Di que no fue así, Joe

Hay una canción de Roger Daltrey increíblemente dulce y triste: Say it Ain’t so, Joe.

Roger Daltrey

La letra alude a un negro episodio de la historia del béisbol: el escándalo de los Chicago White Sox. En las Series Mundiales de 1919, contra todo pronóstico, los White Sox perdieron ante los Cincinatti Reds. Ocho jugadores fueron implicados en un complot por el que aceptaban jugar mal a propósito a cambio de más dinero del que habrían recibido de haber ganado limpiamente; desde entonces se les llamó “the Black Sox“, los “Medias Negras”.

Shoeless Joe Jackson

Entre esos ocho jugadores se encontraba Shoeless Joe Jackson, un chico de Carolina del Sur y uno de los mejores batedores de la historia. Era, según la feliz expresión norteamericana, “a natural“: jugador integral, un muchacho campesino analfabeto que corría, bateaba y atrapaba mejor que ninguno y sin aparente esfuerzo.

Sólo dos jugadores, Jackson y Cicotte, llegaron a confesar. Y los registros de las confesiones desaparecieron misteriosamente de la oficina del juzgado poco antes del juicio.

Jackson se retractó de su confesión y mantuvo su inocencia durante el resto de su vida, apuntando como evidencia su registro impoluto durante los juegos. El resto de los implicados había cometido fallas y bajado su promedio; Jackson, no. Pero pese a ello, se le prohibió de por vida jugar en las ligas profesionales. De vez en cuando le invitaban a juegos de exhibición o semiprofesionales; y los aficionados, que todavía lo amaban, nunca dejaban de ir a verlo. Joe murió en 1951. Debido al escándalo, nunca pudo entrar al Salón de la Fama del béisbol -aunque su carrera lo hubiese merecido de largo.

Shoeless Joe

La leyenda cuenta que luego de la confesión de Joe Jackson, un chico sentado en la primera fila del juzgado se echó a llorar gritando: “Say it ain’t so, Joe! Say it ain’t so!

De ahí ésta, que debe ser una de las letras más tristes y desgarradorras de la historia de la música.

Di que no es verdad, Joe, por favor,
Di que no es verdad.
No es lo que quiero oír, Joe, y tengo el derecho de saber.

Di que no es verdad, Joe, por favor,
Di que no es verdad.
Sé que son ellos los que mienten, Joe, por favor di que no es verdad.

Dijeron que nuestro héroe jugó un as bajo la manga
Y que ya no sabe qué hacer
Pendemos de su encanto y sonrisa decidida
Pero los buenos tiempos se han ido.

La armada y el imperio se están desmoronando
Y ya nadie tiene dinero
La nación sigue unida por las palabras de un solo hombre
Pero la verdad no se puede negar
.

Di que no es verdad, Joe, por favor,
Di que no es verdad
Porque tengo el derecho de saber.
..

Muérdete la lengua

Duncan Sheik

Me gusta mucho Duncan Sheik. Su música es maravillosa. Pero de un tiempo a esta parte parece sincronizada con mi propia vida:

So bite your tongue
You’re not the only one
Who’s been let down…
Bite your tongue
Maybe it’s good for you
To hit the ground!

Por cierto, Duncan tiene un blog fantástico donde cita a Daniel Dennett y Francis Fukuyama, comenta la (terrible) política norteamericana y escribe con fluidez y dulzura.

Una razón más para admirarlo.

¡Éxito total!

El Seminario Internacional de Terapia Familiar Sistémica fue todo un éxito. Tuvimos alrededor de 90 asistentes durante los tres días: algunos de pregrado de varias universidades (acompañados por sus profesores), otros de posgrados en terapia familiar, y otros de distintas ciudades.

Primer día de seminario

Todos disfrutamos de la lucidez, claridad y profundidad de Juan Luis Linares, que presentó su modelo de intervención familiar sistémica basado en la conyugalidad y la parentalidad y lo ilustró con casos de su propia y vasta experiencia -no sin dar unas cuantas estocadas a los modelos estratégicos norteamericanos, tan ciegos ante la realidad de las emociones humanas.

Juan Luis en plena conferencia

Tuvimos también la oportunidad de invitar a Juan Luis a una cena con los docentes de la Maestría en Terapia Familiar Sistémica de la Universidad Politécnica Salesiana.

Cena con los docentes

Pese a lo agotado que estaba (habiendo trabajado casi toda la semana y un tanto afectado por la altura de Quito), Juan Luis participó activamente de la cena -que fue, como siempre, agitada y agradable.

Los docentes de la MIATEFAS y Juan Luis en la cena

Como parte de la Conferencia, la Directora de la Maestría, Dorys Ortiz, y yo mismo, presentamos los resultados preliminares de la investigación sobre “El Ser del Terapeuta/Interventor en Formación” a partir de la Técnica de Rejilla de la Teoría de Constructos Personales. Esperamos publicarla próximamente, una vez que hayamos podido reunir más datos y practicar más análisis comparativos.

Dorys, yo y Juan Luis en la exposición

Finalmente, y cumpliendo un acuerdo realizado en un encuentro en Lima el año pasado, Dorys hizo entrega a Juan Luis de la solicitud oficial de la Maestría en Intervención y Terapia Familiar Sistémica para formar parte de RELATES, la Red Española y Latinoamericana de Escuelas Sistémicas.

Entrega de la petición oficial de RELATES

En suma, el resultado fue mejor de lo que esperábamos. Confío en que este sea el principio de una colaboración fructífera entre RELATES y la Maestría, y de un cambio sutil pero fundamental en la manera de hacer terapia sistémica en el Ecuador.

Upaya y terapia

El budismo es proceso y no contenido
Como bien señala Alan Watts, el budismo debe entenderse no como una “filosofía” sino como un diálogo; es decir, no como un contenido específico de sabiduría a “transmitir” sino como un proceso de aprendizaje y crecimiento espiritual en el contexto de la relación entre aprendiz y maestro.

En realidad, el diálogo es también el inicio de la filosofía griega. Parece que Platón coincidía, a este respecto, con el Buddha; sus escritos consisten justamente de diálogos donde lo que prima es el proceso de búsqueda de la verdad, ejemplificado por las preguntas de Sócrates, por sobre el contenido especifico o el tema en debate.
Parecida estructura tienen otras obras maestras de la filosofía; más recientemente, las Investigaciones Filosóficas de Ludwig Wittgenstein, escritas como una conversación del filósofo consigo mismo donde los argumentos se suceden y superponen de manera errática, entremezclados con ejemplos y “experimentos mentales“.

Upaya: medios convenientes
En el diálogo budista, el maestro utiliza los llamados Upaya, “medios hábiles” o convenientes para “despertar” al discípulo poniendo en jaque su lógica para forzarle a salir de ella. El koan zen es un heredero de estos upaya; como, por ejemplo, la siguiente historia:

Un monje pidió a Zhaozhou que fuera su maestro.
Zhaozhou le preguntó: “¿has comido ya?”
“Sí”, respondió el discípulo.
“Entonces, ve y lava tu plato”.
En ese momento, el discípulo alcanzó la liberación.

El aparente sinsentido del cuento es precisamente la fuente de su poder; pero sólo puede ser experimentado, no explicado. Y si alguien objeta que esto es absurdo e imposible, basta con indicarle que lo mismo ocurre en todos los terrenos de la existencia.
Un chiste, por ejemplo, no puede explicarse; si hace falta explicarlo, pierde toda su gracia -y deja de ser un chiste para volverse una sucesión de palabras. La risa es el único indicador de la comprensión -como el llanto o los suspiros indican que se ha entendido un buen poema y los gemidos, que se ha disfutado de una buena comida.

La visión yang: el upaya como “poder”
La tradición estratégica, tan típicamente yang, ha enfatizado la “habilidad” técnica del “maestro”, su ingenio, vivacidad y “poder”. Milton Erickson ocupa, en el panteón estratégico, el lugar de los maestros zen más reputados: su figura continúa generando controversia, admiración rayana en la idolatría -¡y un mercado nada despreciable de seminarios, congresos, talleres y terapeutas!
La fascinación se debe, creo yo, al aura de magia que lo rodea y que se acentúa con cada nuevo seminario e historia, donde Erickson resuelve síntomas o patologías de larga data con una o dos frases cegadoramente penetrantes, una o dos prescripciones paradójicas, una o dos metáforas insondables.

Y lo triste es que, por más que el propio Erickson luchara toda su vida contra la idea de que el hipnotista tiene un “poder” sobre el hipnotizando, su figura y el modo en que es utilizada ha contribuido, quizá más que ninguna otra cosa, a la creación y decadencia de algunos de los más temibles gurúes de la psicoterapia -y a la concepción de la terapia como una batalla y del terapeuta como un “amo de la guerra psicológica” por el “bien” de las personas.

Desmitificando a Erickson
La realidad era mucho más prosaica (según Scot Giles, hipnoterapeuta mundialmente famoso). Efectivamente, Erickson podía hacer entrar en trance a una persona con un solo gesto -y es esto lo que más se publica y afirma.
Lo que se olvida decir, a sabiendas o no, es que para conseguir dicha proeza Erickson dedicaba seis u ocho sesiones preparatorias a enseñar a la persona a entrar en trance -¡y cobraba cada una de ellas!

Sus intervenciones, pues, no eran ni tan “brillantes” ni tan “espontáneas” como se suele creer; se basaban en un extenso conocimiento de la persona y su contexto, y sucedían en medio de una terapia más o menos prolongada.

Quizás Erickson contribuyó inadvertidamente a su mitificación. Por un lado, cuando redactaba sus historias clínicas se centraba en las últimas sesiones, en las cuales introducía las intervenciones que le han ganado fama (regresiones a un período anterior al síntoma, prescripciones sintomáticas paradójicas, etc). Y, por otro, hacía demostraciones públicas de hipnosis en seminarios y conferencias con singular éxito. Pero allí sus sujetos eran psicólogos o psiquiatras con años de entrenamiento en alguna escuela psicológica y con cierta experiencia en hipnosis; ¡totalmente diferentes del paciente promedio!

La visión budista: el upaya y la compasión
Esta perspectiva yang, aunque atractiva, termina por traicionar el sentido original del upaya -que era, naturalmente, yin.

En el budismo, el upaya no nace de la habilidad o competencia técnica del maestro sino de su compasión; de su capacidad de vibrar al unísono con la experiencia de sus discípulos, de entender su sufrimiento como propio y señalar con su actividad la salida de la trampa, la vía a la trascendencia.

La razón es muy sencilla: cada persona es un mundo, cada caso es diferente. No pueden formularse reglas universales; o más bien, han de formularse, pero nunca seguirse al pie de la letra. Si el maestro siguiera una regla para liberar al discípulo, no habría necesidad del maestro, sólo de la regla; cosa que olvidan quienes se esmeran en redactar los manuales de psicoterapia que tanto éxito tienen entre los estudiantes.

Asimismo, si el maestro hubiera de seguir una regla, él tampoco estaría liberado, sino cautivo de la misma regla; ¡mal podría liberar a nadie!

El upaya, la palabra justa o el silencio exactos, nacen de la compasión, no de la razón.

Equivalentes contemporáneos del upaya
Me parece que la idea de upaya, tal y como se sigue en la vía zen, se asemeja al “perturbador estratégico” de la terapia posracionalista, donde el terapeuta desequilibra hábilmente los “significados” del paciente, su forma de explicarse y organizar su experiencia, con el fin de moverlo a complejizarla y flexibilizarla.

Algo parecido persiguen la “confrontación” de Minuchin, la “contraparadoja” de Milán y las locuras que profería Whitaker, el más zen de los pioneros sistémicos: perturbar el “sistema familiar” retándolo a ampliarse. Todos ellos coincidían en que el terapeuta debe “ingresar” a la familiar, “coparticipar” con ella, antes de “confrontarla”.

Es decir, que la intervención se cocina en el caldo de la compasión y la empatía -aunque la técnica determine su sazón.

Dos ejemplos célebres de Upaya
Para terminar, dos ejemplos de upaya famosos y brillantes, sin más comentario.

El primero es una anécdota de Alfred Korzybski, fundador de la Semántica General, inspirador de Bateson y Kelly y autor de la archiconocida frase “El mapa no es el territorio“.

Habían pedido a Korzybski que diese una conferencia en una prestigiosa escuela femenina donde tenían una “alumna problema”, demasiado pedante y pagada de sí misma. Korzybski, que siempre daba sus charlas sentado detrás de una mesa, pidió a la chica (tras ser presentado) que se sentara junto a él. Ella aceptó inmediatamente, llena de orgullo.

En medio de la charla, Korzybski extrajo de sus bolsillos una cajetilla de cigarrillos, una boquilla y una caja de fósforos; luego, sin dejar de hablar, colocó ostentosamente un cigarrillo en la boquilla. La chica, que había contemplado la escena con interés, avanzó hacia la caja de fósforos y, a una señal casi imperceptible de Korzybski, procedió a tomarla para encender su cigarrillo. Para su sorpresa ¡la caja estaba vacía!
En ese punto, Korzybski interrumpió su conversación y la miró fijamente, al igual que todos los asistentes. La chica, sin inmutarse, dio vuelta a la caja y espetó: “¿A quién se le ocurre andar con una caja de fósforos vacía?”
Con un gesto displicente, Korzybski replicó: “Querida, el mundo es mucho más grande de lo que puedes imaginarte”; y depositó la boquilla en la mesa.

Al rato, sin dejar de hablar, sacó de su bolsillo otra caja de fósforos, la puso en la mesa y tomó la boquilla. La chica, una vez más, esperó ansiosa para encender el cigarrillo; pero esta vez, se acercó la caja al oído y la agitó; y al escuchar el sonido de las cerillas, la abrió y tomó una. ¡Estaba usada! ¡Todas lo estaban!
Un tanto avergonzada, tiró la caja sobre la mesa y exclamó: “¡Están usadas! ¡No puedo creer que usted lleve cerillas usadas! ¡Mi padre nunca haría eso!”
Korzybski la miró con impaciencia y le dijo: “El mundo es un lugar mucho más grande y complejo de lo que tu padre o tu madre pudieron nunca imaginar”; y dejó, nuevamente, la boquilla en la mesa.

Minutos más tarde, sacó una tercera caja del bolsillo y la puso sobre la mesa. La chica, sin esperar a que Korzybski cogiera la boquilla, se acercó la caja al oído y la agitó. ¡Nada! La devolvió a la mesa, miró con sorna al viejo calvo y regordete, y se sentó nuevamente con un aire triunfal.

Korzybski, sin dejar de hablar, se puso la boquilla en la boca, tomó la caja y la abrió con un golpe seco. Estaba llena de cerillas; tan llena, de hecho, que no quedaba espacio para que se movieran o hicieran ruido. Sin darle importancia, tomó una, la golpeó contra la caja y encendió por fin su cigarrillo. Y así continuó con su conferencia, mientras la chica, a su lado, se sentía cada vez más molesta, fascinada -y pequeña.

El segundo, una anécdota de un monje zen contada por Alan Watts.

El monje había sido invitado a la ceremonia del té en la mansión de un prominente político. Una vez allí, constató, al detectar una cierta calma en sus movimientos, que una de las sirvientas había recibido entrenamiento zen; así que cuando hubo concluido la ceremonia y empezado el momento de la charla informal, el monje le hizo señas para que se acercara. Cuando la tuvo enfrente, le dijo: “Quiero hacerte un regalo”; y tomando con las pinzas un carbón ardiente del incensario que estaba a su lado, se lo ofreció.

Rechazar un regalo de parte de un superior es una afrenta inconcebible en Japón; así que la muchacha alargó las mangas de su precioso kimono ceremonial y tomó el trozo de carbón con ellas, quemándolas horriblemente.

Acto seguido, la muchacha respondió: “También yo quisiera hacerle un regalo”; y procedió a ofrecerle otro pedazo de carbón al rojo vivo. “Muchas gracias”, replicó el monje, mientras lo usaba para encender el cigarrillo que ya había preparado.

Poe, jardines taoístas, psicogeografía y Arthur Machen

Un jardin taoista

Como tantas otras cosas, nuestra forma de ver el mundo se refleja también en el arte; o más bien, en lo que consideramos “artístico” y lo que no. Para la mayoría de occidentales, la arquitectura es sin duda un arte; pero la jardinería no pasa de una artesanía -un pasatiempo digno y un tanto aburrido.

Muy otra cosa pensaban los chinos y los japoneses. Los taoístas, con su amor a la naturaleza, veían el arte no en la capacidad de dominarla sino en la de seguir con acierto sus caprichos; el jardín taoísta se caracteriza por una suerte de estudiado y sutil descuido, por un orden no del todo evidente y por la delicada y minimalista intervención humana. Cambiar lo menos posible el orden natural para adaptarlo a sus necesidades era la meta del ermitaño taoísta.

La devoción de los pintores y artistas chinos por la naturaleza en estado puro se muestra en el frecuente uso de rocas, tallos de bambú, nubes y hojas como motivos pictóricos. Se dice que uno de sus pintores más famosos amó tanto una roca particularmente bella que se la llevó a su lecho y durmió con ella durante varios días.

Así pues, aquello que nosotros valoramos -la activa y brutal modificación del orden natural para imponer la perspectiva humana- es lo que los taoístas despreciaban como un derroche inútil de energía y talento; y lo que nos cuesta considerar “bello”, el aparente caos de una casa abandonada o un parque sin podar, lo que aquellos hubiesen admirado y luchado por lograr.

E. A. Poe

Detrás de esto se intuye una cierta carencia típicamente occidental: la imposibilidad de ceder, de entregarse a las influencias externas, de prescindir momentáneamente de nuestro control. Quizá la mayoría de nosotros nos permitamos respirar a pleno pulmón en la cima de una montaña; pero temo que, la mayor parte del tiempo, nos defendemos de nuestro entorno con una combinación de estratégica ignorancia y estudiado desdén. ¡Y no es para menos, con lo hostiles que tienden a ser las ciudades!

Pese a todo, algunos privilegiados conocían el efecto que el paisaje ejerce sobre el alma -a poco que se ceda a él; efecto al que se ha dado en llamar “psicogeografía” (o, más científicamente, “psicología ambiental“). Ante todo, Edgar Allan Poe, que lo manifiesta en dos de sus mejores ensayos, The Landscape Garden y Landor´s Cottage.

Arthur Machen

Y el formidable Arthur Machen, cuya obra de terror y fantasía sobresale por el cuidado de la atmósfera, ominosa e intensa, cargada de ruinas romanas, bosques galeses y misterios insondables. En ella podemos encontrar pequeñas joyas del miedo psicogeográfico como The Children of the Pool y The Green Book (en The White People); y sorpresas como la cita que introduce de Kurt Koffka, pionero de la Gestalt, en el primer cuento.

Con lo que se comprueba que no hay nada más terrible que sentir terror a plena luz del día.

Seminario Internacional de Terapia Sistémica

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¡Juan Luis Linares ha llegado bien al Ecuador! Y dictará, como parte de la Maestría en la que soy docente, un seminario del jueves al sábado, sobre un tema que promete muchísimo y en el que lleva trabajando desde hace tiempo. Es la primera conferencia que dicta en Quito y estoy seguro de que será fantástica.
Un extracto de la biografía intelectual de Juan Luis, que fue mi maestro en Barcelona:

  • Licenciado en Psicología por la Universitat de Barcelona
  • Doctor en Medicina por la Universitat Autónoma de Barcelona
  • Profesor Titular de Psiquiatría de la Universitat Autónoma de Barcelona
  • Director de la Unidad de Psicoterapia del Hospital de la Sta. Cruz y San Pablo en Barcelona
  • Director y fundador de la Escuela de Terapia Familiar del Hospital de la Sta. Cruz y San Pablo
  • Presidente de RELATES: Red Española y Latinoamericana de Escuelas Sistémicas
  • Expresidente de EFTA: European Family Therapy Association
  • Autor (entre otros) de: Identidad y Narrativa: La terapia familiar en la práctica clínica; Del Abuso y otros Desmanes: el maltrato familiar en la terapia y el control

¡Poderlo traer ha sido formidable! ¡Estoy muy orgulloso de esto! Y espero que, por su intermedio, la forma europea, humanista, comprensiva y amable de hacer terapia sistémica comience a extenderse por este país, ¡que seguro lo necesita!

(Actualización: ¡la conferencia fue todo un éxito!)