Lamento haber caído

La mirada hacia atrás...

Run
Running all the time
Running to the future
With you right by my side

Me
I’m the one you chose
Out of all the people
You wanted me the most

I’m so sorry that I’ve fallen
Help me up lets keep on running
Don’t let me fall out of love

Running, running
As fast as we can
Do you think we’ll make it?
–Do you think we’ll make it?–
We’re running
Keep holding my hand
It’s so we don’t get separated

Be
Be the one I need
Be the one I trust most
Don’t stop inspiring me

Sometimes it’s hard to keep on running
We work so much to keep it going
Don’t make me want to give up

Running, running
As fast as we can
I really hope you make it
–Do you think we’ll make it?–
We’re running
Keep holding my hand
It’s so we don’t get separated…

No Doubt, Running

Amarrarse

Decía Wittgenstein (creo que en Sobre la certeza) que “imaginar un lenguaje es imaginar una forma de vida”.

Quería decir que el significado no se encuentra en las profundidades de la mente, como suponía Descartes, sino en las minúsculas, recurrentes y continuas interacciones cotidianas. No está “dentro” ni “fuera”, sino “entre”: en cada exclamación, conversación, gesto entre dos o más personas. Y el resultado de miles de millones de interacciones termina por sistematizar el significado de cada término.

Cada cultura tiene un conjunto limitado y repetitivo de escenas arquetípicas, de sucesos básicos y canónicos, cuyos cambios y evoluciones se registran en la historia del lenguaje, la etimología.

Del mismo modo, las metáforas de la jerga cotidiana traicionan el sentido que reciben estas escenas arquetípicas, los círculos semánticos sobre los que se proyectan.

Veamos, por ejemplo, la escena arquetípica relativa a la gestión de las relaciones de pareja. Existe un estadio en el que una pareja que ya ha salido varias veces decide entablar una relación de exclusividad afectiva y sexual, duración indefinida y futuro venturoso. A ese estadio, en esta cultura, los jóvenes le dan un nombre tan inusual como sugestivo: “amarrarse”.

Sugestivo… Pasando de todas las metáforas posibles, la sabiduría popular, brutalmente honesta, ha preferido aventurarse en pos de un vocablo que no surge en ningún otro contexto salvo el de la marina: “amarrar” un bote al puerto o “soltar amarras”.

Un vocablo que acentúa un solo aspecto de la situación: la pérdida o restricción de la libertad, entendida de la manera más simplona -aunque posmoderna: como la posibilidad de elegir entre infinidad de potenciales parejas.

Es la libertad del consumidor: escoger una de las mil botellas que se agolpan en el escaparate, a cuál más llamativa. Es una libertad rígida y mecánica, que se agota en el momento en que se hace la compra; de ahí en más estás obligado a cargar con tu artículo -o con tu esposa o marido. Y ¡pobre de ti, si resulta que no era la persona “adecuada”!

“Amarrarse” es, pues, un acto implícitamente negativo, una pérdida; y un acontecimiento de todo o nada, cuya única cura es “soltar amarras” -o, más expresivo aún, cortarlas.

Visto lo cual, ¿quién iba a preferir “amarrarse” a estar solo? Y ¿dónde quedan las emociones, la ternura, el amor y la comprensión? Más aún: ¿dónde se queda el otro, aquel con quien “te amarras”?

En ninguna parte; en un apéndice, una ínfima nota al pie de página de tu libérrima -y solitaria- biografía.

Todos los colores se volverán uno

Carlisle Wall, de Dante Gabriel Rossetti

Todos hemos recibido una mirada así una o dos veces en la vida; son miradas en las que los mundos se funden, el pasado se borra; son momentos en los que descubrimos, acuciados por la más viva necesidad, que el sillar de todos los tiempos no puede ser más que el amor, aquí, ahora, en el unirse de esas manos, en ese silencio ciego, en el que una cabeza se acerca a otra…

John Fowles, La mujer del teniente francés

Por vez primera


Lo que me gusta del concepto de “anagnórisis” es que sustituye al anticuado “insight” psicoanalítico sin perder de vista sus acertadas implicaciones psicológicas y su guestáltica metáfora de la “visión interior”.

La anagnórisis incluye al insight, lo engobla; pues no se trata sólo de un “descubrimiento” interior, de un “comprenderse a uno mismo”. Se trata de emplazarse de una manera novedosa en la vida social, en la eterna danza de la cultura. A cada verdadero hallazgo sobre tu alma corresponde una nueva y más auténtica forma de ser.


En realidad, el verdadero insight es tanto un descubrimiento como una creación. Nunca es un “bueno, de ahora en adelante seré de esta manera”, sino un “Resulta que siempre he sido así…”
Es un “caer en cuenta”, un comprenderse de maneras antes vedadas o que pasaban desapercibidas.

Así, la anagnórisis te permite responder preguntas que siempre quedaban pendientes. Más aún: te permite hacer preguntas antes imposibles de formular –y que, de hecho, la inmensa mayoría de la gente nunca se hace:

“¿Por qué me gusta este tipo de chica?” “¿Por qué me atrae este tipo de persona?” “¿Por qué tiendo a involucrarme en este tipo de relaciones?”


Sin más ni más, todo comienza a encajar: el deseo, la inseguridad, el temor, la soledad, la pérdida, el frenesí, el ansia… Todo cobra un sentido novedoso y sorprendente –y sin embargo el mismo de siempre

Sin más ni más, despiertas y te ves al espejo –y tu rostro banal y translúcido emite una luz espectral.

Y lo contemplas por vez primera, sub specie aeternitatis.

Amar y saber -y ser nuevo

Gotas de Vida, de Nicholas Roerich

En el terreno del afecto, el amor requiere una confianza unilateral, un entregarse al otro, un darse sin más. Esto no significa que no se busque recompensa alguna; por el contrario, la entrega reclama una entrega paralela, una suerte de reciprocidad –aunque sea imaginaria o simbólica; como lo fue la reciprocidad que recibieron Cristo, Sócrates y Ofelia por sus sacrificios y sus inmolaciones. Y no se trata de una reciprocidad estricta, de un quid pro quo mercantilista y vulgar. No: se trata de una anagnórisis, de un cambio completo de perspectiva; de un dejar de ser alguien para ser otra persona, a la vez el mismo; de abandonar la vieja piel para presentarse al mundo sin ella, desnudo, inerme, íntegro.

En el terreno del conocimiento, conocer requiere una confianza unilateral, un entregarse a una convicción, un prescindir de la duda, sin más. No es una confianza ingenua; en el caso ideal, el conocimiento clama por un objeto consistente, por una serie de eventos que lo validen o invaliden; clama, de cualquier modo, por una respuesta pertinente. (Igual que el amor: “odio quiero más que indiferencia”…) La pregunta requiere una respuesta; y toda acción genera una reacción opuesta y de igual empuje.

Así, tanto conocer como amar son parte de un mismo proceso, que podemos llamar, a falta de mejor término, “vivir”; comparten una misma estructura; requieren de un mismo sacrificio; arrojan un mismo placer; obligan a un mismo compromiso.

No han de ser unificados: están unidos, son indisolubles –sólo hace falta reconocer tal unión.

Y reconocer es nacer de nuevo.

Krishna, de Nicholas Roerich

In the quiet silent seconds I turned off the light switch
And I came down to meet you in the half light the moon left
While a cluster of night jars sang some songs out of tune
A mantle of bright light shone down from a room

Come down in time I still hear her say
So clear in my ear like it was today
Come down in time was the message she gave
Come down in time and I’ll meet you half way

Well I don’t know if I should have heard her as yet
But a true love like hers is a hard love to get
And I’ve walked most all the way and I ain’t heard her call
And I’m getting to thinking if she’s coming at all

Come down in time I still hear her say
So clear in my ear like it was today
Come down in time was the message she gave
Come down in time and I’ll meet you half way

There are women and women and some hold you tight
While some leave you counting the stars in the night…

Elton John, Come Down in Time