’t get separated

Be
Be the one I need
Be the one I trust most
Don’t stop inspiring me

Sometimes it’s hard to keep on running
We work so much to keep it going
Don’t make me want to give up

Running, running
As fast as we can
I really hope you make it
–Do you think we’ll make it?–
We’re running
Keep holding my hand
It’s so we don’t get separated…

No Doubt, Running

Amarrarse

Decía Wittgenstein (creo que en Sobre la certeza) que “imaginar un lenguaje es imaginar una forma de vida”.

Quería decir que el significado no se encuentra en las profundidades de la mente, como suponía Descartes, sino en las minúsculas, recurrentes y continuas interacciones cotidianas. No está “dentro” ni “fuera”, sino “entre”: en cada exclamación, conversación, gesto entre dos o más personas. Y el resultado de miles de millones de interacciones termina por sistematizar el significado de cada término.

Cada cultura tiene un conjunto limitado y repetitivo de escenas arquetípicas, de sucesos básicos y canónicos, cuyos cambios y evoluciones se registran en la historia del lenguaje, la etimología.

Del mismo modo, las metáforas de la jerga cotidiana traicionan el sentido que reciben estas escenas arquetípicas, los círculos semánticos sobre los que se proyectan.

Veamos, por ejemplo, la escena arquetípica relativa a la gestión de las relaciones de pareja. Existe un estadio en el que una pareja que ya ha salido varias veces decide entablar una relación de exclusividad afectiva y sexual, duración indefinida y futuro venturoso. A ese estadio, en esta cultura, los jóvenes le dan un nombre tan inusual como sugestivo: “amarrarse”.

Sugestivo… Pasando de todas las metáforas posibles, la sabiduría popular, brutalmente honesta, ha preferido aventurarse en pos de un vocablo que no surge en ningún otro contexto salvo el de la marina: “amarrar” un bote al puerto o “soltar amarras”.

Un vocablo que acentúa un solo aspecto de la situación: la pérdida o restricción de la libertad, entendida de la manera más simplona -aunque posmoderna: como la posibilidad de elegir entre infinidad de potenciales parejas.

Es la libertad del consumidor: escoger una de las mil botellas que se agolpan en el escaparate, a cuál más llamativa. Es una libertad rígida y mecánica, que se agota en el momento en que se hace la compra; de ahí en más estás obligado a cargar con tu artículo -o con tu esposa o marido. Y ¡pobre de ti, si resulta que no era la persona “adecuada”!

“Amarrarse” es, pues, un acto implícitamente negativo, una pérdida; y un acontecimiento de todo o nada, cuya única cura es “soltar amarras” -o, más expresivo aún, cortarlas.

Visto lo cual, ¿quién iba a preferir “amarrarse” a estar solo? Y ¿dónde quedan las emociones, la ternura, el amor y la comprensión? Más aún: ¿dónde se queda el otro, aquel con quien “te amarras”?

En ninguna parte; en un apéndice, una ínfima nota al pie de página de tu libérrima -y solitaria- biografía.

Todos los colores se volverán uno

Carlisle Wall, de Dante Gabriel Rossetti

Todos hemos recibido una mirada así una o dos veces en la vida; son miradas en las que los mundos se funden, el pasado se borra; son momentos en los que descubrimos, acuciados por la más viva necesidad, que el sillar de todos los tiempos no puede ser más que el amor, aquí, ahora, en el unirse de esas manos, en ese silencio ciego, en el que una cabeza se acerca a otra…

John Fowles, La mujer del teniente francés