¡No te dejes engañar!: cómo ser un buen consumidor de psicoterapia

Acudir a un psicoterapeuta es una de las decisiones más complicadas y difíciles que existen. En primer lugar, las personas que acuden se sienten, casi siempre, al borde de sus fuerzas. Han probado todo lo que se les ha ocurrido sin resultado alguno. Llevan semanas, meses o incluso años cargando con sus problemas sin haber podido solucionarlos por cuenta propia. A muchas les parece que están enloqueciendo o perdiendo el control; pueden haber considerado más de una vez la opción del suicidio.

En segundo, para los no iniciados, el mar de la psicoterapia (y de los tratamientos psicológicos en general) es proceloso y traicionero. A diferencia de prácticamente cualquier otra disciplina, los profesionales se presentan con títulos incomprensibles y rimbombantes, destinados más a sus colegas que al común de los mortales: “psicodramatista”, “sistémico”, “constructivista”, “psicoanalista”, “transpersonal”, “cognitivo-conductual”, “hipnoterapeuta”…

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“Gracias por venir”, o “buenos días, soy un don nadie”

Muchos terapeutas (sobre todo familiares) tienen la manía de empezar sus sesiones diciendo: “buenas, gracias por venir”. Creen que con esto se “acomodan” a la familia, haciéndola sentir mejor y más “aceptada”, reduciendo su “ansiedad” ante una situación desconocida, siendo afables y humanos…

Convirtiéndose, también, en perfectos inútiles. Porque al decir “gracias por venir”, el terapeuta está diciendo “buenos días, soy un don nadie”.

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La sociedad hobbesiana: resultados finales de la Investigación Confianza

He recibido los datos finales de la Investigación Confianza (de la que he hablado aquí, aquí y aquí). Han sido recopilados por HABITUS Investigación. Son representativos de los jóvenes de Quito, entre 18 y 23 años.

Y pintan una realidad dramática. Jóvenes extremadamente desconfiados y suspicaces, temerosos y siempre alerta por si les acecha algún peligro, dispuestos a saltarse las normas con tal de salirse con la suya y evitar los riesgos. Jóvenes que ven al ser humano como esencialmente egoísta, interesado, reacio a ofrecer ayuda; que contemplan como principal solución la “mano dura” -colindante con el autoritarismo y la violencia.

Las cifras hablan por sí mismas. A la pregunta “¿Cree usted que si uno no es cuidadoso, la gente se aprovecha de uno?”…

Confianza

…¡el 90% responde que sí!

Y a “Aunque no nos guste admitirlo, a veces es necesario hacer trampa”…

Trampa

…¡un 67% responde “de acuerdo-muy de acuerdo”!

(Más resultados, aquí).

Esos resultados confirman la hipótesis que trazaba en “Las instituciones desde la perspectiva psicológica: el punto de vista evolutivo” (publicado en Instituciones e Institucionalismo en América Latina) y retomaba en la ponencia presentada en el Congreso de 50 aniversario de FLACSO: vivimos en una “sociedad hobbesiana”, anclada en la suspicacia como paradigma de las relaciones humanas.

Como decía en este texto: “…cuando imagino que, detrás de sus sonrisas, los demás están esperando un instante de debilidad para causarme daño, tengo por fuerza que conducirme mendaz y astutamente. Mi vida se convierte en un juego de suma cero, en un eterno dilema del prisionero”.

La desconfianza, pues, subyace a la conducta antinormativa y su justificación (anticiparse al daño, atacar antes de ser atacado); a la sensación de inseguridad y vulnerabilidad (si creo que mis congéneres son egoístas, falaces y taimados, es natural que deba estar siempre a la defensiva); al recurso a la violencia. Donde “el hombre es lobo del hombre”, ¡mejor ser el lobo más fuerte!

Un escenario complejo para el Ecuador. Creo que en tanto no abordemos este tema, ninguna Constitución, ningún Presidente, ningún movimiento va a sacarnos del atolladero. Sólo nosotros mismos, cada uno, todos.

Un claro desafío para nosotros, psicólogos: salir al paso de este conjunto de creencias tan generalizado y potente. Sanar esta sociedad que sufre y tropieza una y mil veces con el mismo obstáculo; este país cuyas soluciones son, casi siempre, parte del problema.

La culpa es de los psicólogos, o “baja autoestima”

Con cierta frecuencia, al empezar una conversación (terapéutica o no), las personas me dicen: “Ah, ¿psicólogo? ¡Yo no creo en los psicólogos!”

Tienen toda la razón. Yo tampoco creería, visto lo visto.

Freud

Pues me parece a veces que los psicólogos creamos más sufrimiento del que intentamos evitar.

Un ejemplo célebre es Freud, cuyas audaces ideas del primer cuarto del S. XX se convirtieron en dogmáticas “certezas” en el segundo cuarto. Por ejemplo, que los recuerdos dolorosos “se reprimen inconscientemente” (falso y peligroso), que las fobias tienen su origen en problemas sexuales (falso y además ridículo), que la curación de un trastorno pasa por “recordar” el “trauma” que lo causó (falso, peligroso y doloroso)… En fin: certezas que todavía hoy circulan en los libros de psicología popular y los especiales televisivos. Certezas que causan problemas y agravan los ya existentes.

Una persona acude al psicólogo para que la ayude a no tener miedo de las arañas; éste afirma que “toda fobia tiene su origen en la sexualidad” y que para ayudarla será necesario indagar en su relación con sus padres, lo que tomará, al menos, seis meses a razón de una sesión a la semana. La persona sale de la consulta sintiéndose inútil e indefensa. Antes tenía sólo una fobia; ahora tiene una fobia, una dificultad sexual indefinida y la creencia de que sin seis meses de hurgar en su pasado jamás podrá mejorar.

Parece una caricatura pero sucedió en la realidad (he cambiado algunos datos para mantener la confidencialidad de quien me lo contó).

Hoy en día, la fuente más importante de sufrimiento gratuito es el “autoestima”. La mayor parte de gente que atiendo afirma tarde o temprano que “tiene baja autoestima”; más aún, que esa es la “causa” de sus problemas. “Como tengo baja autoestima, no puedo… (conseguir o mantener un buen trabajo, dejar a mi actual pareja, llevarme bien con mis hijos, etc.)”

Es culpa nuestra: casi cada vez que escucho a un psicólogo en la radio o la televisión sale a relucir la bendita “autoestima” como “explicación” de los problemas. Existen innumerables sitios que aconsejan cómo “aumentar” el autoestima, libros que prometen métodos fáciles y rápidos, cursos… Toda una industria. La noción de “autoestima”, alguna vez útil, ha sustituido a la de “complejo” a la hora de ofrecer explicaciones simplistas y rápidas para casi cualquier malestar.

El problema es que no sirve de nada.

Porque el autoestima es sencillamente el resultado de comparar nuestros logros o capacidades con la magnitud de nuestras dificultades. Si nos consideramos fuertes, competentes, hábiles, lo suficiente como para afrontar lo que anticipamos que se nos avecina, el saldo es positivo y nuestra autoestima sólida; si nos vemos más débiles de lo que creemos necesitar para plantar cara a nuestras dificultades, nuestra autoestima cae en números rojos.

En otras palabras, el autoestima cambia continuamente en función de qué tan graves son nuestros problemas y de cuántos recursos disponemos para resolverlos. No es, en sí misma, causa de nada. De poco sirve “fortalecerla” artificialmente porque, por más que nos sintamos mejor, nuestros problemas siguen presentes. Y como no hemos aprendido nuevas maneras de abordarlos, fallamos y nos volveremos a sentir inútiles o fracasados; y regresamos a la librería en pos de un nuevo texto de autoayuda o un nuevo “taller de desarrollo personal”… El ciclo vuelve a empezar.

(Como el velocímetro de un auto. Cuando aceleramos, el velocímetro aumenta; pero no podemos acelerar empujando la aguja del velocímetro…)

Lo que cabe hacer es no “aumentar” el autoestima sino ayudar a la persona a desarrollar recursos nuevos para resolver sus problemas; porque cuando lo haga, su autoestima mejorará por sí sola. Tal vez tarde un poco más, pero se mantiene a largo plazo.

Así, por culpa de los psicólogos y su simplificado uso del “autoestima” como explicación universal, la mayor parte de personas que se topan repetidas veces con una misma dificultad concluyen que tienen un defecto de fábrica: “baja autoestima”. Luchan denodadamente contra él lo mejor que pueden; sin lograr avances, desde luego. No porque sean incapaces sino porque su misma lucha sostiene el problema: cuanto más se esfuerzan en “aumentar el autoestima” más descuidan la búsqueda de otras soluciones a sus problemas.

Es entonces cuando llaman a nuestra puerta. Por desgracia, muchos psicólogos responden con más de lo mismo: “su problema es que no tiene buena autoestima”.

La culpa es de los psicólogos, en muchos casos. Por eso no creo en ellos.

¿Cómo es el “paciente en Ecuador”?

Quienes hacemos psicoterapia en Ecuador tendemos a encontrarnos una y otra vez con el mismo fenómeno: la profunda dificultad de muchas personas a la hora de explicar sus malestares y emociones. A juzgar por los comentarios compartidos con varios colegas, las conversaciones terapéuticas suelen estancarse en el mismo punto:

T: Bueno, y ¿cómo te sientes?
C: Mal…
T: [siencio] Ajá… Mal, ¿de qué manera?
C: ¡Mal pues! ¡Mal! ¿Qué no sabe lo que es “mal”?

“¡Mal pues!” No “triste”, “molesto”, “rencoroso”, “inquieto”, “culpable”, “dolido”, “angustiado”, “afligido”… ¡Sencillamente “mal”! Y pasar del “mal” a cualquier expresión más específica suele tardar mucho y costar tiempo, paciencia y recursos.

Si es así, ¿de qué se trata? ¿Alexitimia? ¿Desconfianza? ¿Un lenguaje carente de expresiones emocionales suficientemente diferenciadas?

Podría ser.

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Yo, sin embargo, me inclino por otra hipótesis: déficit metacognitivo sostenido por formas de socialización premodernas que conviven sincréticamente con las prácticas ultramodernas de las urbes contemporáneas. Sigo la línea propuesta por el psicoanalista Allan Castelnuovo (desgraciadamente olvidado en nuestro país ¡por los que fueron sus alumnos!) hace ya veinte años, relacionándola con los hallazgos de la escuela italiana de terapia cognitiva.

Ayer he dictado una conferencia sobre este tema en el Congreso Ecuatoriano de Estudiantes de Psicología, CEEPSI.

Espero publicar estas reflexiones en un futuro no muy lejano. Entretanto, la presentación que he usado en la conferencia está disponible aquí.

La teoría del “defecto de fábrica” y la anulación de la voluntad

En el anterior texto decíamos que muchas escuelas psicológicas han defendido, más o menos abiertamente, la “teoría del defecto de fábrica”. Entre ellas, algunas variantes del psicoanálisis -que enfatizan el papel del “inconsciente” y el “determinismo psíquico” en nuestra conducta, en detrimento de la consciencia y la voluntad.

Gracias, entre otras cosas, al trabajo de Martin Seligman y la Psicología Positiva, esta tendencia ha empezado a invertirse con lentitud. Escuelas como la Acceptance and Commitment Therapy postulan que el compromiso voluntario y la atención consciente a los propios procesos mentales son no sólo útiles sino imprescindibles para alcanzar el cambio duradero.

Redescubren, así, una preciosa frase de George Kelly: “Nadie tiene que ser esclavo de los hechos -siempre que pueda reconstruirlos de una manera diferente”.

Conversaciones con el Demonio, de Carl Goldberg

El psicoanalista Carl Goldberg lo expone sucintamente:

Más aún que los filósofos, los psicoanalistas típicamente han adoptado una postura determinista -es decir, tienden a atribuir sólo un mínimo de libertad de opción a nuestra toma de decisiones. Para llegar a esta conclusión, han desvalorizado descaradamente las facultades reguladoras de nuestra mente consciente, alegando que el inconsciente es el inexorable escritor anónimo de nuestro guión vital.

Muy simplemente, mi experiencia personal confirma mi experiencia clínica: están equivocados. La mente inconsciente domina sólo con el permiso, o al menos la tolerancia, de la mente consciente. Como todos deberíamos saber por nuestras experiencias cotidianas, la mente consciente es el verdadero autor de nuestros pensamientos y actos. Bulle continuamente con sentimientos, ideas, impulsos e imágenes que van de lo placentero a lo desagradable o lo no juzgado. Usualmente, optamos por ignorar o suprimir o intentamos desalojar a algunos de estos ocupantes mentales, mientras alentamos o mimamos a otros. A partir de estas decisiones desarrollamos nuestros sentimientos respecto a nosotros mismos.

…Sin embargo, como vimos recién, no censuramos inadvertidamente el material traspasado al inconsciente; lo almacenamos ahí por una elección consciente. Desde luego, como al pasar el tiempo continuamos ignorando y abandonando a algunos de nuestros ocupantes mentales, ellos se trasladan a la periferia de nuestra mente. Allí, operan en forma más o menos independiente de nuestra percatación despierta.

Carl Goldberg, Conversaciones con el Demonio