Nada más que un buscador

La muerte de Sócrates, de  Jacques-Louis David

Sócrates estaba dispuesto a conversar con cualquier persona; pero le gustaba ante todo la compañia de los adolescentes. Ellos, en él, encontraban exactamente lo que los jóvenes necesitan en esta fase de rebeldía: un hombre cuyo evidente valor podían admirar y respetar y cuya sutil inteligencia se ponía siempre al servicio de la juvenil pasión por el debate. Sócrates nunca hubiera acallado sus incipientes inquietudes con el tono condescendiente de la madurez experimentada; al contrario, todo lo que pasaba por sus mentes le interesaba y los animaba vehementemente a pensar por sí mismos acerca de cualquier tema, especialmente lo correcto y lo incorrecto. Siempre había dicho, con evidente sinceridad, que él mismo era tan sólo un buscador; alguien que no sabía nada ni tenía nada que enseñar pero que veía en toda pregunta un enigma por resolver. Y detrás del despliegue de jovial inteligencia percibían la presencia de una personalidad extraordinaria, serena, segura y dueña de una misteriosa sabiduría. Allí había alguien que había dado con el preciado secreto de la vida, que había alcanzado un equilibrio en su carácter que nada podía perturbar. Y siempre tenía tiempo para acompañar a quien quisiera descubrir ese secreto por sí mismo; en particular, esos jóvenes con la oscura pero urgente necesidad de ser adultos, libres y autónomos.

Before and After Socrates, F. M. Cornford

“Soy terapeuta, a secas”: el fin de las escuelas psicoterapéuticas, segunda parte

Sostenía en el anterior artículo que las escuelas psicoterapéuticas deben desaparecer. Expuse una razón: los terapeutas elegimos una corriente no porque sea más eficaz, científica o potente sino porque coincide con nuestra cosmovisión e ideas preconcebidas de la naturaleza humana. Y la mantenemos no porque veamos que funciona sino porque nos permite explorar nuestra identidad cómoda y ampliamente, marcando los límites del territorio que nos atreveremos a indagar.

Esto concuerda con uno de los resultados más sorprendentes y enigmáticos de la investigación en eficacia: la capacidad de los terapeutas no va de la mano con sus años de formación. En otros términos, un terapeuta puede ser muy bueno con sólo dos o tres años y otro muy malo pese a diez años de estudio. Los cursos, talleres, seminarios, etc., que pueblan el mundo “psi” no mejoran per se la competencia de los interventores. Asimismo, éstos tienden a sobrevalorar su capacidad y a recordar selectivamente sólo los procesos terapéuticos exitosos.

De modo que la defensa de las escuelas porque son “mejores”, “más científicas” o “más eficaces” cae en saco roto al constatar que no son ésas las razones por las que las defendemos en realidad.

La esperanza: el principio activo de toda psicoterapia eficaz

Pero hay más. En 1961, Jerome Frank publicó el que ya es un clásico en la historia de la psicoterapia: “Persuasion and Healing: a Comparative Study of Psychotherapy” (se puede descargar gratuitamente de aquí). Allí y en las sucesivas ediciones Frank sostiene que todas las psicoterapias comparten un trasfondo común. Las personas acuden a terapia desanimadas y con una serie de problemas, habitualmente depresión y ansiedad. Esto es, las personas vienen por la desmoralización causada por sus síntomas, no para aliviar los síntomas mismos. Por ende, Frank postula que la psicoterapia es eficaz porque trata directamente esta desmoralización y sólo indirectamente los síntomas que se originan en el supuesto trastorno subyacente. Y la trata porque la relación con el terapeuta está cargada de emociones y significado; el paciente se pone en sus manos y confía en que podrá ayudarlo, y el terapeuta le expone un mito que explica su malestar y una serie de rituales que propenden a eliminarlo. En suma, el principio activo de la terapia, dice Frank, es la esperanza. Y la esperanza, aunque más compatible con ciertas corrientes, no es exclusiva de ninguna de ellas; es un factor común.

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“Soy terapeuta, a secas”: el fin de las escuelas psicoterapéuticas, primera parte

Hace unos días me hicieron una pregunta: “¿de qué corriente es usted?” Sin pensarlo, respondí: “De ninguna”. Y es la mejor respuesta que pude haber dado.

Sí, sé que en este mismo sitio expongo lo que son el coaching y la psicoterapia contructivistas. Y es cierto que el constructivismo (en particular, las ideas de George Kelly y Gregory Bateson) anima e inspira mi práctica como asesor y facilitador de procesos de cambio. Pero -y este es el quid de la cuestión- ya no me describo a mí mismo como “constructivista”; de hecho, no me describo de ningún modo. Soy un psicoterapeuta y coach, a secas. Trabajo en favorecer el cambio en los individuos y organizaciones, a secas.

Asimismo, cuando doy clases contribuyo activamente a desarmar el tinglado de las “corrientes terapéuticas”. Porque tengo la esperanza de que todos los terapeutas lo sean “a secas” dentro de una o dos décadas: sólo así convertiremos la psicoterapia en una empresa tanto científica como útil.

Pero ¿por qué acabar con las “corrientes”? He aquí algunas razones.

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Adicciones, cuarta parte

Daniela pregunta:

Cómo se explica el fenómeno social de que en el Ecuador, un país con claros problemas de alcoholismo, sean únicamente los evangelistas los que han podido sacar a comunidades indígenas y campesinas del alcohol. Es que lo reemplazan con la necesidad de complacer a un Dios que los ha hecho ver la luz?

Tanto los indígenas andinos como los norteamericanos conocían las bebidas alcohólicas; pero sus tasas de alcoholismo se dispararon luego de la Conquista (y del genocidio y destrucción de sus comunidades). Para entenderlo, pongámonos un segundo en la piel de un súbdito del Imperio Inca luego de su caída. De repente, todo tu mundo se ha hecho pedazos. Tu Señor, a quien habías aprendido a venerar como hijo todopoderoso de Dios, ha sido capturado y asesinado por unos extraños pálidos y barbudos con armas que matan a distancia. El sistema social se trastorna. Cambian tus hábitos, tu lugar y forma de vida, tu red social… ¡todo! Y lo peor es que no puedes comprender por qué, cómo o a dónde conducirá. La Historia te arrastra consigo sin que sepas hacia dónde: “anocheció en mitad del día”…

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Adicciones, tercera parte

Los anteriores posts sobre adicciones (primero y segundo) han generado muchas preguntas y comentarios. Respondo a los últimos aquí:

No entiendo a qué te refieres cuando dices que no necesariamente el adicto esta en negación, ¿no necesariamente es una enfermedad?

A lo largo de la historia se han propuesto varias metáforas para entender las adicciones (en particular el alcoholismo). Carme Cunillera, en el estupendo Personas con problemas de alcohol: con la abstinencia no es suficiente, menciona tres: el “defecto de carácter”, la “enfermedad” y “la carencia de habilidades de vida”.

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Adicciones, segunda parte

El anterior post sobre adicciones ha recibido algunos comentarios muy interesantes. He decidido responderlos a continuación.

Anónimo dice:

Hasta hace una semana trabajé durante 3 meses en un centro de adicciones.
Observé algunas cosas: a) la necesidad de realizar un procedimiento conocido como confrontación, en donde la familia, le dice al paciente, lo que hizo (o dejó de hacer) durante el consumo, lo que aumentaría su nivel de conciencia acerca de la enfermedad, en parte reduciendo el mecanismo de defensa de la negación

La investigación sobre procesos básicos ha puesto en duda la existencia de los “mecanismos de defensa”, en particular de la “negación” (en inglés, denial; contrástese con la “atención selectiva”, que sí ha recibido confirmaciones empíricas pero no es un mecanismo de defensa sino un sesgo cognitivo). Estas son ideas psicodinámicas cada vez más en desuso en la psicoterapia actual.

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¿Qué hace un coach personal? Segunda parte

Pero la mejor explicación de lo que hace un coach personal la dictó Hui Neng, Sexto Patriarca del Budismo Chan, hace un milenio y medio:

Hui Neng rompiendo los sutras

El Maestro respondió:

“Si te dijera que tengo una doctrina para enseñar a las personas, te estaría engañando. Yo no hago más que desatar vínculos en virtud de las situaciones“.

El Sutra de Hui Neng