Pleamares de la vida

W. Shakespeare

There is a tide in the affairs of men, which, taken at the flood, leads on to fortune.

Shakespeare, Julius Caesar

A diferencia de lo que se suele creer, el I Ching no es, en rigor, un oráculo; no sirve para “predecir el futuro” (aunque pueda acertar asiduamente) ni para “leer la mente del otro” (aunque arroje alguna luz sobre ella). Sirve, básicamente, para plasmar la situación en la que se está inmerso; o, mejor dicho, su tiempo.

Porque para interpretar el I Ching hace falta un concepto imprescindible, el de tiempo; como cuando decimos “es tiempo de siembra” o “es tiempo de irse”. De hecho, parece que era éste el significado original del término chino para “tiempo”, shi: como en “las estaciones no se equivocan” (Comentario al Hexagrama 16).

Nada hay más cambiante que las estaciones, y sin embargo, nada más permanente. Del mismo modo, los asuntos de los seres humanos siguen una corriente alternante y repetitiva contra la que no cabe luchar. Es menester descubrir la forma de comprenderla y aprovechar su ímpetu: aprender a abandonarse a ella, sin reparos ni segundas intenciones.

El libro, si hace algo, es señalarte el tiempo de la situación que te preocupa: el apogeo o caída de “lo Luminoso”, la sucesión continua y deslumbrante del yin y el yang, el favor o la desgracia que acechan al “Hombre Superior”; en suma, las pleamares de la vida.

Y los comentarios que incluyen la frase “grande es, en verdad, el tiempo” transmiten la suprema necesidad de dar con el momento justo para obrar –lo que en la tradición griega se llamaba kairos.

Ya que, por otro lado, siempre es preferible no actuar a tratar en vano de remontar el río de la vida; lo cual no tiene nada que ver con el Destino, la Fortuna o Dios: sólo con el tiempo.

Me temo, sin embargo, que no sea éste el mejor consejo para los oídos de hoy -frenéticos, monotemáticos, insaciables; ni para nuestras cabezas, que confunden la terquedad con la fortaleza, la rigidez con el valor, la brutalidad con el poder.

¿Querrá esto decir que no es su tiempo?

Un caballero, con su abrigo, intenta

Hoy, nada. Hoy, sólo un poema, dulce y delicioso, acerca de ella:

La Parca

Piazza Piece

I am a gentleman in a dustcoat trying
To make you hear. Your ears are soft and small
And listen to an old man not at all,
They want the young men’s whispering and sighing.
But see the roses on your trellis dying
And hear the spectral singing of the moon;
For I must have my lovely lady soon,
I am a gentleman in a dustcoat trying.

I am a lady young in beauty waiting
Until my truelove comes, and then we kiss.
But what gray man among the vines is this
Whose words are dry and faint as in a dream?
Back from my trellis, Sir, before I scream!
I am a lady young in beauty waiting.

John Crowe Ransom

Donde cae el rayo

Es tan triste descubrir que alguien a quien amas es patético e infantil, egoísta y necio. Triste, porque entonces ¿cómo es que lo amabas en primer lugar?

Porque no veías lo que era sino lo que podías ver: veías “a través de un cristal oscuro” color esmeralda, de tu propia creación.

O de la creación de alguien.

Como Keats, para quien la “bella y elegante, graciosa, tonta, ajustada a la moda y extraña… MINX”, Fanny Brawne, representaba la más excelsa belleza, el amor, la pasión y la admiración.

Es duro ser la Musa

El caso es que un buen día se te caen las escamas de los ojos y contemplas por primera vez la abyección de tu objeto de afecto. Cambias, sin duda alguna; pues has atravesado una anagnórisis, una “escena de reconocimiento”: ahora sabes quién es -y quién eres , en realidad.

Y te sientes vacío. Vacío -y en paz.

Naturalmente, no depositamos nuestro amor donde queremos sino donde cae el rayo.

Pero ¡por cuán poco se vende mi Musa!

Yo también fui una abeja:
y bebía tu sangre del tomillo y la rosa.
Yo también fui serpiente:
me enroscaba en tu cuello mordisqueando tus labios.
Fui un lobo más tarde:
perseguía tu sombra que vadeaba la luna.
Pero hoy, soy humano:
ahora hablo, y te lloro
cuando cae la noche.

Andariego

Todos somos árboles

Hoy me he sentido vacío. No sólo eso: he sentido como si mi estómago se consumiera a sí mismo, como si hubiese de alimentarme de mí hasta implosionar.

Vacío. Es curioso: habitualmente abundo en descripciones más o menos acertadas de mis propios estados; descripciones y teorías.

Hoy, no hubo teorías, ni descripciones: sólo una palabra, vacío.

Y una imagen: yo era un árbol, quizá un sauce, no lo sé. Todos somos árboles; y estamos compuestos de capas que se amontonan en torno a un núcleo hueco. La vida va carcomiendo esas capas -lenta, inexorable, maligna- hasta desvelar el hueco –que se funde así con el universo.

El caso es que nos carcome desde dentro.

El gato terrible

Así empezó todo:

He visto un lindo gatito...

Y así terminó:

Pero ¿a dónde se ha ido?

Una evolución desde el arte figurativo a la abstracción, como la de Mondrian o Pollock. Lo hemos visto miles de veces.

La diferencia es que el pintor del gato terrible se llamaba Louis Wain y estaba loco. O lo estuvo a partir de los 57 años, cuando fue diagnosticado de esquizofrénico e internado en una institución mental. Y que el primer cuadro fue creado a las puertas de la locura –y el último en su apogeo.

¿Describió así Wain, como Poe, sus aventuras en su infierno privado? ¿”Veía” este gato –como Poe vivió las crisis de ansiedad? ¿O se trataba solamente de un desarrollo técnico y estético sin relación alguna con su vida?

El Fuego de la Mente agita la Atmósfera
De la respuesta a estas preguntas podría deducirse una teoría del arte, del lenguaje -y, en último término, de la vida misma. ¿Somos un conjunto de trozos más o menos disparejos, un collage sin ton ni son, un camaleón que cambia de color en función de su entorno? ¿O hay un método en nuestra locura, una unidad que engloba y trasciende la banalidad de todos nuestros actos?

Sea como fuere, lo cierto es que Wain siempre tuvo una extravagante predilección por los gatos -su único leitmotiv; y que casi siempre los plasmaba de manera antropomórfica. Y que algunos de sus cuadros “normales” son, si no incoherentes, sí vagamente inquietantes:

Sonrisas que muerden

Y también que sólo abordó la exploración de los fundamentos geométricos y la sustitución de los colores naturalistas (rasgos típicos del camino a la abstracción pictórica) hacia el final de su vida, cuando trabajaba recluido en una institución psiquiátrica:

Gato de formas

Se rumorea que Wain proclamó en una entrevista que la idea de dibujar gatos realizando actividades humanas se la había sugerido Peter, su gato negro.

¿No podría ser que Wain comenzara a enfermar cuando Peter dejó de hablarle?

Tu vida es una película

Sólo que no sabes cuál es tu papel.

Podrías ser uno de los actores, incluso el protagonista; sí, eso calza con lo que recuerdas de tu vida –con las miradas que echas en derredor para saber si tu público te observa, con la pose que adoptas cuando te descubres en medio de una escena importante, con la estudiada concentración que depositas en tus tareas más nimias, con tu manía de practicar ante el espejo tus gestos de alegría, disgusto, desilusión y displicencia. El protagonista, que trata de llevar adelante su espectáculo a toda costa, contra viento y marea; el protagonista, al que nunca pillarán sin una salida cortante o una cara de circunstancias.

O podrías ser el público: perderte en la masa y contemplar desinteresadamente las desventuras de un autómata llamado yo. El público, que ora aplaude y ora abuchea –pero que jamás subiría al escenario para tomar cartas en el asunto.

O quizá el director. Sí, lo eres, al menos en los momentos de suprema angustia, cuando el universo se desploma sobre tu cabeza y la tierra deja de acogerte. Entonces se despierta en tu interior un crítico impasible que aprovecha tu dolor para mejorar tu interpretación y asegurarte así los laureles; un crítico que sopesa casi cada gesto diciéndote “esto te ha salido bien” o “te falta un toque de dramatismo”. ¡Debe ser de la escuela de Stanislavski!

O quizá todos -y ninguno. Quizá, como decían del Arlequín de la Comedia Dell Arte en esta magnífica y oscura película
Harlequin
puedas adoptar el papel que te plazca, volverte invisible para los demás actores y mezclarte con la concurrencia, dirigir la escena para tus adentros y bajar el telón de un manotazo.

Tu vida es una película -¿no lo sientes a veces?
Sólo que aún no sabes cuál es tu papel.

Meanwhile

I let love slip right through my fingers
And I watched it drift away
But still I had to say
What was written for me

I thought I’d end up as the hero
Thought the glory would be mine
Very soon I was to find
It wasn’t to be

The Moody Blues

El mal que no quiero

Ayer estuve a punto de contradecirme; a punto de hacer el mal aposta. ¿Cuántas veces puedes meter la pata en diez minutos? No lo sé –mas ¡seguro que ayer batí mi propio récord! Para terminar sintiéndome culpable -sólo lo justo, pero culpable al fin y al cabo. He aquí, por ende, una suerte de disculpa.

Tal vez fuera una urgencia como esta -la maldita manía de ir contra el propio buen juicio- lo que movió a San Pablo a exclamar que

Pero ahora no soy yo el que obra, sino el pecado que habita en mí… Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero: eso es lo que hago. Y si lo que no quiero yo, eso es lo que hago, ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí. (Epístola a los Romanos, 7:17)

Una explicación inquietante –una espada de doble filo; pues si no soy yo quien peca, sino “el mal que hay en mí”, ¿por qué sentirme culpable? ¿Para qué cambiar?

Aunque, pensándolo bien, lo contrario sería igual de problemático. Si yo soy, a la vez, la fuente de mi degeneración y el vehículo de mi salvación, ¿cómo puedo regenerarme? ¿Cómo puede nadie cambiarse a sí mismo?

Los grandes maestros Zen han tocado este punto al indagar la fuente de la iluminación: ¿es el “poder de Otro” o el “poder del Yo”?

En fin. Acaso no tenga que darle tantas vueltas. Acaso no haya intentado “hacer el mal” aposta. Acaso no era el mal en sí lo que buscaba; acaso mi metedura de pata era un intento desmañado de alcanzar algún oscuro propósito –o, peor aún, de aprehenderlo, de sacarlo de su escondite. Acaso nuestro buen juicio es, asimismo, la válvula que se asegura de que sigamos siendo como somos. Y acaso haya que enfrentársele para cambiar -y ser como se quiere ser.

Pero ¿quién puede saber lo que realmente desea?

Qué puedo hacer, no lo sé; mis deseos son dobles.
Safo