Modelamiento econométrico de la sociología de la ciencia

Falsacionismo y sinsentido

Desgraciadamente, la sociología de la ciencia ha estado plagada de teorías megaexplicativas (la de M. Foucault, por ejemplo) imposibles no sólo de contrastar empíricamente sino incluso de entender. (Desisto con Deleuze y Guattari…):

We can clearly see that there is no bi-univocal correspondence between linear signifying links or archi-writing, depending on the author, and this multireferential, multi-dimensional machinic catalysis. The symmetry of scale, the transversality, the pathic non-discursive character of their expansion: all these dimensions remove us from the logic of the excluded middle and reinforce us in our dismissal of the ontological binarism we criticised previously.

Lo que me llama la atención es la dificultad de muchísima gente para entender el sentido último del falsacionismo popperiano. No se trata sólo de que una teoría infalseable no sea “científica”: sencillamente, no tiene sentido intersubjetivo –no se presta a la comparación y el debate sino sólo a la aceptación o rechazo irracionales.

Aquí, el dictum de Popper se identifica (inesperadamente) con la genial intuición de William James, según la cual el sentido de una proposición cualquiera equivale a los efectos que podría tener si fuese cierta, a la respuesta a “¿en qué cambiaría el universo o mi vida si esto fuese verdad?” (A esto le llamó la “prueba pragmatista”.) Y si la respuesta es “en nada”, entonces la proposición está vacía de significado; es un conjunto de palabras pomposas y rimbombantes.

Como tanto de lo que por ahí se escribe y lee…

Sin embargo, esa misma gente no tiene dificultad alguna para entender a Deleuze o Lacan… ¡Qué triste!

¿Intraducibilidad radical?

En fin. Lo interesante es el trabajo de William Brock, un economista de gran trayectoria; y ante todo este texto (que requiere del Acrobat Reader), donde desarrolla un modelo econométrico del éxito de teorías científicas competitivas en función de variables “endógenas” (su valor intrínseco desde el punto de vista de cada científico) y “exógenas” (el valor que el resto de la comunidad científica les atribuye).

Así, entre otras cosas, desarma la suposición de la “intraducibilidad radical” de Quine (y de Rorty, y Foucault y sus “epistemes”, y Kuhn y sus “paradigmas”, y tantos otros cuyos nombres han sido usurpados en pro del relativismo más simplón). Este supuesto sugiere que, dado que las diversas teorías científicas son expresadas o elaboradas en diversos “campos lingüísticos”, y dado que es la teoría lo que dicta la interpretación de los datos y no a la inversa, es imposible comprar dos teorías entre sí -ya que hacerlo equivaldría a “traducir” cada una a los términos de la otra, con lo cual perdería su identidad estructural. Lo mismo que pasa con la traducción entre dos idiomas: siempre se pierde algo del sentido original.

Prima facie, es un argumento convincente. Pero basta con extrapolarlo para descubrir que debe ser erróneo; porque, si realmente las “epistemes” del medioevo, del antiguo egipto y de la actualidad son “radicalmente incompatibles”, ¿cómo es que hemos podido descifrar la Piedra de Rosetta o los textos de Chaucer? Algo debe haber de común entre las diversas (y supuestas) “epistemes”, algo que fundamente nuestras interpretaciones. De hecho, ¡algo que nos permita entender que un jeroglífico tiene una intención significativa y no es un mero “adorno”!

Brock lo discute breve pero contundentemente. En la economía, nos recuerda, ¡el problema de la “intraducibilidad radical” ya ha sido resuelto hace siglos! ¿Qué tienen en común una canasta de la compra, un coche, una casa, un posgrado y una entrada al cine? ¿Cuál es “mejor” o “peor”? Ninguna, desde luego; o más bien, todas, dependiendo del criterio con que se juzgue. Pero, justamente por eso, una persona puede escoger entre ellas usando un “equivalente general del valor”; a veces el dinero, a veces el esfuerzo o tiempo invertido, a veces el goce obtenido en base a cada una de ellas… El equivalente es intrínsecamente comparativo, lo que permite elaborar una escala de preferencias -sentando, así, las bases de la aplicación matemática de la teoría de la acción racional.

Lo mismo, sugiere, se puede usar para modelar la conducta de los científicos a la hora de elegir entre teorías que compiten por explicar un dominio determinado de la experiencia. (A propósito, viene a ser una formalización de la hipótesis que hizo el gran William James hace ya un siglo en su maravilloso Pragmatismo). Y si se puede modelar, ¡se puede someter a contrastación empírica!

La auténtica sociología de la ciencia

Pero más aún, Brock incluye en su modelo el efecto de las interacciones sociales entre los miembros de la comunidad científica. (Algunas de sus otras publicaciones versan sobre el efecto de las interacciones sociales en la macroeconomía). Al menos en el papel, dichas interacciones tienden a generar equilibrios no lineales; es decir, en lugar de dificultar o impedir el que una teoría dada se popularice, contribuyen a ello -sobre todo después de períodos de profundo desacuerdo:

We demonstrate that social interactions do not necessarily represent, as is often assumed in the philosophy and (especially) sociology of science literatures, an impediment to the adoption of new and better theories over their entrenched predecessors. In fact, these social influences may actually accelerate the rate at which superior theories achieve a consensus.

Más o menos lo que defendía Popper en La Miseria del Historicismo

En mucha sabiduría, mucho dolor

Todos nos lo hemos preguntado alguna vez:

¿Por qué el aprender duele?

La respuesta es tan simple que pasa desapercibida:

Porque cuando todo va bien, no hace falta cambiar nada.

Así pues, no es tanto que el aprender duela -aunque algo hay de eso; es, más bien, que el dolor nos conmina a aprender.

Como decía Popper, nunca estamos más cerca de la realidad que cuando sabemos que nos hemos equivocado.

Análisis de redes sociales y terapia familiar sistémica

Pese a que Lynn Hoffman lo menciona en el muy influyente Fundamentos de Terapia Familiar, el análisis de redes sociales (social network analysis) ha estado ausente del discurso sistémico, centrado aún en temas como el uso de metáforas y la búsqueda de las “técnicas” más ubicuas y eficaces.


Basado en la teoría matemática de redes y grupos, el análisis de redes intenta plasmar algebraica o gráficamente la estructura de los vínculos que unen a las personas en parejas, familias, grupos o comunidades. Tiene aplicaciones tan diversas como los espacios virtuales de contactos (MySpace, Hi5, Friendster), el análisis de los flujos económicos en una prisión o pueblo o la detección de posibles amenazas terroristas (de donde sale este gráfico).

Sabemos, por ejemplo, que uno de los mejores predictores del suicidio es la soledad. (Como mínimo, desde el maravilloso estudio de Durkheim al respecto, publicado a fines del s. XIX). Sabemos, también, que las familias con “límites externos rígidos” tienden a gestar situaciones confusas, problemáticas y doblevinculares (esquizofrenia, abuso sexual, violencia…); el trabajo de Minuchin lo ha demostrado fehacientemente. Sabemos, finalmente, que las situaciones excepcionales que ponen en entredicho una red social preexistente (catástrofes naturales, fallecimientos, migración, guerra…) favorecen la aparición de síntomas.

En una representación gráfica, estas comunidades, esas familias y aquellos individuos saltarían a la vista: serían los nodos menos “conectados” de la red, aquellos cuyos vínculos fueran más débiles o frágiles. Una red puede verse como un “holón“, una estructura dinámica que puede subdividirse en estructuras semejantes -como un fractal; y desde esta perspectiva abstracta, el mismo elemento, la desconexión, permitiría entender y abordar diversas dificultades en distintos planos -psicológico, antropológico, político, sociológico…
La pauta que conecta, una vez más…

Aquí, aquí y aquí puede obtenerse más información sobre análisis de redes sociales.

Crear, destruir, preservar

Muchas veces he pensado que los antiguos hindúes lograron mucha mayor penetración en la naturaleza de la existencia que la mayoría de filósofos de la tradición occidental -incluyendo a los existencialistas (¡y sobre todo a ellos!) Un par de frases de las Upanisads valen lo que todo el Ser y Tiempo de Heidegger; la que profirió el Buda al alcanzar la iluminación (en el Dhammapada), cientos de páginas acerca de “la naturaleza del self“:

¡Oh, constructor de la casa! Te he visto. No volverás a construir. Las vigas han sido quebradas, el soporte central se ha roto. Mi mente ha alcanzado lo incondicionado; y alcanzado lo incondicionado, se ha liberado del apego.

Trimurti

La trinidad hindú, la Trimurti (“tres formas”), está compuesta de tres aspectos del mismo “principio” -al que los occidentales llamarí­amos erróneamente “Dios”, puesto que no se trata de una persona sino del Principio de Todo, que trasciende infinitamente la consciencia humana. Los aspectos son algo así como ropajes que la Deidad, Îsvara, se pone en diferentes momentos; disfraces que adopta para cumplir sus propósitos. Cuando crea, es Brahmâ; cuando destruye, Shiva; cuando preserva lo existente, Vishnu. Esta división permite, entre otras cosas, señalar algo que la idea de “un solo Dios” oculta: crear no es lo mismo que mantener. De hecho, es justamente lo contrario, en un sentido -así­ como destruir es su opuesto en otro.

Pero si lo último es evidente, lo primero no. Crear es el principio, destruir el final; crear es “positivo”, destruir “negativo” -o así tendemos a pensar. Se oponen, pues -cualquiera lo sabe. Mas ¿cuál es su relación con el preservar?

Brahma

Mantener, por definición, requiere paciencia, comprensión, bondad, tolerancia y compasión, justamente los atributos de Vishnu. Requiere también de la ubicuidad; aquello que preserva lo existente debe hallarse en todas partes; y, por ende, en ninguna. Es un “acto pasivo”, como si dijéramos; no consiste en hacer nada, sólo en estar presente.
Crear, por el contrario, es inherentemente activo y se deriva del deseo y de la imaginación: Brahmâ dio a luz a sus hijos imaginándolos y dividiéndose a sí mismo, y se unió con su hija-consorte, Gayatri (o Sarasvati) para crear el mundo. Tanto el acto de creación como el de destrucción establecen una diferencia, marcan un antes-y-después; mientras que la preservación se basa en evitar las diferencias -minimizarlas, reducirlas, ignorarlas o trascenderlas. En este sentido, podrí­amos decir que crear y destruir son, stricto sensu, actos, mientras que mantener es la ausencia de cualquier acto -ya que “actuar”, por definición, implica instaurar una diferencia en el mundo.

Así­ pues, crear y preservar son inherentemente incompatibles -tanto en la filosofía como en la vida misma. Los creadores -artistas, poetas, músicos, cientí­ficos, profetas- y los preservadores no pueden avenirse durante mucho tiempo, pues sus esfuerzos tiran en direcciones opuestas.

Lo cual genera, para cada uno, un determinado tipo de placer, una suerte de felicidad -y una clase específica de dolor.

Dios, el Mago y el asesino en serie

La “pauta que conecta

Un hilo rojo del destino...

…Como un hilo rojo, la obra de John Fowles

El Coleccionista

Uno de los mejores retratos de la mente de un monstruo es El Coleccionista, de John Fowles.

The Collector, de John Fowles

El Coleccionista cuenta la historia de un oscuro contable inglés, Frederick Clegg, que secuestra a una joven estudiante de arte, Miranda, y la encierra en su sótano con el fin de “enamorarla”.

Clegg, desde luego, no diferencia el “amor” de la idolatría; ha admirado subrepticiamente a Miranda desde hace algún tiempo, seguro de que si ella llegara a conocerlo, lo amaría igualmente. Pero para que eso ocurra, Miranda debe ser confrontada con el “verdadero” Clegg sin que pueda escaparse. De ahí que Clegg concluya que la única manera es manteniéndola presa contra su voluntad. Dicho sea de paso, Clegg es un ávido coleccionista de mariposas; su colección es impoluta y magnífica.
Fowles cuenta (en el prólogo) que el modelo de Clegg fue el Calibán de La Tempestad de Shakespeare. En esa obra, Calibán es el deforme hijo de la bruja Sycorax con un demonio sin nombre. El rey Próspero, extraditado de Nápoles con su bella hija Miranda, expulsa a la bruja de la isla, lo libera y le enseña la religión y el lenguaje. A cambio, sin embargo, el perverso Calibán intenta violar a Miranda, por lo que Próspero lo castiga convirtiéndolo en su esclavo.

(Curiosamente, las madres de muchos asesinos en serie eran mujeres dominantes y rígidas que los sometían a constante humillación; y sus padres, figuras ausentes y poco relevantes).
Fowles usa esto, entre otras cosas, como una alegoría de las relaciones de clase; Clegg era de “la clase trabajadora”, y Miranda es de clase alta, guapa y sofisticada. Uno de los mensajes de la obra es que no se le puede pedir a la bestia (Calibán – Clegg) que se redima, si la hemos creado en primer lugar sometiéndola a condiciones de vida infrahumanas.

The Magus
The Magus, de John Fowles

Nicholas Urfe, un joven graduado de Oxford, pretencioso y superficial, acepta el trabajo de profesor de inglés en una isla griega perdida en la nada, en un punto de su vida donde él mismo esta perdido en la nada. En dicha isla suceden cosas muy raras en torno a Urfe y a una chica preciosa pero escurridiza, de la que él se enamora.

El fondo del asunto (al menos uno de los fondos: es una novela compleja y difícil de resumir) es que, a medida que se desarrolla la trama, tanto Urfe como el lector comienzan a sospechar que alguien está jugando con ellos, sometiéndolos a experiencias dolorosas y simbólicas que les permiten despertar su consciencia -a la manera de las iniciaciones masónicas o de cualquier otra escuela de sabiduría tradicional. (Desde luego, Urfe sufre en carne propia las vejaciones y los excesos; el lector sólo las experimenta vicariamente. ¡Pero es una experiencia dolorosa, puedo asegurarlo!)

Fowles ha dicho que el libro es una prolongada alegoría de la relación entre Dios y el ser humano: aquel, como Próspero en La Tempestad, como Conchis en The Magus, es inasible e invulnerable, pero controla todo aspecto de nuestras vidas. Con buenas intenciones, esperamos; pero nunca podremos saberlo –los patrones que vamos detectando siempre se demuestran erróneos.

La mujer del teniente francés

La mujer del teniente francés

El hilo rojo, la pauta que conecta, comienza a evidenciarse. El mismo ser omnipotente que captura a alguien indefenso y lo va sometiendo a experiencias simbólicas, mientras este intenta descubrir el sentido de todo esto.

Finalmente, La mujer del teniente francés. El argumento es ya conocido. Lo importante, a nuestros efectos, es que el mismo Fowles se hace aparecer algunas veces en la novela.

Una de esas ocasiones merece citarse por extenso:

…Era un hombre de unos cuarenta años, con la chistera bien calada sobre los ojos. Apoyó las manos en las rodillas, mientras recobraba el aliento… Un hombre francamente desagradable, pensó Charles.

Su mirada era extraña: calculadora, reflexiva y bastante desaprobadora, como si supiera perfectamente qué clase de hombre era aquél (del mismo modo que Charles había creído adivinar la clase de hombre que era él) y no acabara de gustarle. Cierto que, bien mirado, parecía menos frío y autoritario; pero, de todos modos, se observaba en sus facciones un repulsivo aire de autosuficiencia, o, si no de autosuficiencia, de seguridad en su criterio para juzgar a los demás, para saber lo que podía sacar de ellos o esperar de ellos…

Tal vez algún día sean objeto de una mirada así. Y tal vez -puesto que la nuestra es una época mucho menos reservada- la sientan. Porque acaso el mirón no espere a que se hayan dormido. Seguramente les sugerirá algo desagradable, una especie de perversa insinuación sexual…, un deseo de conocerles de un modo que ustedes no quieran que les conozca un extraño. Según mi experiencia, no existe más que una profesión que mire de ese modo tan particular, combinando lo inquisitivo y lo magistral, lo irónico y lo inoportuno.

Vamos a ver, ¿podría utilizarte?

Vamos a ver, ¿qué podría hacer yo contigo?

Es precisamente, siempre me lo ha parecido, la mirada que podría atribuirse a un dios omnipotente… si existiera algo tan absurdo… Es una mirada que observo con toda claridad en el rostro, tan familiar para mí, del hombre de la barba que ahora está contemplando a Charles. Y ya basta de disimulos.

Al bajarse del tren, Fowles ya ha decidido el desenlace de la novela -gracias al lanzamiento de una moneda. El destino de Charles y Sarah ha dependido de las evoluciones de un florín en las mismas páginas que habitan -que estuvieron, a su vez, en la mente de Fowles. Tan prosaico y anticlimático…

El hilo rojo del destino

El patrón, el hilo rojo, ha quedado por fin claro. Y no sólo para nosotros, los lectores. El mismo Fowles lo ha descubierto, como tantos otros antes que él -ante todo Chesterton, pero también Hoffmann, y Hesse, y Goethe, y Stanislaw Lem, y Philip K. Dick… Él es el Dios de sus personajes, que son su creación. Y disfruta sometiéndolos a situaciones imposibles y dando nuevos vuelcos a la trama cada vez que creen haberse aproximado a la realidad. Disfruta del poder y de la omnipotencia; y escribe, en parte, para eso.

Un patrón que se repite, en clave macabra y violenta, en la psicología de los asesinos en serie. Lo que el escritor hace con sus personajes es lo que el asesino obra con sus víctimas. Ambos son dueños absolutos de sus vidas.

Igual que Dios, por otra parte.

El asesino se mata a sí mismo

Dice Ursula K. LeGuin, en alguna parte:

“El asesino se mata a sí mismo, una y otra vez; el suicida nos mata a todos”.

Es una frase terrible y sabia.

Este libro abominable es un análisis psicológico del fenómeno del asesino en serie. Sería uno más de los incontables tratados sobre el tema si no fuera porque su autor lo conoce de primera mano: se trata de Ian Brady, uno de los más salvajes asesinos en serie de Inglaterra.
Brady sostiene que, la primera vez que mata, el asesino sella un “pacto con el diablo”. Este primer homicidio lo aleja por completo del resto de la humanidad; lo transforma en un monstruo, un lobo hambriento y enfebrecido con piel de oveja. Es, pues, un renacimiento; o, más apropiadamente, un bautismo de sangre.

(Dicho sea de paso, lo mismo opina un erudito tan excéntrico como interesante, Colin Wilson, autor de la fascinante A Criminal History of Mankind).

Podemos extrapolar esta idea para entender mejor el acto homicida, la compulsión que siente el asesino en serie a continuar matando. El primer asesinato es un renacimiento; pero cada nuevo asesinato es otro bautismo, que el asesino realiza con el fin (seguramente) de mantenerse en su nueva identidad, de no perder su omnipotencia (imaginaria). Así como la confesión y la comunión sostienen al cristiano en su papel de creyente, el ritual homicida sostiene al asesino en el papel que se ha forjado para sí mismo, una especie de Dios todopoderoso y castigador.

Así, en efecto, el asesino se mata a sí mismo, una y otra vez; y el suicida nos mata a todos -de una vez por todas.