Upaya y terapia

El budismo es proceso y no contenido
Como bien señala Alan Watts, el budismo debe entenderse no como una “filosofía” sino como un diálogo; es decir, no como un contenido específico de sabiduría a “transmitir” sino como un proceso de aprendizaje y crecimiento espiritual en el contexto de la relación entre aprendiz y maestro.

En realidad, el diálogo es también el inicio de la filosofía griega. Parece que Platón coincidía, a este respecto, con el Buddha; sus escritos consisten justamente de diálogos donde lo que prima es el proceso de búsqueda de la verdad, ejemplificado por las preguntas de Sócrates, por sobre el contenido especifico o el tema en debate.
Parecida estructura tienen otras obras maestras de la filosofía; más recientemente, las Investigaciones Filosóficas de Ludwig Wittgenstein, escritas como una conversación del filósofo consigo mismo donde los argumentos se suceden y superponen de manera errática, entremezclados con ejemplos y “experimentos mentales“.

Upaya: medios convenientes
En el diálogo budista, el maestro utiliza los llamados Upaya, “medios hábiles” o convenientes para “despertar” al discípulo poniendo en jaque su lógica para forzarle a salir de ella. El koan zen es un heredero de estos upaya; como, por ejemplo, la siguiente historia:

Un monje pidió a Zhaozhou que fuera su maestro.
Zhaozhou le preguntó: “¿has comido ya?”
“Sí”, respondió el discípulo.
“Entonces, ve y lava tu plato”.
En ese momento, el discípulo alcanzó la liberación.

El aparente sinsentido del cuento es precisamente la fuente de su poder; pero sólo puede ser experimentado, no explicado. Y si alguien objeta que esto es absurdo e imposible, basta con indicarle que lo mismo ocurre en todos los terrenos de la existencia.
Un chiste, por ejemplo, no puede explicarse; si hace falta explicarlo, pierde toda su gracia -y deja de ser un chiste para volverse una sucesión de palabras. La risa es el único indicador de la comprensión -como el llanto o los suspiros indican que se ha entendido un buen poema y los gemidos, que se ha disfutado de una buena comida.

La visión yang: el upaya como “poder”
La tradición estratégica, tan típicamente yang, ha enfatizado la “habilidad” técnica del “maestro”, su ingenio, vivacidad y “poder”. Milton Erickson ocupa, en el panteón estratégico, el lugar de los maestros zen más reputados: su figura continúa generando controversia, admiración rayana en la idolatría -¡y un mercado nada despreciable de seminarios, congresos, talleres y terapeutas!
La fascinación se debe, creo yo, al aura de magia que lo rodea y que se acentúa con cada nuevo seminario e historia, donde Erickson resuelve síntomas o patologías de larga data con una o dos frases cegadoramente penetrantes, una o dos prescripciones paradójicas, una o dos metáforas insondables.

Y lo triste es que, por más que el propio Erickson luchara toda su vida contra la idea de que el hipnotista tiene un “poder” sobre el hipnotizando, su figura y el modo en que es utilizada ha contribuido, quizá más que ninguna otra cosa, a la creación y decadencia de algunos de los más temibles gurúes de la psicoterapia -y a la concepción de la terapia como una batalla y del terapeuta como un “amo de la guerra psicológica” por el “bien” de las personas.

Desmitificando a Erickson
La realidad era mucho más prosaica (según Scot Giles, hipnoterapeuta mundialmente famoso). Efectivamente, Erickson podía hacer entrar en trance a una persona con un solo gesto -y es esto lo que más se publica y afirma.
Lo que se olvida decir, a sabiendas o no, es que para conseguir dicha proeza Erickson dedicaba seis u ocho sesiones preparatorias a enseñar a la persona a entrar en trance -¡y cobraba cada una de ellas!

Sus intervenciones, pues, no eran ni tan “brillantes” ni tan “espontáneas” como se suele creer; se basaban en un extenso conocimiento de la persona y su contexto, y sucedían en medio de una terapia más o menos prolongada.

Quizás Erickson contribuyó inadvertidamente a su mitificación. Por un lado, cuando redactaba sus historias clínicas se centraba en las últimas sesiones, en las cuales introducía las intervenciones que le han ganado fama (regresiones a un período anterior al síntoma, prescripciones sintomáticas paradójicas, etc). Y, por otro, hacía demostraciones públicas de hipnosis en seminarios y conferencias con singular éxito. Pero allí sus sujetos eran psicólogos o psiquiatras con años de entrenamiento en alguna escuela psicológica y con cierta experiencia en hipnosis; ¡totalmente diferentes del paciente promedio!

La visión budista: el upaya y la compasión
Esta perspectiva yang, aunque atractiva, termina por traicionar el sentido original del upaya -que era, naturalmente, yin.

En el budismo, el upaya no nace de la habilidad o competencia técnica del maestro sino de su compasión; de su capacidad de vibrar al unísono con la experiencia de sus discípulos, de entender su sufrimiento como propio y señalar con su actividad la salida de la trampa, la vía a la trascendencia.

La razón es muy sencilla: cada persona es un mundo, cada caso es diferente. No pueden formularse reglas universales; o más bien, han de formularse, pero nunca seguirse al pie de la letra. Si el maestro siguiera una regla para liberar al discípulo, no habría necesidad del maestro, sólo de la regla; cosa que olvidan quienes se esmeran en redactar los manuales de psicoterapia que tanto éxito tienen entre los estudiantes.

Asimismo, si el maestro hubiera de seguir una regla, él tampoco estaría liberado, sino cautivo de la misma regla; ¡mal podría liberar a nadie!

El upaya, la palabra justa o el silencio exactos, nacen de la compasión, no de la razón.

Equivalentes contemporáneos del upaya
Me parece que la idea de upaya, tal y como se sigue en la vía zen, se asemeja al “perturbador estratégico” de la terapia posracionalista, donde el terapeuta desequilibra hábilmente los “significados” del paciente, su forma de explicarse y organizar su experiencia, con el fin de moverlo a complejizarla y flexibilizarla.

Algo parecido persiguen la “confrontación” de Minuchin, la “contraparadoja” de Milán y las locuras que profería Whitaker, el más zen de los pioneros sistémicos: perturbar el “sistema familiar” retándolo a ampliarse. Todos ellos coincidían en que el terapeuta debe “ingresar” a la familiar, “coparticipar” con ella, antes de “confrontarla”.

Es decir, que la intervención se cocina en el caldo de la compasión y la empatía -aunque la técnica determine su sazón.

Dos ejemplos célebres de Upaya
Para terminar, dos ejemplos de upaya famosos y brillantes, sin más comentario.

El primero es una anécdota de Alfred Korzybski, fundador de la Semántica General, inspirador de Bateson y Kelly y autor de la archiconocida frase “El mapa no es el territorio“.

Habían pedido a Korzybski que diese una conferencia en una prestigiosa escuela femenina donde tenían una “alumna problema”, demasiado pedante y pagada de sí misma. Korzybski, que siempre daba sus charlas sentado detrás de una mesa, pidió a la chica (tras ser presentado) que se sentara junto a él. Ella aceptó inmediatamente, llena de orgullo.

En medio de la charla, Korzybski extrajo de sus bolsillos una cajetilla de cigarrillos, una boquilla y una caja de fósforos; luego, sin dejar de hablar, colocó ostentosamente un cigarrillo en la boquilla. La chica, que había contemplado la escena con interés, avanzó hacia la caja de fósforos y, a una señal casi imperceptible de Korzybski, procedió a tomarla para encender su cigarrillo. Para su sorpresa ¡la caja estaba vacía!
En ese punto, Korzybski interrumpió su conversación y la miró fijamente, al igual que todos los asistentes. La chica, sin inmutarse, dio vuelta a la caja y espetó: “¿A quién se le ocurre andar con una caja de fósforos vacía?”
Con un gesto displicente, Korzybski replicó: “Querida, el mundo es mucho más grande de lo que puedes imaginarte”; y depositó la boquilla en la mesa.

Al rato, sin dejar de hablar, sacó de su bolsillo otra caja de fósforos, la puso en la mesa y tomó la boquilla. La chica, una vez más, esperó ansiosa para encender el cigarrillo; pero esta vez, se acercó la caja al oído y la agitó; y al escuchar el sonido de las cerillas, la abrió y tomó una. ¡Estaba usada! ¡Todas lo estaban!
Un tanto avergonzada, tiró la caja sobre la mesa y exclamó: “¡Están usadas! ¡No puedo creer que usted lleve cerillas usadas! ¡Mi padre nunca haría eso!”
Korzybski la miró con impaciencia y le dijo: “El mundo es un lugar mucho más grande y complejo de lo que tu padre o tu madre pudieron nunca imaginar”; y dejó, nuevamente, la boquilla en la mesa.

Minutos más tarde, sacó una tercera caja del bolsillo y la puso sobre la mesa. La chica, sin esperar a que Korzybski cogiera la boquilla, se acercó la caja al oído y la agitó. ¡Nada! La devolvió a la mesa, miró con sorna al viejo calvo y regordete, y se sentó nuevamente con un aire triunfal.

Korzybski, sin dejar de hablar, se puso la boquilla en la boca, tomó la caja y la abrió con un golpe seco. Estaba llena de cerillas; tan llena, de hecho, que no quedaba espacio para que se movieran o hicieran ruido. Sin darle importancia, tomó una, la golpeó contra la caja y encendió por fin su cigarrillo. Y así continuó con su conferencia, mientras la chica, a su lado, se sentía cada vez más molesta, fascinada -y pequeña.

El segundo, una anécdota de un monje zen contada por Alan Watts.

El monje había sido invitado a la ceremonia del té en la mansión de un prominente político. Una vez allí, constató, al detectar una cierta calma en sus movimientos, que una de las sirvientas había recibido entrenamiento zen; así que cuando hubo concluido la ceremonia y empezado el momento de la charla informal, el monje le hizo señas para que se acercara. Cuando la tuvo enfrente, le dijo: “Quiero hacerte un regalo”; y tomando con las pinzas un carbón ardiente del incensario que estaba a su lado, se lo ofreció.

Rechazar un regalo de parte de un superior es una afrenta inconcebible en Japón; así que la muchacha alargó las mangas de su precioso kimono ceremonial y tomó el trozo de carbón con ellas, quemándolas horriblemente.

Acto seguido, la muchacha respondió: “También yo quisiera hacerle un regalo”; y procedió a ofrecerle otro pedazo de carbón al rojo vivo. “Muchas gracias”, replicó el monje, mientras lo usaba para encender el cigarrillo que ya había preparado.

Poe, jardines taoístas, psicogeografía y Arthur Machen

Un jardin taoista

Como tantas otras cosas, nuestra forma de ver el mundo se refleja también en el arte; o más bien, en lo que consideramos “artístico” y lo que no. Para la mayoría de occidentales, la arquitectura es sin duda un arte; pero la jardinería no pasa de una artesanía -un pasatiempo digno y un tanto aburrido.

Muy otra cosa pensaban los chinos y los japoneses. Los taoístas, con su amor a la naturaleza, veían el arte no en la capacidad de dominarla sino en la de seguir con acierto sus caprichos; el jardín taoísta se caracteriza por una suerte de estudiado y sutil descuido, por un orden no del todo evidente y por la delicada y minimalista intervención humana. Cambiar lo menos posible el orden natural para adaptarlo a sus necesidades era la meta del ermitaño taoísta.

La devoción de los pintores y artistas chinos por la naturaleza en estado puro se muestra en el frecuente uso de rocas, tallos de bambú, nubes y hojas como motivos pictóricos. Se dice que uno de sus pintores más famosos amó tanto una roca particularmente bella que se la llevó a su lecho y durmió con ella durante varios días.

Así pues, aquello que nosotros valoramos -la activa y brutal modificación del orden natural para imponer la perspectiva humana- es lo que los taoístas despreciaban como un derroche inútil de energía y talento; y lo que nos cuesta considerar “bello”, el aparente caos de una casa abandonada o un parque sin podar, lo que aquellos hubiesen admirado y luchado por lograr.

E. A. Poe

Detrás de esto se intuye una cierta carencia típicamente occidental: la imposibilidad de ceder, de entregarse a las influencias externas, de prescindir momentáneamente de nuestro control. Quizá la mayoría de nosotros nos permitamos respirar a pleno pulmón en la cima de una montaña; pero temo que, la mayor parte del tiempo, nos defendemos de nuestro entorno con una combinación de estratégica ignorancia y estudiado desdén. ¡Y no es para menos, con lo hostiles que tienden a ser las ciudades!

Pese a todo, algunos privilegiados conocían el efecto que el paisaje ejerce sobre el alma -a poco que se ceda a él; efecto al que se ha dado en llamar “psicogeografía” (o, más científicamente, “psicología ambiental“). Ante todo, Edgar Allan Poe, que lo manifiesta en dos de sus mejores ensayos, The Landscape Garden y Landor´s Cottage.

Arthur Machen

Y el formidable Arthur Machen, cuya obra de terror y fantasía sobresale por el cuidado de la atmósfera, ominosa e intensa, cargada de ruinas romanas, bosques galeses y misterios insondables. En ella podemos encontrar pequeñas joyas del miedo psicogeográfico como The Children of the Pool y The Green Book (en The White People); y sorpresas como la cita que introduce de Kurt Koffka, pionero de la Gestalt, en el primer cuento.

Con lo que se comprueba que no hay nada más terrible que sentir terror a plena luz del día.

Somos habitantes del Monte Lu (o no se puede cambiar el mundo)

Del anterior post se desprende una reflexión breve y contundente: la mirada “desde afuera” no existe. El terapeuta es parte inseparable del “sistema terapéutico”, conque no puede “afectar” unidireccionalmente a la familia o a las personas en ningún sentido.

Así como la idea de “cambiar el mundo” deviene absurda en cuanto uno repara en que es parte de lo que ha de ser cambiado, así el “cambiar a la familia” (o “el patrón”, o “el problema”, o “las jerarquías”, o cualquier cosa) se vuelve un sinsentido cuando uno admite, en lo más íntimo, el “surgimiento mutuo” de la realidad, la mutua interdependencia de todo lo existente. Porque, entonces, se comprende que es imposible “salirse” para alcanzar una “mirada desde ninguna parte” (según la feliz frase de Thomas Nagel) o curar el yo usando el propio yo (como descubrió el Buddha) o “cambiar el sistema desde dentro” (como gustaba de advertir Bateson: nunca estarás “fuera” y nunca “cambiarás” nada).

Creo que la manera más hermosa de expresar esta verdad es un poema de Su Dongpo, de la dinastía Song:

El Monte Lu

Desde ese lado, un pico;
desde éste, una pradera.
Lo mires desde arriba o desde abajo
Nunca será el mismo.
¿Cómo es que no podemos descubrir
la auténtica forma de esta montaña?

Es que, ¡oh, amigo mío!, tú y yo somos
Meros habitantes del Monte Lu.

“Y si pasa tal cosa, ¿qué hago?”

Como hemos dicho, la pregunta que siempre se plantea uno cuando comienza a aprender es: “y si ocurre tal cosa, ¿qué hago?” Las escuelas yang ofrecen respuestas claras, concisas y definidas, que facilitan el aprendizaje y reducen la ansiedad del terapeuta. Por eso puede que sea buena idea introducirse al mundo de la terapia familiar sistémica a través de ellas. Uno sigue sintiéndose nervioso y dudando de su propia capacidad como terapeuta; pero puede echar mano de las “técnicas” y paliar su temor amparándose en la sombra de los “grandes”: “no puedo fallar tanto (se consuela uno en voz baja) si repito lo que Haley solía hacer, o lo que Minuchin indica en la página 123 de Familias y Terapia Familiar“.

Sin embargo, el abordaje yin sugeriría que esta es sólo una etapa a lo largo del proceso de aprendizaje (que culmina con la creación del “estilo terapéutico”). En efecto, se empieza aplicando una técnica una y otra vez, cotejando sus resultados, analizando su orden e intensidad. Pero cuando la técnica ya ha sido aprendida, se introduce en la actividad del terapeuta sin solución de continuidad, fluida y flexible. Ya lo dice el Chuang-Tsé:

Cuando el zapato se adapta, se olvida el pie;
Cuando el cinturón se adapta, se olvida el estómago;
Cuando el corazón (la mente) está bien, el pro y el contra se olvidan.

De hecho, muchos fragmentos de este clásico taoísta se dedican a esta misma reflexión; por ejemplo, esta maravillosa descripción del carnicero del príncipe Wen Hui al destazar un buey.

La técnica sirve para acallar el miedo
Yendo un poco más allá, podríamos pensar incluso que la función principal de la técnica, en el caso de la terapia, es acallar el miedo al fracaso del terapeuta en formación, permitiéndole así, a la larga, ignorarlo y ser consciente de sus propias resonancias, usándolas para orientarse en la escena terapéutica. Es decir, le dejan libre y relajado para atender a las vivencias de las personas con las que trata (y no a su propia incomodidad, inseguridad, duda o desconfianza).

Casualmente, cuando se manejan un par de técnicas, uno ya no se pregunta “y si pasa tal cosa, ¿qué hago?”; y comienza a preguntarse “¿cómo es que estas personas han llegado a actuar de este modo?”

Quizás llegue un momento en el que uno deje de hacerse preguntas -incluso, tal vez, de pensar. O, como dice el Chuang-Tsé, se olvide de teorías, nombres y palabras:

El propósito de una trampa para peces es cazar peces, y, cuando éstos han sido capturados, la trampa queda olvidada.
El propósito de un cepo para conejos es cazar conejos. Una vez capturados éstos, el cepo cae en el olvido.
El propósito de las palabras es transmitir ideas. Una vez captada la idea, la palabra queda olvidada.
¿Dónde podría yo encontrar a un hombre que haya olvidado las palabras? Es con él con quien me gustaría hablar.

Teatro, técnica y culto a la personalidad

El ejemplo de la actuación teatral

“Ama el arte en ti mismo, más que a ti mismo en el arte”.
Constantin Stanislavsky

El genial actor y director de teatro Constantin Stanislavski revolucionó la actuación teatral a partir de una sencilla intuición. Hasta entonces, la mayoría de manuales de actuación consistían en detalladas instrucciones y trucos para fingir diversas emociones o personajes en escena: si se ha de llorar, frótense los ojos con fuerza antes de entrar a escena; si se ha de cojear, pónganse piedrecillas en la punta de los zapatos, etc.
La actuación partía de la imitación “externa” (el término que, casualmente, eligió Stanislavski) y no de una compenetración “interna” con la intimidad del personaje. La actuación “externa” es un mero fingimiento; la “interna”, ideada por Stanislavski, un descubrimiento continuo de las variedades de la experiencia del personaje en la obra. Ahora, por vez primera, ensayar consistía ante todo en “construir un personaje”, para lo cual el actor debía echar mano de su “memoria emotiva” y su imaginación. Debía responder a preguntas como “¿para qué entra Hamlet a escena ahora? ¿Cómo se siente en este momento? ¿Qué pretende conseguir?” El maquillaje y la técnica pasaban al servicio de la motivación y la autenticidad. Si una determinada acción del personaje le resultaba inverosímil al actor, ninguna técnica, vestuario ni máscara podrían salvarlo de verse aparatoso, envarado y exagerado.

Stanislavski veía la técnica como una herramienta que permitía al actor dominar su “lienzo”: su propio cuerpo y sus emociones y vivencias. Ninguna dosis de técnica crearía a un buen actor; pero un actor sin técnica nunca podría ser bueno.
O más bien, podía llegar a ser bueno en la técnica. Y nada más. Carecería de “alma”, de vida, de fuerza. La audiencia lo admiraría, tal vez; pero no se dejaría conmover. Y el actor sería famoso, pero no mágico.

Todo lo cual concuerda con lo que hemos postulado -la diferencia entre familias yang y yin en la terapia.

“Culto a la personalidad”
Sin embargo, y casi sin darle importancia, Stanislavski diagnosticó también una de las consecuencias no buscadas de las familias “externas”: el culto a la personalidad. Solía decir que se debía “amar al arte en uno mismo, y no a uno mismo en el arte”; es decir, que la representación nace de la búsqueda del actor de la más absoluta autenticidad -no de su intento de engrandecerse aprendiendo a impostarla.

Pues, desde la perspectiva del actor “externo”, es él su propia obra. Cuando representa, no trata de ser fiel a la intención del autor del texto o del texto mismo, tal como él las entiende; sólo se es fiel a sí mismo. Le interesa figurar, ser visto y admirado, ser reconocido como un “gran artista”, recibir aplausos y buenas críticas; puesto que todo eso es muestra de que ha alcanzado el dominio absoluto de la técnica. Y este es el baremo que emplea para valorar su desarrollo: si es técnicamente impecable. No si es realista o auténtico.

En el teatro de Stanislavski, el protagonista indiscutible debe ser la obra misma. Cada actor se esmera por acercase lo más posible al sentido de ésta y al lugar que su personaje ocupa en el desarrollo de la trama. Cuanto más se luzca un actor en particular, menos deja ver la lógica global del drama, y más sufre la obra.

¿Quién protagoniza la terapia?
¿Podría ser que algo semejante ocurra en la terapia? Que, cuanto más espacio ocupen el terapeuta y su despliegue de habilidad y sabiduría, menos les quede a las personas que lo consultan… Y que, cuanto más se preocupen terapeutas y docentes por alcanzar la perfección en la técnica, menos se ocupen de escuchar y entender a las personas mismas.

Tal vez, los seminarios y conferencias que constituyen la médula de la formación terapéutica deberían girar no en torno a los terapeutas y sus invenciones sino a las personas que los han consultado. Tal vez, en lugar de escribir textos sobre nuestras preciosas técnicas y nuestras fascinantes teorías, podríamos preguntar a las personas por sus propias teorías y técnicas. ¡Nos llevaríamos una gran sorpresa, seguramente!

Pero es lo que se desprende, me parece, de una visión taoísta de la terapia. Pues, como decía el Libro del Tao:

Para ser jefe entre el pueblo,
Uno debe hablar como sus inferiores.
Para distinguirse entre el pueblo,
Uno debe caminar detrás del mismo.

Dar un rodeo


organic chaos theory
Originally uploaded by fubuki.

En todas las artes e industrias, en todos los asuntos y relaciones del hombre, lo que da los mejores resultados es la combinación de lo derecho y lo curvo. Observa a un arquero: el arco es curvo pero la flecha es derecha. En una embarcación, el mástil debe ser derecho, pero las velas deben curvarse. A veces vale más hacer una indicación que dar un consejo abierto a un amigo y el modo mejor de dar a conocer tu opinión a reyes y gobernadores es la analogía disimulada, no la declaración directa. Unas veces hay que actuar derechamente y otras no.
Dando un rodeo, se llega adonde se quiere ir y, siendo al mismo tiempo firme y cortés, se llega al corazón de lo que importa.

(Tomado de La Importancia de Comprender, de Lin Yutang)