¿Qué tan racional es creer en la teoría de la acción racional?

William James afirmaba que, antes incluso de llegar a una conclusión mediante el análisis, la hemos alcanzado con nuestras emociones; y que, por ende, lo mejor es admitirlo honestamente y aceptar nuestras inclinaciones naturales. Cosa que ha puesto fehacientemente en claro Antonio Damasio a lo largo de su obra: a menudo, la razón no hace más que justificar las decisiones de la emoción.

Poco más o menos dijo Nietzsche; y también Hume, cuya preciosa frase merece citarse:

La razón es y debe ser esclava de las pasiones.

Con lo que no quería decir que la razón no sirviera para nada; al contrario, sirve y mucho -siempre y cuando se ponga al servicio de la emoción.

Y finalmente, una frase del clásico psicólogo social Eliot Aronson:

El ser humano no es racional, sino racionalizador.

Lo cual, por si fuera poco, fue empíricamente demostrado por los espléndidos trabajos de Tversky y Kahneman (quien ganó el Nobel en Economía del 2002 por ello).

Sabiendo, como sabemos, todo esto -y ya no podemos ponerlo en duda: la evidencia es palpable y aplastante- ¿cómo es que seguimos creyendo en la teoría de la acción racional?

Hacerlo es irracional, sin duda, ya que implica ignorar los hechos -contrastados por décadas de investigación en psicología social y en neuropsicología.

Pero ¿a quién le importa?

Con lo cual, es justamente el que dicha teoría permanezca en pie lo que pone en duda sus cimientos.

Dios, el Mago y el asesino en serie

La “pauta que conecta

Un hilo rojo del destino...

…Como un hilo rojo, la obra de John Fowles

El Coleccionista

Uno de los mejores retratos de la mente de un monstruo es El Coleccionista, de John Fowles.

The Collector, de John Fowles

El Coleccionista cuenta la historia de un oscuro contable inglés, Frederick Clegg, que secuestra a una joven estudiante de arte, Miranda, y la encierra en su sótano con el fin de “enamorarla”.

Clegg, desde luego, no diferencia el “amor” de la idolatría; ha admirado subrepticiamente a Miranda desde hace algún tiempo, seguro de que si ella llegara a conocerlo, lo amaría igualmente. Pero para que eso ocurra, Miranda debe ser confrontada con el “verdadero” Clegg sin que pueda escaparse. De ahí que Clegg concluya que la única manera es manteniéndola presa contra su voluntad. Dicho sea de paso, Clegg es un ávido coleccionista de mariposas; su colección es impoluta y magnífica.
Fowles cuenta (en el prólogo) que el modelo de Clegg fue el Calibán de La Tempestad de Shakespeare. En esa obra, Calibán es el deforme hijo de la bruja Sycorax con un demonio sin nombre. El rey Próspero, extraditado de Nápoles con su bella hija Miranda, expulsa a la bruja de la isla, lo libera y le enseña la religión y el lenguaje. A cambio, sin embargo, el perverso Calibán intenta violar a Miranda, por lo que Próspero lo castiga convirtiéndolo en su esclavo.

(Curiosamente, las madres de muchos asesinos en serie eran mujeres dominantes y rígidas que los sometían a constante humillación; y sus padres, figuras ausentes y poco relevantes).
Fowles usa esto, entre otras cosas, como una alegoría de las relaciones de clase; Clegg era de “la clase trabajadora”, y Miranda es de clase alta, guapa y sofisticada. Uno de los mensajes de la obra es que no se le puede pedir a la bestia (Calibán – Clegg) que se redima, si la hemos creado en primer lugar sometiéndola a condiciones de vida infrahumanas.

The Magus
The Magus, de John Fowles

Nicholas Urfe, un joven graduado de Oxford, pretencioso y superficial, acepta el trabajo de profesor de inglés en una isla griega perdida en la nada, en un punto de su vida donde él mismo esta perdido en la nada. En dicha isla suceden cosas muy raras en torno a Urfe y a una chica preciosa pero escurridiza, de la que él se enamora.

El fondo del asunto (al menos uno de los fondos: es una novela compleja y difícil de resumir) es que, a medida que se desarrolla la trama, tanto Urfe como el lector comienzan a sospechar que alguien está jugando con ellos, sometiéndolos a experiencias dolorosas y simbólicas que les permiten despertar su consciencia -a la manera de las iniciaciones masónicas o de cualquier otra escuela de sabiduría tradicional. (Desde luego, Urfe sufre en carne propia las vejaciones y los excesos; el lector sólo las experimenta vicariamente. ¡Pero es una experiencia dolorosa, puedo asegurarlo!)

Fowles ha dicho que el libro es una prolongada alegoría de la relación entre Dios y el ser humano: aquel, como Próspero en La Tempestad, como Conchis en The Magus, es inasible e invulnerable, pero controla todo aspecto de nuestras vidas. Con buenas intenciones, esperamos; pero nunca podremos saberlo –los patrones que vamos detectando siempre se demuestran erróneos.

La mujer del teniente francés

La mujer del teniente francés

El hilo rojo, la pauta que conecta, comienza a evidenciarse. El mismo ser omnipotente que captura a alguien indefenso y lo va sometiendo a experiencias simbólicas, mientras este intenta descubrir el sentido de todo esto.

Finalmente, La mujer del teniente francés. El argumento es ya conocido. Lo importante, a nuestros efectos, es que el mismo Fowles se hace aparecer algunas veces en la novela.

Una de esas ocasiones merece citarse por extenso:

…Era un hombre de unos cuarenta años, con la chistera bien calada sobre los ojos. Apoyó las manos en las rodillas, mientras recobraba el aliento… Un hombre francamente desagradable, pensó Charles.

Su mirada era extraña: calculadora, reflexiva y bastante desaprobadora, como si supiera perfectamente qué clase de hombre era aquél (del mismo modo que Charles había creído adivinar la clase de hombre que era él) y no acabara de gustarle. Cierto que, bien mirado, parecía menos frío y autoritario; pero, de todos modos, se observaba en sus facciones un repulsivo aire de autosuficiencia, o, si no de autosuficiencia, de seguridad en su criterio para juzgar a los demás, para saber lo que podía sacar de ellos o esperar de ellos…

Tal vez algún día sean objeto de una mirada así. Y tal vez -puesto que la nuestra es una época mucho menos reservada- la sientan. Porque acaso el mirón no espere a que se hayan dormido. Seguramente les sugerirá algo desagradable, una especie de perversa insinuación sexual…, un deseo de conocerles de un modo que ustedes no quieran que les conozca un extraño. Según mi experiencia, no existe más que una profesión que mire de ese modo tan particular, combinando lo inquisitivo y lo magistral, lo irónico y lo inoportuno.

Vamos a ver, ¿podría utilizarte?

Vamos a ver, ¿qué podría hacer yo contigo?

Es precisamente, siempre me lo ha parecido, la mirada que podría atribuirse a un dios omnipotente… si existiera algo tan absurdo… Es una mirada que observo con toda claridad en el rostro, tan familiar para mí, del hombre de la barba que ahora está contemplando a Charles. Y ya basta de disimulos.

Al bajarse del tren, Fowles ya ha decidido el desenlace de la novela -gracias al lanzamiento de una moneda. El destino de Charles y Sarah ha dependido de las evoluciones de un florín en las mismas páginas que habitan -que estuvieron, a su vez, en la mente de Fowles. Tan prosaico y anticlimático…

El hilo rojo del destino

El patrón, el hilo rojo, ha quedado por fin claro. Y no sólo para nosotros, los lectores. El mismo Fowles lo ha descubierto, como tantos otros antes que él -ante todo Chesterton, pero también Hoffmann, y Hesse, y Goethe, y Stanislaw Lem, y Philip K. Dick… Él es el Dios de sus personajes, que son su creación. Y disfruta sometiéndolos a situaciones imposibles y dando nuevos vuelcos a la trama cada vez que creen haberse aproximado a la realidad. Disfruta del poder y de la omnipotencia; y escribe, en parte, para eso.

Un patrón que se repite, en clave macabra y violenta, en la psicología de los asesinos en serie. Lo que el escritor hace con sus personajes es lo que el asesino obra con sus víctimas. Ambos son dueños absolutos de sus vidas.

Igual que Dios, por otra parte.

El asesino se mata a sí mismo

Dice Ursula K. LeGuin, en alguna parte:

“El asesino se mata a sí mismo, una y otra vez; el suicida nos mata a todos”.

Es una frase terrible y sabia.

Este libro abominable es un análisis psicológico del fenómeno del asesino en serie. Sería uno más de los incontables tratados sobre el tema si no fuera porque su autor lo conoce de primera mano: se trata de Ian Brady, uno de los más salvajes asesinos en serie de Inglaterra.
Brady sostiene que, la primera vez que mata, el asesino sella un “pacto con el diablo”. Este primer homicidio lo aleja por completo del resto de la humanidad; lo transforma en un monstruo, un lobo hambriento y enfebrecido con piel de oveja. Es, pues, un renacimiento; o, más apropiadamente, un bautismo de sangre.

(Dicho sea de paso, lo mismo opina un erudito tan excéntrico como interesante, Colin Wilson, autor de la fascinante A Criminal History of Mankind).

Podemos extrapolar esta idea para entender mejor el acto homicida, la compulsión que siente el asesino en serie a continuar matando. El primer asesinato es un renacimiento; pero cada nuevo asesinato es otro bautismo, que el asesino realiza con el fin (seguramente) de mantenerse en su nueva identidad, de no perder su omnipotencia (imaginaria). Así como la confesión y la comunión sostienen al cristiano en su papel de creyente, el ritual homicida sostiene al asesino en el papel que se ha forjado para sí mismo, una especie de Dios todopoderoso y castigador.

Así, en efecto, el asesino se mata a sí mismo, una y otra vez; y el suicida nos mata a todos -de una vez por todas.

El gato terrible

Así empezó todo:

He visto un lindo gatito...

Y así terminó:

Pero ¿a dónde se ha ido?

Una evolución desde el arte figurativo a la abstracción, como la de Mondrian o Pollock. Lo hemos visto miles de veces.

La diferencia es que el pintor del gato terrible se llamaba Louis Wain y estaba loco. O lo estuvo a partir de los 57 años, cuando fue diagnosticado de esquizofrénico e internado en una institución mental. Y que el primer cuadro fue creado a las puertas de la locura –y el último en su apogeo.

¿Describió así Wain, como Poe, sus aventuras en su infierno privado? ¿”Veía” este gato –como Poe vivió las crisis de ansiedad? ¿O se trataba solamente de un desarrollo técnico y estético sin relación alguna con su vida?

El Fuego de la Mente agita la Atmósfera
De la respuesta a estas preguntas podría deducirse una teoría del arte, del lenguaje -y, en último término, de la vida misma. ¿Somos un conjunto de trozos más o menos disparejos, un collage sin ton ni son, un camaleón que cambia de color en función de su entorno? ¿O hay un método en nuestra locura, una unidad que engloba y trasciende la banalidad de todos nuestros actos?

Sea como fuere, lo cierto es que Wain siempre tuvo una extravagante predilección por los gatos -su único leitmotiv; y que casi siempre los plasmaba de manera antropomórfica. Y que algunos de sus cuadros “normales” son, si no incoherentes, sí vagamente inquietantes:

Sonrisas que muerden

Y también que sólo abordó la exploración de los fundamentos geométricos y la sustitución de los colores naturalistas (rasgos típicos del camino a la abstracción pictórica) hacia el final de su vida, cuando trabajaba recluido en una institución psiquiátrica:

Gato de formas

Se rumorea que Wain proclamó en una entrevista que la idea de dibujar gatos realizando actividades humanas se la había sugerido Peter, su gato negro.

¿No podría ser que Wain comenzara a enfermar cuando Peter dejó de hablarle?

Tu vida es una película

Sólo que no sabes cuál es tu papel.

Podrías ser uno de los actores, incluso el protagonista; sí, eso calza con lo que recuerdas de tu vida –con las miradas que echas en derredor para saber si tu público te observa, con la pose que adoptas cuando te descubres en medio de una escena importante, con la estudiada concentración que depositas en tus tareas más nimias, con tu manía de practicar ante el espejo tus gestos de alegría, disgusto, desilusión y displicencia. El protagonista, que trata de llevar adelante su espectáculo a toda costa, contra viento y marea; el protagonista, al que nunca pillarán sin una salida cortante o una cara de circunstancias.

O podrías ser el público: perderte en la masa y contemplar desinteresadamente las desventuras de un autómata llamado yo. El público, que ora aplaude y ora abuchea –pero que jamás subiría al escenario para tomar cartas en el asunto.

O quizá el director. Sí, lo eres, al menos en los momentos de suprema angustia, cuando el universo se desploma sobre tu cabeza y la tierra deja de acogerte. Entonces se despierta en tu interior un crítico impasible que aprovecha tu dolor para mejorar tu interpretación y asegurarte así los laureles; un crítico que sopesa casi cada gesto diciéndote “esto te ha salido bien” o “te falta un toque de dramatismo”. ¡Debe ser de la escuela de Stanislavski!

O quizá todos -y ninguno. Quizá, como decían del Arlequín de la Comedia Dell Arte en esta magnífica y oscura película
Harlequin
puedas adoptar el papel que te plazca, volverte invisible para los demás actores y mezclarte con la concurrencia, dirigir la escena para tus adentros y bajar el telón de un manotazo.

Tu vida es una película -¿no lo sientes a veces?
Sólo que aún no sabes cuál es tu papel.

Meanwhile

I let love slip right through my fingers
And I watched it drift away
But still I had to say
What was written for me

I thought I’d end up as the hero
Thought the glory would be mine
Very soon I was to find
It wasn’t to be

The Moody Blues

El mal que no quiero

Ayer estuve a punto de contradecirme; a punto de hacer el mal aposta. ¿Cuántas veces puedes meter la pata en diez minutos? No lo sé –mas ¡seguro que ayer batí mi propio récord! Para terminar sintiéndome culpable -sólo lo justo, pero culpable al fin y al cabo. He aquí, por ende, una suerte de disculpa.

Tal vez fuera una urgencia como esta -la maldita manía de ir contra el propio buen juicio- lo que movió a San Pablo a exclamar que

Pero ahora no soy yo el que obra, sino el pecado que habita en mí… Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero: eso es lo que hago. Y si lo que no quiero yo, eso es lo que hago, ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí. (Epístola a los Romanos, 7:17)

Una explicación inquietante –una espada de doble filo; pues si no soy yo quien peca, sino “el mal que hay en mí”, ¿por qué sentirme culpable? ¿Para qué cambiar?

Aunque, pensándolo bien, lo contrario sería igual de problemático. Si yo soy, a la vez, la fuente de mi degeneración y el vehículo de mi salvación, ¿cómo puedo regenerarme? ¿Cómo puede nadie cambiarse a sí mismo?

Los grandes maestros Zen han tocado este punto al indagar la fuente de la iluminación: ¿es el “poder de Otro” o el “poder del Yo”?

En fin. Acaso no tenga que darle tantas vueltas. Acaso no haya intentado “hacer el mal” aposta. Acaso no era el mal en sí lo que buscaba; acaso mi metedura de pata era un intento desmañado de alcanzar algún oscuro propósito –o, peor aún, de aprehenderlo, de sacarlo de su escondite. Acaso nuestro buen juicio es, asimismo, la válvula que se asegura de que sigamos siendo como somos. Y acaso haya que enfrentársele para cambiar -y ser como se quiere ser.

Pero ¿quién puede saber lo que realmente desea?

Qué puedo hacer, no lo sé; mis deseos son dobles.
Safo