Ambos sostienen lo mismo

Uno de los temas preferidos de los filósofos es la muerte.

Y aquí, como siempre, tenemos al menos dos grandes tradiciones contrarias.

Sócrates

Ante todo, el gran Sócrates, quien (hasta donde sabemos) pensaba que “la filosofía es una preparación para la muerte”.

De lo que se deduce que el tema que ocupa permanentemente al auténtico filósofo es el fin de la vida; y que su filosofía es, en el fondo, un continuo entrenamiento en el desapego.

Spinoza

Pero tenemos a Spinoza, quien decía (y cito de memoria): “El hombre saludable en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría es acerca de la vida, no de la muerte”.

No cabe duda de que Spinoza conocía la opinión socrática, ni de que su propia postura era, en buena medida, una rebelión contra una tradición tan noble y poderosa. Desde su perspectiva, bella y elegante, pretender “desapegarse” de la existencia sería tan absurdo como pretender arrancarse los propios huesos. Ningún ser vivo, en tanto que vivo, puede abdicar de su vida. Eso va en contra de su naturaleza.

La muerte y el astrólogo, de Holbein

Así, la filosofía nos prepara para la muerte -pero nos impide pensar en ella.

¡Pero esto no tiene sentido!

O tal vez sí…

Tal vez, sin que Sócrates ni Spinoza lo sospecharan, estaban sosteniendo una y la misma cosa.

El asesino en ti

Un demonio mora en tu interior -un asesino.

Caminas sobre sangre y lloras fuego y azufre. Nunca te detienes -hasta llegar a un lago límpido, impoluto, perfecto, sin ondas ni habitantes. Es de mercurio.

Lo miras -una mano te llama -vacilas y caes.

Un demonio mora en tu interior -y un asesino.
Pero me gusta
Pues también mora en el mío.

Disarm you with a smile
And cut you like you want me to
Cut that little child
Inside of me and such a part of you
Ooh, the years burn

I used to be a little boy
So old in my shoes
And what I choose is my choice
What’s a boy supposed to do?
The killer in me is the killer in you
My love
I send this smile over to you

Disarm you with a smile
And leave you like they left me here
To wither in denial
The bitterness of one who’s left alone
Ooh, the years burn
Ooh, the years burn, burn, burn

I used to be a little boy
So old in my shoes
And what I choose is my voice
What’s a boy supposed to do?
The killer in me is the killer in you
My love
I send this smile over to you

The killer in me is the killer in you
Send this smile over to you
The killer in me is the killer in you
Send this smile over to you
The killer in me is the killer in you
Send this smile over to you…

Smashing Pumpkins, Disarm

Sus mensajes son ambiguos

El ángel herido, de Simberg

Tal vez el acontecimiento decisivo de la historia humana ocurriese en una tranquila tarde del año 2405 A. C., al despertar de su siesta un sacerdote egipcio y comprender súbitamente la respuesta al enigma de la existencia -para fallecer minutos después sin habérsela contado a nadie.

Tal vez todo lo sucedido desde entonces no sea otra cosa que un banal epílogo.

Nadie podría saberlo, excepto, quizá, los dioses; y sus mensajes suelen ser lastimosamente ambiguos.

Peter Berger, Invitation to Sociology

Los milagros ocurren

Y las coincidencias, también.

Deborah Kerr y Van Johnson, en The End of the Affair, de Graham Greene

Mi padre amaba a una mujer, hace años. Y ella lo amaba, a su vez.

Tanto, que decidió abandonarlo, por su propio bien, para siempre. Sabía que seguir con él sólo iba a causarle daño.

Lo dejó -para salvarlo.

Y lo salvó.

Julianne Moore y Ralph Fiennes, en The End of the Affair, de Graham Greene

Yo amé a alguien, hace años; y ella me amaba a mí.

Sabía que mi amor iba a dañarla; sabía que le sería pernicioso, doloroso, que terminaría por hundirnos a ambos en un fangoso pozo de amargura, humillación y desengaño.

Así que decidí dejarla, dejar a la mujer que más había amado hasta entonces -y muy probablemente, hasta ahora.

Y lo hice, para salvarla.

...

Así se repite la historia; así se intercambian papeles en la interminable escena del mundo. El sacrificio que hicieron por tu padre, lo haces tú por alguien. Ajustas, sin pretenderlo, el Debe y el Haber del Libro de la Vida.

Y cuando lo descubres, la realidad es otra. La que siempre ha sido, aunque no lo supieras: echabas en falta una pieza crucial del rompecabezas.

Arlequín...

Los milagros -la gente que ama tanto que lo da todo por ti, la que sacrifica su felicidad por tu amor- ocurren.

Las coincidencias, jamás.

Lamento haber caído

La mirada hacia atrás...

Run
Running all the time
Running to the future
With you right by my side

Me
I’m the one you chose
Out of all the people
You wanted me the most

I’m so sorry that I’ve fallen
Help me up lets keep on running
Don’t let me fall out of love

Running, running
As fast as we can
Do you think we’ll make it?
–Do you think we’ll make it?–
We’re running
Keep holding my hand
It’s so we don’t get separated

Be
Be the one I need
Be the one I trust most
Don’t stop inspiring me

Sometimes it’s hard to keep on running
We work so much to keep it going
Don’t make me want to give up

Running, running
As fast as we can
I really hope you make it
–Do you think we’ll make it?–
We’re running
Keep holding my hand
It’s so we don’t get separated…

No Doubt, Running

Amarrarse

Decía Wittgenstein (creo que en Sobre la certeza) que “imaginar un lenguaje es imaginar una forma de vida”.

Quería decir que el significado no se encuentra en las profundidades de la mente, como suponía Descartes, sino en las minúsculas, recurrentes y continuas interacciones cotidianas. No está “dentro” ni “fuera”, sino “entre”: en cada exclamación, conversación, gesto entre dos o más personas. Y el resultado de miles de millones de interacciones termina por sistematizar el significado de cada término.

Cada cultura tiene un conjunto limitado y repetitivo de escenas arquetípicas, de sucesos básicos y canónicos, cuyos cambios y evoluciones se registran en la historia del lenguaje, la etimología.

Del mismo modo, las metáforas de la jerga cotidiana traicionan el sentido que reciben estas escenas arquetípicas, los círculos semánticos sobre los que se proyectan.

Veamos, por ejemplo, la escena arquetípica relativa a la gestión de las relaciones de pareja. Existe un estadio en el que una pareja que ya ha salido varias veces decide entablar una relación de exclusividad afectiva y sexual, duración indefinida y futuro venturoso. A ese estadio, en esta cultura, los jóvenes le dan un nombre tan inusual como sugestivo: “amarrarse”.

Sugestivo… Pasando de todas las metáforas posibles, la sabiduría popular, brutalmente honesta, ha preferido aventurarse en pos de un vocablo que no surge en ningún otro contexto salvo el de la marina: “amarrar” un bote al puerto o “soltar amarras”.

Un vocablo que acentúa un solo aspecto de la situación: la pérdida o restricción de la libertad, entendida de la manera más simplona -aunque posmoderna: como la posibilidad de elegir entre infinidad de potenciales parejas.

Es la libertad del consumidor: escoger una de las mil botellas que se agolpan en el escaparate, a cuál más llamativa. Es una libertad rígida y mecánica, que se agota en el momento en que se hace la compra; de ahí en más estás obligado a cargar con tu artículo -o con tu esposa o marido. Y ¡pobre de ti, si resulta que no era la persona “adecuada”!

“Amarrarse” es, pues, un acto implícitamente negativo, una pérdida; y un acontecimiento de todo o nada, cuya única cura es “soltar amarras” -o, más expresivo aún, cortarlas.

Visto lo cual, ¿quién iba a preferir “amarrarse” a estar solo? Y ¿dónde quedan las emociones, la ternura, el amor y la comprensión? Más aún: ¿dónde se queda el otro, aquel con quien “te amarras”?

En ninguna parte; en un apéndice, una ínfima nota al pie de página de tu libérrima -y solitaria- biografía.

Todos los colores se volverán uno

Carlisle Wall, de Dante Gabriel Rossetti

Todos hemos recibido una mirada así una o dos veces en la vida; son miradas en las que los mundos se funden, el pasado se borra; son momentos en los que descubrimos, acuciados por la más viva necesidad, que el sillar de todos los tiempos no puede ser más que el amor, aquí, ahora, en el unirse de esas manos, en ese silencio ciego, en el que una cabeza se acerca a otra…

John Fowles, La mujer del teniente francés