Poetry is the art of saying what can’t be said.
Habitualmente, los creadores luchan con denuedo. O más bien, no les gusta rendirse…

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.(Do Not Go Gentle Into That Good Night, de Dylan Thomas)
La “pauta que conecta“
…Como un hilo rojo, la obra de John Fowles…
El Coleccionista
Uno de los mejores retratos de la mente de un monstruo es El Coleccionista, de John Fowles.

El Coleccionista cuenta la historia de un oscuro contable inglés, Frederick Clegg, que secuestra a una joven estudiante de arte, Miranda, y la encierra en su sótano con el fin de “enamorarla”.
Clegg, desde luego, no diferencia el “amor” de la idolatría; ha admirado subrepticiamente a Miranda desde hace algún tiempo, seguro de que si ella llegara a conocerlo, lo amaría igualmente. Pero para que eso ocurra, Miranda debe ser confrontada con el “verdadero” Clegg sin que pueda escaparse. De ahí que Clegg concluya que la única manera es manteniéndola presa contra su voluntad. Dicho sea de paso, Clegg es un ávido coleccionista de mariposas; su colección es impoluta y magnífica.
Fowles cuenta (en el prólogo) que el modelo de Clegg fue el Calibán de La Tempestad de Shakespeare. En esa obra, Calibán es el deforme hijo de la bruja Sycorax con un demonio sin nombre. El rey Próspero, extraditado de Nápoles con su bella hija Miranda, expulsa a la bruja de la isla, lo libera y le enseña la religión y el lenguaje. A cambio, sin embargo, el perverso Calibán intenta violar a Miranda, por lo que Próspero lo castiga convirtiéndolo en su esclavo.
(Curiosamente, las madres de muchos asesinos en serie eran mujeres dominantes y rígidas que los sometían a constante humillación; y sus padres, figuras ausentes y poco relevantes).
Fowles usa esto, entre otras cosas, como una alegoría de las relaciones de clase; Clegg era de “la clase trabajadora”, y Miranda es de clase alta, guapa y sofisticada. Uno de los mensajes de la obra es que no se le puede pedir a la bestia (Calibán – Clegg) que se redima, si la hemos creado en primer lugar sometiéndola a condiciones de vida infrahumanas.

Nicholas Urfe, un joven graduado de Oxford, pretencioso y superficial, acepta el trabajo de profesor de inglés en una isla griega perdida en la nada, en un punto de su vida donde él mismo esta perdido en la nada. En dicha isla suceden cosas muy raras en torno a Urfe y a una chica preciosa pero escurridiza, de la que él se enamora.
El fondo del asunto (al menos uno de los fondos: es una novela compleja y difícil de resumir) es que, a medida que se desarrolla la trama, tanto Urfe como el lector comienzan a sospechar que alguien está jugando con ellos, sometiéndolos a experiencias dolorosas y simbólicas que les permiten despertar su consciencia -a la manera de las iniciaciones masónicas o de cualquier otra escuela de sabiduría tradicional. (Desde luego, Urfe sufre en carne propia las vejaciones y los excesos; el lector sólo las experimenta vicariamente. ¡Pero es una experiencia dolorosa, puedo asegurarlo!)
Fowles ha dicho que el libro es una prolongada alegoría de la relación entre Dios y el ser humano: aquel, como Próspero en La Tempestad, como Conchis en The Magus, es inasible e invulnerable, pero controla todo aspecto de nuestras vidas. Con buenas intenciones, esperamos; pero nunca podremos saberlo –los patrones que vamos detectando siempre se demuestran erróneos.
La mujer del teniente francés
El hilo rojo, la pauta que conecta, comienza a evidenciarse. El mismo ser omnipotente que captura a alguien indefenso y lo va sometiendo a experiencias simbólicas, mientras este intenta descubrir el sentido de todo esto.
Finalmente, La mujer del teniente francés. El argumento es ya conocido. Lo importante, a nuestros efectos, es que el mismo Fowles se hace aparecer algunas veces en la novela.
Una de esas ocasiones merece citarse por extenso:
…Era un hombre de unos cuarenta años, con la chistera bien calada sobre los ojos. Apoyó las manos en las rodillas, mientras recobraba el aliento… Un hombre francamente desagradable, pensó Charles.
Su mirada era extraña: calculadora, reflexiva y bastante desaprobadora, como si supiera perfectamente qué clase de hombre era aquél (del mismo modo que Charles había creído adivinar la clase de hombre que era él) y no acabara de gustarle. Cierto que, bien mirado, parecía menos frío y autoritario; pero, de todos modos, se observaba en sus facciones un repulsivo aire de autosuficiencia, o, si no de autosuficiencia, de seguridad en su criterio para juzgar a los demás, para saber lo que podía sacar de ellos o esperar de ellos…
Tal vez algún día sean objeto de una mirada así. Y tal vez -puesto que la nuestra es una época mucho menos reservada- la sientan. Porque acaso el mirón no espere a que se hayan dormido. Seguramente les sugerirá algo desagradable, una especie de perversa insinuación sexual…, un deseo de conocerles de un modo que ustedes no quieran que les conozca un extraño. Según mi experiencia, no existe más que una profesión que mire de ese modo tan particular, combinando lo inquisitivo y lo magistral, lo irónico y lo inoportuno.
Vamos a ver, ¿podría utilizarte?
Vamos a ver, ¿qué podría hacer yo contigo?
Es precisamente, siempre me lo ha parecido, la mirada que podría atribuirse a un dios omnipotente… si existiera algo tan absurdo… Es una mirada que observo con toda claridad en el rostro, tan familiar para mí, del hombre de la barba que ahora está contemplando a Charles. Y ya basta de disimulos.
Al bajarse del tren, Fowles ya ha decidido el desenlace de la novela -gracias al lanzamiento de una moneda. El destino de Charles y Sarah ha dependido de las evoluciones de un florín en las mismas páginas que habitan -que estuvieron, a su vez, en la mente de Fowles. Tan prosaico y anticlimático…
El hilo rojo del destino
Un patrón que se repite, en clave macabra y violenta, en la psicología de los asesinos en serie. Lo que el escritor hace con sus personajes es lo que el asesino obra con sus víctimas. Ambos son dueños absolutos de sus vidas.
Igual que Dios, por otra parte.
Uno de los temas preferidos de los filósofos es la muerte.
Y aquí, como siempre, tenemos al menos dos grandes tradiciones contrarias.
Ante todo, el gran Sócrates, quien (hasta donde sabemos) pensaba que “la filosofía es una preparación para la muerte”.
De lo que se deduce que el tema que ocupa permanentemente al auténtico filósofo es el fin de la vida; y que su filosofía es, en el fondo, un continuo entrenamiento en el desapego.
Pero tenemos a Spinoza, quien decía (y cito de memoria): “El hombre saludable en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría es acerca de la vida, no de la muerte”.
No cabe duda de que Spinoza conocía la opinión socrática, ni de que su propia postura era, en buena medida, una rebelión contra una tradición tan noble y poderosa. Desde su perspectiva, bella y elegante, pretender “desapegarse” de la existencia sería tan absurdo como pretender arrancarse los propios huesos. Ningún ser vivo, en tanto que vivo, puede abdicar de su vida. Eso va en contra de su naturaleza.
Así, la filosofía nos prepara para la muerte -pero nos impide pensar en ella.
¡Pero esto no tiene sentido!
O tal vez sí…
Tal vez, sin que Sócrates ni Spinoza lo sospecharan, estaban sosteniendo una y la misma cosa.
…No existe al respecto ninguna certidumbre, como tampoco la hay en lo que concierne al verdadero fin del Señor de la Luz.
Pero mirad alrededor de vosotros…
La Muerte y la Luz están en todas partes, siempre; y comienzan, concluyen, luchan, esperan, dentro y encima del Sueño de lo Innominado, que es el mundo, quemando palabras dentro del Samsara -quizá para crear algo bello.
Los monjes de la túnica azafrán todavía meditan en el Camino de la Luz, y la muchacha llamada Murga visita diariamente el Templo y deposita en el altar del padre oscuro la única ofrenda que él recibe, flores.

Una biblioteca, ventanas amplias y luz difusa. Un matón de traje y corbata se abre paso –corte a su mano, que sostiene un pañuelo con el que empuja el torno de la entrada. Camina por el pasillo, sin prisas –corte al rótulo de una larga estantería: “400 – Literature”. Primer plano de su dedo deslizándose por los lomos de los libros; se detiene en el segundo de tres volúmenes, marrón oscuro. Lo toma y se dirige a una mesa cuyo ocupante lo mira desconcertado –detalle del libro que cae con un estruendo. Se sienta y lo abre, página a página, sin leerlo –plano del asustado rostro del otro. “¿Por qué nos traicionaste?” –“le debo una explicación…” Primer plano del alegre asesino: “sí, sin duda” –corte a su mano que pasa una página del libro dejando al descubierto la pistola que se oculta en su interior. La toma y dispara a bocajarro en medio de los ojos –plano de la cara que se desploma y de la sangre que fluye incontenible. Regresa la pistola a su escondite, recoge el libro y se marcha.
Aún no sabes nada –quién es, a quién ha matado y por qué, para quién trabaja. A la larga, lo comprendes.
Pero eso es lo de menos: hay un detalle crucial y abrasador.
Se trata –luego lo averiguamos– del segundo tomo de las obras completas de Shakespeare.


Los profanos jamás conocieron el verdadero final de la historia.
Más de un siglo después de la boda con el señor Ya-no-cano, Helen agonizaba feliz, pues su amado navegante estaba con ella. Helen creía que si habían podido vencer el espacio también podrían vencer la muerte.
La mente de Helen, afectuosa, dichosa, agotada, moribunda, se nubló durante un segundo y volvió sobre el tema del que habían hablado durante décadas.
-Tú viniste a El Alma -insistió-. Me acompañaste cuando yo estaba confundida y no sabía manejar el arma.
–Si fui entonces, mi amor, iré de nuevo, dondequiera que estés. Tú eres todo lo que tengo, mi verdadero amor. Tú eres la Dama más valiente, el navegante más osado. Eres mía. Navegaste por mí. Eres mi dama, la Dama que llevó el Alma.
La voz se le quebró, pero el rostro del señor Ya-no-cano no perdió la calma. Nunca había visto a una persona que muriera tan confiada y feliz.